Legado Infernal

Capítulo 17

El calor de los brazos de mi madre fue lo primero que sentí, y por un segundo, el mundo dejó de doler. Después de la adrenalina asfixiante, de los pasillos de metal frío y de ese terror puro que me había entumecido los sentidos, hundir mi rostro en su hombro me hizo creer que la pesadilla había terminado. Su olor a suavizante y café, el tacto de su saco de lana... era mi hogar. Cerré los ojos con fuerza y dejé que las lágrimas se derramaran, sintiendo que por fin podía bajar la guardia.

Pero la paz se evaporó antes de que pudiera aferrarme a ella. El zumbido constante de las máquinas, el brillo parpadeante de las pantallas de emergencia y el murmullo tenso de los operarios me golpearon de nuevo. Estábamos en el corazón de un nido de víboras.

Me separé de ella, sintiendo cómo el vello de mis brazos se erizaba por la paranoia. A pocos metros, el caos se concentraba en una mujer embarazada que entraba lanzando órdenes con una autoridad gélida. Aproveché ese segundo de distracción y tomé la mano de mi madre con una fuerza desesperada.

—Mamá —le susurré al oído, mientras un escalofrío me recorría la columna—, tenemos que irnos de aquí ahora mismo.

Saqué de entre mi ropa la tarjeta de identificación que le había arrebatado al cadáver en el pasillo. Se la mostré apenas un segundo. Mi madre se quedó rígida. Sus ojos se clavaron en el plástico y luego volvieron a los míos, cargados de algo que no supe identificar.

—¿De dónde sacaste eso, Isabella? —Su voz fue apenas un soplido.

La imagen de aquel hombre muerto, con las pupilas fijas en el techo de la base, cruzó mi mente. Un sabor amargo me subió por la garganta. No podía decirle que había caminado sobre sangre. No aquí.

—Se la quité a alguien —respondí, escondiéndola de nuevo.

En ese momento, una silueta se recortó entre la multitud y mi sangre se convirtió en granizo. Arthur.

Apareció con esa sonrisa, la misma que siempre me había dado seguridad. Pero ahora, al verlo acercarse, sentí un rechazo eléctrico. Me puse rígida, intentando tirar del brazo de mi madre para sacarla de su alcance, pero no fui lo suficientemente rápida. Con un horror mudo, vi cómo ella se adelantaba y lo envolvía en un abrazo afectuoso, como si él fuera su ancla en medio de la tormenta.

Me quedé ahí, con la mano extendida en el vacío. Verlos así era lo normal, lo que había visto toda mi vida: el afecto genuino entre mi madre y mi tío. Pero ahora, al ver cómo él le devolvía el abrazo, sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

Arthur se separó de ella y me miró. Intentó sostener esa máscara de "tío protector", pero al chocar con mi rechazo, su rostro se transformó. Por un milímetro de segundo, sus facciones se volvieron quirúrgicas, vacías; como si detrás de los ojos del hombre que me vio crecer, se hubiera encendido la luz de un extraño.

—¿Qué sucede, bebé? —preguntó mi madre con una angustia creciente—. Tu tío estuvo muy preocupado por ti.

—Él no es mi tío —solté. Mi voz salió rota, cargada de un veneno que me quemaba por dentro—. Es un farsante.

Mi madre retrocedió como si le hubiera dado una bofetada.

—Isabella, ¿de qué estás hablando?

—Ni siquiera su nombre es real —continué, dando un paso hacia ellos—. Nada de él lo es. Todo esto es una mentira.

Mi madre miró a Arthur. Él no se defendió. Se inclinó hacia ella, acercándose a su oído. Aunque habló muy bajo, mis ojos se clavaron en sus labios. Pude leerlo con una claridad aterradora:

"Lo sabe".

Esas dos palabras fueron un disparo al pecho. El mundo se detuvo. La confirmación no vino de él, vino de la reacción de ella: no hubo sorpresa. Una idea podrida empezó a supurar en mi cabeza.

—Lo sabías —dije, y esta vez el susurro fue una agonía—. Sabías que no era mi tío. Todo este tiempo... lo sabías.

Ella intentó formular una excusa, pero sus labios solo temblaron en el vacío.

—Bebé... no es lo que parece... Déjame explicarte —dijo, estirando una mano.

Me alejé de su toque como si fuera ácido. El aire empezó a faltarme. Si ella sabía lo de Arthur... si no le sorprendía este búnker de armas y secretos... ¿qué me garantizaba que ella fuera real?

¿Y si ella también es una farsa? ¿Y si esta mujer no es mi mamá?

El pensamiento me provocó un temblor violento que nació en mis huesos. Pero en un acto de pura desesperación por no quedarme sola en ese vacío, fui yo quien buscó su mano. La agarré con los dedos rígidos por el pánico.

—Está bien —logré decir, aunque el temblor era incontrolable—. Explícame. Yo te escucharé.

Arthur intentó acercarse, con esa lástima fingida en los ojos.

—Canelita, trata de respirar...

Vi su mano acercarse a mi rostro y, con una furia que no sabía que poseía, la aparté de un golpe.

—¡¡TE DIJE QUE NO ME TOQUES!! —grité.

El ruido a nuestro alrededor murió. Técnicos y agentes se quedaron estáticos, observando el colapso.

—Casi me olvido de ustedes —la voz del Director Lan se deslizó por el aire, fría como un bisturí.

Se acercó lentamente, observando mi crisis con curiosidad clínica. Disfrutaba de la tensión.

—¿Qué sucede? —preguntó con una calma insultante—. Pensé que estarías más feliz al ver a tu madre, Isabella.

Por puro instinto, me oculté en el abrazo de ella. Mi madre me rodeó con firmeza y enfrentó a Lan.

—Señor Lan, gracias por cuidar a mi hija —dijo ella, con una voz que intentaba sonar entera—, pero ya nos vamos a casa.

—¿Es ella el "sujeto"? —intervino la mujer embarazada, señalándome—. ¿Qué hace fuera de una celda? ¡Seguridad!

Varios guardias dieron un paso al frente. Arthur se interpuso rápidamente, bloqueando el avance.

—Tranquilos, agentes —dijo con una seguridad que me dio asco—. La señorita Isabella ya se encuentra en perfecto estado. Es libre de irse con su... "familia".

Pronunció esa última palabra como una burla cruel. Cruzamos la puerta hidráulica mientras la voz de Lan me alcanzaba desde atrás, suave y definitiva:




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