I S A B E L L A
La orden nació en mi instinto y mis piernas obedecieron antes de que mi mente pudiera procesar el terror. Me di la vuelta y me lancé hacia la oscuridad, ignorando el dolor punzante de mis articulaciones.
Detrás de mí, el sonido era una pesadilla. No era solo el golpe de sus pasos masivos; era el chapoteo violento de su carne flácida sacudiéndose y ese goteo constante que ahora sonaba como una lluvia pesada persiguiéndome entre los árboles.
De pronto, a lo lejos, divisé un destello. Una luz.
—¡Ayuda! —grité con lo que me quedaba de aliento, pensando desesperadamente que habría alguien allí, una persona, un camino, una salida— ¡Ayúdenme!
Forcé mis músculos hasta el límite buscando ese brillo, pero antes de poder acercarme, el mundo se quebró.
No vi lo que me golpeó. Solo sentí un impacto brutal en mi costado, una fuerza hidráulica que me levantó del suelo y me lanzó por el aire como si fuera una muñeca de trapo. Mi espalda chocó contra el tronco de un pino con un crujido seco que me vació los pulmones.
Me quedé allí, estática. No intenté levantarme; no sentía mis brazos ni mis piernas, como si mi cuerpo hubiera dejado de pertenecerme tras el golpe. La vista se me nubló, inundada por una neblina gris, y un sabor metálico y amargo llenó mi boca. La sangre empezó a manar entre mis labios, caliente y espesa.
Entre espasmos de dolor, vi cómo la mole grisácea se cernía sobre mí, bloqueando la poca luz que quedaba. Su mano —un fardo de carne deforme y húmeda— se extendió hacia mi rostro.
De repente, la oscuridad tras mis párpados se volvió fuego.
El resplandor golpeó de lleno a la criatura con la fuerza de un impacto físico, empujándola hacia atrás. El monstruo soltó un chillido agudo, un sonido punzante que me taladró los oídos mientras retrocedía tambaleándose. Todo el bosque, hasta el último rincón de los árboles, se iluminó con un resplandor dorado que quemó las sombras de golpe.
Con la poca fuerza que me quedaba, giré la cabeza hacia el origen de aquella luz.
Allí estaba ella. Vivi.
Se recortaba contra la negrura como una aparición divina. En su mano derecha no había un arma común; empuñaba una hoja de luz dorada, pura y sólida, que zumbaba con una energía que hacía vibrar el aire. El resplandor era tan intenso que por un segundo olvidé el sabor a sangre en mi boca. Vivi no era solo ella; en ese momento, bajo esa luz, parecía algo mucho más poderoso.
Por un segundo, nuestras miradas se cruzaron, o al menos eso creí sentir a través de la neblina que nublaba mi visión. Quise decir su nombre, quise preguntarle qué era esa luz, pero el sabor metálico en mi boca se volvió insoportable y el peso en mi pecho me impidió tomar aire.
Vi a Vivi levantar su espada, trazando un semicírculo de luz dorada en el aire mientras se lanzaba hacia la criatura.
Ese destello fue lo último que mis ojos pudieron soportar.
Mis párpados pesaban toneladas. El dolor, que antes era un incendio, empezó a alejarse, convirtiéndose en un eco sordo. La figura de Vivian comenzó a borrarse, fundiéndose con el resplandor dorado hasta que no quedó nada más que silencio.
Finalmente, el frío de la tierra desapareció y la oscuridad me tragó por completo.
{...}
El despertar no fue una liberación, sino una nueva forma de agonía.
Lo primero que registré fue la luz: una claridad blanca, aséptica y violenta que me obligó a cerrar los párpados con fuerza. Cuando intenté llevarme las manos a la cara para protegerme, mis muñecas se detuvieron con un chasquido metálico. Estaba anclada.
El pánico se disparó en mi pecho, pero cuando intenté gritar, el sonido murió en mi garganta. Tenía algo frío, duro y de un sabor amargo presionando mi lengua; una mordaza metálica que bloqueaba mi mandíbula. Intenté girar la cabeza, pero una banda rígida en mi frente me mantenía la vista fija hacia adelante, hacia un enorme vidrio polarizado que me devolvía solo el reflejo de mi propia impotencia.
Todo era blanco. Las paredes, el techo, la silla en la que estaba inmovilizada. Mi cuerpo se sentía como si lo hubieran roto y vuelto a armar con piezas equivocadas.
De pronto, un sonido rompió el silencio del zumbido eléctrico de la sala. Detrás de mí, una puerta se abrió de golpe, seguida por el eco de voces en una discusión acalorada.
—... ¡No tiene autorización para estar en este nivel! —exclamó una voz masculina, cargada de nerviosismo—. El protocolo de contención es estricto, si entra ahora...
La respuesta no fueron palabras. Solo se escuchó el golpe seco y hermético de la puerta al cerrarse, un sonido que extinguió por completo el bullicio del exterior. Entonces, escuché los pasos: un golpe pesado y rítmico.
Tac. Tac. Tac.
Cada paso vibraba en mi nuca. Entonces, la figura entró en mi campo de visión, rodeando la camilla con una calma gélida.
Era Vivi. Pero al verla, el aire se me escapó por la nariz en un bufido ahogado. Mi prima, la que siempre tenía una broma lista y la ropa manchada de pintura, había desaparecido. Sus rizos, antes caóticos, estaban ahora domados en una trenza impecable, tan apretada que estiraba sus facciones, dándole un aire severo y afilado. El uniforme que vestía, de un material oscuro y técnico, se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel diseñada para el combate.
Se detuvo frente a mí, justo entre yo y el vidrio polarizado.
La busqué. Busqué desesperadamente en sus ojos ese brillo de ternura o la preocupación que solía mostrar cuando me caía de niña, pero no encontré nada. Su mirada era un muro de granito; un semblante firme, despojado de cualquier rastro de humanidad familiar. Se veía como una desconocida que casualmente llevaba el rostro de mi prima.
No dijo una sola palabra. Se limitó a observarme, bajando la vista hacia la mordaza metálica en mi boca y luego hacia las correas que me sujetaban, como si estuviera pasando lista de mi estado físico en lugar de verme como a un ser querido.