I S A B E L L A
Mi madre salió primero, su movimiento era rápido, de pájaro asustado. Me tomó del brazo con una fuerza que me sorprendió, tirando de mí casi antes de que pudiera desabrochar el cinturón. Cruzamos los tres metros que separaban el auto de la puerta del garaje como si cruzáramos un campo minado. Mi tío venía detrás, tan cerca que sentía su aliento en mi nuca, su cuerpo formando una barrera entre yo y el bosque.
La puerta de la casa se cerró con un clic sordo y definitivo. El sonido del pestillo al caer resonó en el vestíbulo oscuro como un disparo. Entonces mi madre fue hasta las cortinas y las cerró de golpe.
—Debes estar agotada —dijo por fin mi tío, y su voz intentaba, y fallaba, recuperar el tono cálido de siempre. Sonaba falsa, gastada— Ve arriba. Descansa.—
—¿Qué pasa?—
Un espasmo, rápido, casi imperceptible, le recorrió el rostro a mi tío.
—Nada, solo que después de lo que pasó, lo mejor es que vayas a descansar, ¿sí? Vete arriba, Canelita. Por favor.—
Esa última palabra, ese «por favor» cargado de una urgencia desesperada, fue lo que me hizo girar y subir las escaleras. Sentí sus miradas clavadas en mi espalda, pesadas como manos.
Al llegar a mi habitación, cerré la puerta y me apoyé en ella. El mareo de la mañana había vuelto, pero ahora traía consigo un nuevo sabor: el sabor metálico del miedo ajeno. El miedo que se respiraba en cada rincón de esta casa. El miedo que, por primera vez, empezaba a preguntarme con un escalofrío si no estaría plenamente justificado.
Caminé hacia el escritorio con las piernas pesadas. Mis dedos torpes abrieron la laptop; la luz de la pantalla me dolió en los ojos, demasiado blanca, demasiado clínica para la penumbra de mi cuarto. No me molesté en entrar a redes sociales primero, fui directa a la web del diario local. Refresqué la página una, dos veces. Y entonces apareció.
ÚLTIMO MOMENTO: EVACUACIÓN DE EMERGENCIA EN NORTHWOOD PREPARATORY ACADEMY Fuentes policiales confirman el hallazgo de un cuerpo en la zona de los vestuarios del ala este. Los peritos se encuentran en el lugar. Las autoridades de Northwood Preparatory han suspendido las clases hasta nuevo aviso y piden a los padres retirar a los alumnos con calma. No se han dado detalles sobre la identidad de la víctima, aunque testigos reportan un despliegue inusual de la unidad de criminalística.
Cerré la pestaña y abrí el chat de Amelia. No había mensajes nuevos. El último era de hace unas horas, preguntándome si estaba bien antes de todo esto. Eso significaba que seguramente seguía en el colegio. Pero no era ella quien me preocupaba ahora.
—Ni siquiera hay mensajes de Vivian —susurré, y un nudo de ansiedad me apretó la garganta—. Mierda, no entiendo nada.
No entendía por qué me habían sacado a rastras a mí y a ella la habían dejado allí. Entonces, el sonido metálico y seco de una notificación cortó el silencio. En la esquina superior de la pantalla apareció un recuadro blanco: Vivian. Sentí un vuelco en el corazón. Mis dedos volaron hacia el trackpad. No era un texto largo. Eran solo cuatro palabras que hicieron que el aire se congelara en mis pulmones:
«Isabella, si estás en casa, sal de ahí».
¿Qué?
En ese instante, unas luces blancas y potentes barrieron las paredes, filtrándose por los bordes de las cortinas. El rugido de un motor apagándose justo frente a la casa dejó un vacío vibrante en mis oídos. Caminé hacia la ventana y aparté la tela apenas unos milímetros.
Allí estaba. Un auto negro de vidrios polarizados. Del interior bajaron tres personas: dos hombres y una mujer, todos de traje oscuro. El corazón me dio un vuelco violento. Eran ellos. Los mismos hombres que había visto en la escuela, los que me habían estado observando desde la distancia. El de la cicatriz caminó directo a la puerta. El segundo, más alto, se detuvo en medio de la entrada. Lentamente, como si pudiera oler mi rastro, giró el cuello y clavó sus ojos directamente en mi ventana.
Me agaché lo más rápido posible, pegando la espalda contra la pared con la respiración entrecortada. Él me había visto. Estaba segura. El sonido de la laptop volvió a sonar. Ping.
Me levanté como pude y alcancé el teclado con una mano temblorosa. El mensaje de Vivian parpadeaba en la pantalla, repitiendo la misma advertencia como un mantra desesperado:
«No confíes en ellos, no los escuches».
Un escalofrío me erizó la piel. ¿Cómo podía saberlo ella? Esa advertencia, llegando desde la distancia, convirtió mi hogar en una jaula. La necesidad de confrontar la verdad venció al miedo de salir. Decidí hablar con mi madre.
Bajé los escalones con una cautela que me resultaba ajena; era mi casa, pero de pronto cada crujido de la madera sonaba como un disparo. Me detuve a solo tres peldaños del suelo. El aire abajo estaba cargado, denso por una tensión que se filtraba desde la estancia.
—¡Es un error! —El susurro de mi madre me heló la sangre. No era su voz habitual; era un siseo sibilante, destilando un terror puro— ¡Ella no lo hizo! Pudo haber sido cualquier cosa, no tienen pruebas.—
—Giselle... —La voz de mi tío intentó ser un bálsamo.
—No, Arthur. Sabes que no lo hizo.—
¿Arthur? El nombre rebotó en mi cabeza como un eco distorsionado. Mi tío es Matthew. ¿Quién era el hombre que estaba de pie en mi sala?
—Señora Giselle, entiendo que esto pueda parecer difícil —una voz desconocida, grave, cortó el aire— Pero no tenemos otra opción. Ha habido demasiados avistamientos, los sensores han estado perturbados. Es el cuarto cadáver que encontramos... algo las está atrayendo hasta esta ciudad.—
—Y solo por eso están haciendo esto —la voz de mi tío se elevó, vibrando con una rabia impotente—Desde que nos mudamos aquí no ha habido ningún problema antes, esto no es parte del trato.—