E L E A N O R
Me quedé allí, de rodillas sobre el cristal roto, sintiendo cómo el calor de la sangre me empapaba el cuello. El zumbido de la alarma era un grito constante, pero en mi cabeza solo se repetía el sonido de la lámpara estallando contra mi cráneo. No me dolía el impacto; me dolía el odio con el que Isabella me había mirado antes de hacerlo. Un odio limpio, afilado y terriblemente justificado con el que Isabella me había mirado antes de golpearme.
Me sentía más desnuda en este uniforme táctico de lo que jamás me sentí con el pijama de ositos que usaba para las noches de películas con ella.
¿Cuándo se arruinó todo?
Me pregunté, mientras el mundo daba vueltas en tonos rojos.
No fue hoy. Ni siquiera el día en que detectamos la brecha. Fue mucho antes, cuando las fluctuaciones de frecuencia empezaron a marcar anomalías imposibles, cuando los cadáveres se acumularon y las desapariciones se volvieron estadísticas cotidianas.
Y aún así pensé que podía manejarlo. Pensé que podía mantener a Isabella a salvo, tranquila, en esa ignorancia tibia. Quería que viviera en una mentira porque la verdad era demasiado fría para alguien como ella. Pero la verdad es como el agua: siempre encuentra una grieta por donde filtrarse.
Ahora ella lo sabe. Sabe que no somos realmente su familia, que ni nuestros nombres nos pertenecen. Todo se echó a perder.
Quería que viviera en esa ignorancia tibia, que fuera feliz en una mentira porque la verdad era demasiado fría para alguien como ella. Pero la verdad es como el agua: siempre encuentra una grieta.
Pero, sobre todo, se arruinó con la muerte de Hans Gottlieb.
Eugene Coleman. Para Isabella y el resto del Instituto, era solo el profesor Coleman, el hombre que enseñaba historia. Para nosotros, era el Agente Gottlieb, nuestro compañero del CSD y un veterano de la Agencia dentro de la escuela. Y aun así murió. Destrozado en los vestuarios del ala este como si fuera un aficionado, reducido a una masa de carne y uniforme desgarrado por algo que aún no ha sido identificado. Hans era el que monitoriaba a Isabella, donde nosotros no podíamos estar, el estaba, y más aún Cuando Isabella repitió el año y dejamos de compartir clases, el agente Gottlieb
Esto no debía pasar. No todavía. No así.
Me limpié la sangre de la cara con un movimiento brusco, pero el rastro de la traición no se iba tan fácil. Tenía que encontrarla. No porque fuera mi misión -a estas alturas, los protocolos y los rangos me resultaban irrelevantes-, sino porque, aunque todo hubiera sido un montaje orquestado desde una oficina, los últimos diez años habían sido... agradables. Fue una comodidad que me permití, una calidez que ahora se me escapaba entre los dedos.
Me puse en pie, ignorando el dolor. No voy a dejar que muera en este laberinto, aunque tenga que recibir otro golpe de su parte. Salí al pasillo con mi kadosh desenvainada, pero apagada. No quería ser un blanco fácil si las anomalías seguían rondando; mi prioridad era encontrar a Isabella antes que cualquier otra cosa.
Avancé con cautela, siguiendo el rastro de destrucción. No me tomó mucho tiempo entender que esto no era un simple fallo.
No sabía si era una coincidencia, o porque las anomalias empezaron a salir de sus jaulas y atacar a todo lo que se mueve, justo en el momento de que Isabella fue custodia aquí.
¿Coincidencia? Imposible. Que las anomalías escaparan de sus jaulas justo cuando Isabella estaba aquí, en el corazón de la base, era un patrón, no un accidente. La brecha, la muerte de Hans, el colador que logró penetrar las defensas... todo apuntaba a lo mismo. Alguien había movido las piezas para que este momento ocurriera.
Me detuve en seco al doblar la esquina. El pasillo del ala este se había convertido en un cementerio de batas blancas y silencio. Allí, esparcidos entre fragmentos de cristal de laboratorio y metal retorcido, estaban los cuerpos de los científicos que hasta ayer circulaban con sus planillas por la base. La sangre se filtraba por las juntas del suelo, trazando caminos oscuros que llegaban hasta mis botas.
Se me cerró la garganta. No los conocía a todos por nombre; muchos eran solo rostros familiares que me cruzaba en la cafetería o en los pasillos de descontaminación. Pero verlos así, reducidos a manchas de rojo sobre el blanco impoluto de sus uniformes, me golpeó con una rabia sorda. Ellos no eran soldado. Eran mentes, personas que no tenían por qué morir.
Me permití un segundo. Solo uno. Me incliné levemente, cerrando los ojos mientras el zumbido de la alarma parecía desvanecerse ante el silencio de la muerte.
Me incliné apenas un segundo, apretando el puño contra el pecho, sintiendo el peso de la kadosh en la otra mano.
- Que Dios los reciba en su gloria y sus almas descansen en el cielo.
Me puse en pie de inmediato, tragándome el nudo de tristeza para dejar que la furia tomara el mando. El dolor del golpe en mi cabeza se transformó en una pulsación de pura adrenalina. Limpié con el dorso de la mano el rastro de sangre que me nublaba la vista y apreté el agarre de mi arma
Un crujido metálico al fondo del corredor me obligó a tensarme. El sonido de algo arrastrándose entre los escombros rompió el silencio de muerte del ala este. Sin dudarlo, levanté la kadosh a la altura de mis ojos.
En un parpadeo, el arma reaccionó a mi voluntad. La hoja empezó a encenderse, desprendiendo un dorado brillante que cortó la penumbra como un sol en miniatura. La luz era cálida, pero su reflejo en mis pupilas era el de una cazadora.
Sin embargo, al fijar la vista, no vi una anomalía. Vi una bata blanca, andrajosa y manchada de hollín, que intentaba fundirse con las sombras de un escritorio volcado.
Era un hombre. Un científico.
Lo reconocí de inmediato por la placa que colgaba de su cuello, medio oculta bajo el terror de su rostro: era uno de los hombres del Departamento de Análisis de Especímenes. El analista Gregor.