I S A B E L L A
El eco de la alarma seguía martillando mi cráneo cuando un sonido nuevo y desesperado cortó el parpadeo carmesí de las luces en la habitación.
Clic-clic-clic. Alguien estaba tecleando frenéticamente el código del panel exterior. Me quedé paralizada en medio del cuarto, con el corazón batiendo contra mis costillas.
La pesada puerta metálica se deslizó abriéndose de golpe. Y con ella, el infierno entero entró a mi encierro. El silencio asfixiante que Lan había dejado fue destrozado instantáneamente por una avalancha de caos: explosiones sordas que hacían vibrar el suelo bajo mis pies, el eco de botas militares corriendo en desbandada y gritos de pánico que resonaban en el pasillo exterior.
Atravesando el umbral apareció Vivian. O Eleanor. O quien demonios fuera la mujer que llevaba el rostro de mi prima.
Se veía desastrosa. Su trenza, antes firme y perfectamente peinada, estaba ahora medio deshecha, con mechones de pelo sueltos enmarcando su rostro sudoroso. Tenía la respiración agitada y los ojos muy abiertos por la urgencia.
—¡Tenemos que irnos! —gritó por encima del estruendo, buscándome con la mirada hasta encontrarme—. ¡El perímetro no es seguro, Isa, vamos!
Estiró la mano hacia mí, un gesto automático, esperando que yo la tomara con la misma confianza ciega con la que me había aferrado a ella toda mi vida. Pero yo retrocedí de un salto. La miré con una fijeza letal, desnudando en mi mirada toda la traición que me quemaba el pecho. No había lágrimas, solo un vacío gélido. Ya lo sabía. Sabía que ella era solo una pieza más del tablero.
Ella arrugó el entrecejo, descolocada por mi rechazo en medio del caos.
—Isa, ¿qué te pasa? ¡No hay tiempo para esto! —exclamó. Acortó la distancia de una zancada y me agarró del antebrazo con firmeza, dispuesta a arrastrarme hacia la salida.
—¡Suéltame! ¡No me toques! —gritó con todas mis fuerzas, zafándome de su agarre con un tirón tan brusco que casi pierdo el equilibrio.
El rechazo violento la sobresaltó. Por un segundo, la coraza de agente implacable se le resquebrajó por completo, dejando asomar una expresión de tristeza pura, de un dolor vulnerable.
Y eso... eso me llenó de una rabia volcánica. ¿Quién se creía que era para poner esa cara? ¿Cómo se atrevía a mirarme como si yo le estuviera rompiendo el corazón, cuando ella me había destrozado la vida entera? No tenía derecho a ofenderse. No tenía derecho a sufrir. Yo era la víctima de su experimento familiar, no ella.
—Tú... —mi voz temblaba, cargada de furia y de lágrimas que me negaba a derramar—. Eres una farsante.
Eleanor se quedó paralizada, con la mano aún suspendida en el aire, vacía.
—¡Todo este tiempo! —le grité, dando un paso hacia ella, convirtiendo mi dolor en un arma—. Toda mi maldita vida no fue más que un puto teatro para ti. ¡Me engañaste! ¡Me manipulaste a tu antojo mientras fingías que me querías! ¡Me vendiste una ilusión mientras me vigilabas como a un animal!
Ella dio un paso atrás, como si mis palabras hubieran sido una bofetada física. Abrió la boca, impactada, buscando una excusa, una explicación o una disculpa que no llegó a articular. Sus ojos se llenaron de culpa y derrota.
Era exactamente la misma expresión que había puesto el tío Matthew. No... Arthur.
"De tal palo, tal astilla", pensé con una amargura que me envenenaba la lengua. Eran idénticos. Dos actores perfectos. Dos fraudes profesionales que habían jugado a ser mi familia y que ahora, cuando el decorado se caía a pedazos, no sabían qué decir.
Afuera, una nueva detonación hizo temblar las luces rojas del techo, pero dentro de la habitación, el mundo parecía haberse detenido en esa mirada rota entre las dos.
—Isa, por favor, escucha... —empezó Eleanor, pero sus palabras fueron devoradas por un estruendo ensordecedor.
Una explosión masiva sacudió los cimientos del edificio. El suelo bajo mis pies se inclinó y el polvo del techo cayó como nieve gris sobre nosotras. Eleanor giró la cabeza instintivamente hacia el pasillo, con la mano volando hacia la empuñadura de esa extraña espada de luz que colgaba de su cinturón.
Sabía que no podía simplemente empujarla; estaba herida y ella parecía más fuerte que nunca. Miré a mi alrededor con desesperación y mi vista se clavó en la pesada lámpara de metal y vidrio que estaba sobre la mesa auxiliar. Mis dedos se cerraron alrededor de la base con fuerza.
No lo pensé. Si lo pensaba, me detendría.
Antes de que Eleanor pudiera volver la vista hacia mí, descargué la lámpara con toda mi rabia contra la parte trasera de su cabeza. El sonido del impacto fue seco, seguido por el estallido del vidrio rompiéndose en mil pedazos que volaron por toda la estancia.
Eleanor soltó un quejido ahogado y chocó bruscamente contra la pared. Se sostuvo con las manos temblorosas, tratando de no desplomarse, mientras un hilo de sangre empezaba a manchar sus cabellos sueltos.
El aire se me escapó de los pulmones. Al verla así, vulnerable y herida por mi mano, una punzada de culpa me atravesó el pecho. A pesar de las mentiras, a pesar del teatro, ver a la persona que fue mi apoyo sangrando por mi culpa me revolvió el estómago.
"¿Qué hice?", pensé por un milisegundo.
Ignoré ese sentimiento. Lo aplasté bajo la bota de la traición que ella misma había sembrado. Ya no había vuelta atrás. Si me quedaba, volvería a ser una prisionera en una jaula de cristal.
Salí corriendo al pasillo. Era una pesadilla de luces rojas y humo. Tomé el camino de la izquierda, esquivando a gente que gritaba, y doblé en una esquina buscando una salida, pero me detuve en seco.
Era un rincón cerrado. Un callejón sin salida con puertas metálicas selladas. El pánico me cerró la garganta; me había acorralado sola. Me di la vuelta rápidamente para huir de allí, pero al girar, mi bota resbaló en un charco denso y oscuro.