I S A B E L L A
Me quedé estática, con la espalda pegada al respaldo de la cama y el brazo derecho inmovilizado; un recordatorio constante y rígido de mi propia fragilidad. No quería hablar. No podía. Mi mirada saltaba de la figura tensa de mi tío a la presencia absurda y perturbadora de aquel extraño.
El hombre de las pantuflas ni siquiera se molestó en devolverle la mirada a Matthew. Se acercó a mi camilla con una curiosidad insana, observándome como si fuera un espécimen nuevo bajo el microscopio, ignorando el drama familiar con la indiferencia de quien oye el ruido blanco de fondo.
—Director Lan —intervino mi tío, dando un paso al frente en un intento de retomar el control—. Ella necesita descansar, no está en condiciones de recibir visit...
—El tiempo de los cuidados emocionales se ha terminado, Agente Donovan —lo cortó Lan con una voz monótona, casi aburrida—. Las lecturas de actividad neuronal han cambiado. El "huésped" ha despertado por completo y tus protocolos de contención familiar han resultado ser un fracaso estadístico.
—Aun así, no puede irrumpir aquí —masculló Matthew, cuya voz empezaba a perder autoridad—. La misión que se me asignó...
—Ya no —sentenció Lan, levantando finalmente la vista de su pantalla—. Estás relevado. Ya no estás a cargo de esa misión, Agente Donovan. Tu presencia aquí es ahora una interferencia. Retírate.
El impacto de esas palabras pareció golpear a mi tío de forma física. Dio un paso atrás, como si acabara de recibir un impacto invisible. Se quedó callado, apretando los puños a los costados, mirando al Director Lan con una mezcla de furia hirviente y derrota absoluta.
No te vayas, quise gritar, aunque mi boca permanecía sellada por el rencor. No me dejes a solas con este hombre. Eres un mentiroso, me traicionaste, me entregaste a ellos... pero eres lo único que reconozco en este lugar de pesadilla.
A pesar de toda la decepción que sentía por él en ese momento —por el "Tío Matthew", por el desconocido que llevaba el rostro de mi infancia—, la idea de quedar a merced de esta gente me aterraba. Lo busqué con la mirada, suplicándole en silencio que peleara por mí, que se negara a abandonarme.
Matthew se giró hacia la camilla. Sus ojos estaban en conflicto, cargados de una culpa que parecía devorarlo vivo desde adentro.
—Estaré justo afuera —dijo con una voz apenas audible—. Justo detrás de esa puerta. No me voy a mover de ahí.
Lo pronunció como si fuera una promesa de protección, como si asegurarme que estaría al otro lado del muro pudiera borrar el hecho de que él mismo me estaba dejando a la deriva otra vez. Su intento de consuelo solo sirvió para alimentar mi furia.
El tío Matthew salió de la habitación, seguido por los dos escoltas que lo acompañaban. El cierre hidráulico de la puerta siseó al sellarse de forma hermética, dejándome a solas con el Director Lan.
—Muy bien —dijo Lan, acomodándose en una silla metálica y cruzando las piernas—. Ahora que estamos solos... retóricamente, claro, ya que hay cámaras y micrófonos en todas partes —añadió, soltando una risita seca, como si la vigilancia absoluta fuera un chiste privado.
Empecé a buscar con la vista esos dispositivos, pero al no ver nada evidente, la ansiedad se disparó. La sensación de ser observada por ojos invisibles era asfixiante.
—Mi nombre es Lán Hào Rán —dijo el hombre, ajustándose las gafas mientras consultaba una tableta digital que emitía un brillo azulado—. Pero puedes llamarme Adrian Lan. Soy el responsable de que tu cuerpo no haya colapsado tras el encuentro en el sector forestal.
No le respondí. Me negué a regalarle una sola palabra. Lo miré con toda la desconfianza que pude reunir, sintiendo cómo el miedo se transformaba en una piedra fría y pesada en mi pecho.
—Seguro que tiene preguntas, señorita Isabella. Yo estoy dispuesto a darle todas las respuestas que estén en mi poder; y créame, eso es más de lo que ha recibido de su supuesta familia en toda su vida. Así que, pregunte.
Él se quedó mirándome fijamente, esperando. Yo me sentí aturdida, sin saber qué decir ni cuáles eran las preguntas "correctas" en una situación tan demente. Al final, solo solté lo primero que dictó mi instinto.
—¿Dónde está mi mamá?
El hombre subió una ceja con una incredulidad casi burlona.
—¿Después de todo lo que viste y experimentaste, eso es lo primero que preguntas?
Guardé silencio. Él hizo un chasquido con la lengua, entre molesto y divertido.
—Está afuera, en la sala de espera.
Abrí la boca para exigir verla, pero él, como si me leyera el pensamiento, se adelantó:
—Podrás verla luego. Cuando terminemos aquí. Siguiente pregunta.
—¿Qué es este lugar? ¿Dónde estoy? ¿Por qué estoy aquí? ¿Qué era esa cosa que vi?
Adrian sonrió. Dejó la tableta sobre sus rodillas y se echó hacia atrás en la silla, balanceando una de sus pantuflas con una calma desesperante.
—Esas son buenas preguntas, señorita —dijo, marcando los puntos con los dedos—. Estás en una de nuestras instalaciones de seguridad. Para el mundo exterior, esto es solo una clínica veterinaria. Para nosotros, es un centro de contención e investigación.
¿Centro de contención e investigación? Entonces es real. Estoy en una instalación secreta del gobierno. Todo lo que creía saber sobre mi entorno se estaba desmoronando.
—Esa "cosa" que viste la clasificamos como un M.A.S., una Masa Adiposa de Supuración. Es una anomalía, un error biológico que no debería haber estado en ese bosque en primer lugar. Estás aquí porque el M.A.S. te atacó y necesitábamos asegurarnos de que tu organismo no hubiera colapsado o sufrido daños irreparables.
Me quedé callada, procesando términos que sonaban a ciencia ficción: M.A.S., anomalía, error biológico. Cada respuesta engendraba diez dudas nuevas.
—No soy un simple médico de guardia. Soy el Director de la División de Bioingeniería Avanzada y Respuesta Somática, Jefe de Investigación del Departamento de Mitigación de Anomalías Biológicas, y consultor de grado cuatro para el Consejo de Seguridad Externa.