I S A B E L L A
Mis ojos finalmente se despegaron del techo después de lo que parecieron horas. Bajé las escaleras con movimientos mecánicos, sintiendo una pesadez extraña en las articulaciones, como si mi cuerpo se hubiera olvidado de cómo caminar.
Al llegar a la cocina, el olor a té inundaba el ambiente. Mi madre estaba ahí, sentada a la mesa, rodeada por un silencio que parecía pesarle en los hombros.
—Mamá —la llamé.
Ella se sobresaltó, poniéndose de pie de inmediato. Me dedicó una sonrisa cargada de un nerviosismo evidente, de esas que intentan tapar un incendio con una cortina.
—Hija —dijo, acercándose un paso—. ¿Qué sucede?
—¿Cuándo puedo volver a la escuela? —pregunté. Necesitaba salir de esa casa, recuperar algo de control.
Ella vaciló, desviando la mirada hacia su taza.
—Pensé que si querías faltar un poco más, todavía podías. No hay apuro, de verdad.
—No. Quiero ir ahora—insistí.
El silencio que siguió fue distinto a los anteriores. Fue un vacío absoluto. Mi madre se quedó inmóvil, y por un segundo, el tiempo pareció detenerse de nuevo.
—Bueno... si te sientes bien, puedes ir hoy —respondió ella con ligereza.
—¿Tan rápido? —La miré, procesando sus palabras—. No recuerdo que un homicidio se resuelva así de fácil. Solo pasó un día, mamá.
—Isabella... eso pasó hace dos semanas —soltó al fin.
Sentí un golpe seco en el pecho. El aire se volvió pesado. ¿Dos semanas? Estuve inconsciente dos semanas. El pensamiento de haber estado dormida, o sedada, durante catorce días me provocó un escalofrío que me recorrió la columna.
Ella notó mi silencio y, en un intento de normalizar lo que acababa de romper, señaló la silla frente a ella.
—Ven, desayuná conmigo. Te preparo algo. No has comido nada aun. Tu tío salió hace poco, fue a buscar a tu prima de...
—Mamá ya te lo dije, él no es mi tío —la interrumpí. Mi voz salió más fría de lo que esperaba, cortando sus palabras en el aire—. Ni ella es mi prima. No los llames así. Nunca más.
—Bebé... no porque no compartan sangre significa que no sean familia. Arthur estuvo acá antes de que nacieras; él me ayudó a mí y a tu padre en momentos de crisis.
Me quedé helada. ¿Mi padre también sabía de esto? ¿Cómo pudo estar de acuerdo con meter a esas personas en nuestro entorno?
—¿Crees que si pensara que Arthur fuera peligroso lo hubiera dejado formar parte de tu vida? —continuó ella, ganando seguridad—. Y menos tu padre, que era de lo más extremista, hasta no decir violento, con tu bienestar y seguridad.
Cerré los ojos un segundo, tratando de buscar en mi memoria algún rastro de ese hombre que ella describía. Busqué al "extremista", al hombre capaz de ser violento por proteger algo. Pero en mis recuerdos solo aparecía un hombre amable, paciente, alguien que no dañaría ni a un insecto. Era imposible reconciliar ambas imágenes. Quizás era cierto lo que decían: la paternidad cambia a las personas.
—Sé que no puedo pedirte u obligarte a aceptar de nuevo a Arthur y Eleonor —siguió mi madre, bajando el tono, ahora más vulnerable—. Pero sí te ruego que no estés cerrada a la posibilidad de perdonar. Y si decides que ya no los quieres reconocer como tu familia, yo lo entiendo y te escucharé.
Me quedé en silencio, observando cómo sus manos temblaban apenas sobre la mesa. No sabía qué era peor: si la mentira en sí o el hecho de que creyera que el perdón era algo que se podía sugerir después de tantos años de mentiras. Pero me enfurecía lo fácil que me resultaba doblarme ante ella. Mi madre era mi debilidad; la idea de perderla a ella también, después de todo lo que me habían quitado, era insoportable. Verla desmoronarse frente a su taza de té terminó por quebrar mi propia coraza. No podía seguir acumulando odios, no cuando sentía que el mundo ya me había quitado demasiado.
Me acercué lentamente y tomé sus manos entre las mías. Estaban húmedas y no dejaban de temblar.
—No estoy enojada contigo, mamá —le dije, forzando mi voz para que sonara lo más firme posible—. Y no te culpo.
Ella levantó la vista, sorprendida, con las lágrimas a punto de desbordarse por sus mejillas. El silencio en la cocina cambió; la tensión asfixiante de hace unos segundos se transformó en algo más triste, pero más real.
—Entiendo por qué lo hicieron —continué, apretando sus manos con suavidad—. Sé que querían protegerme. No acepto lo que pasó con Arthur y Eleonor, ni la mentira, pero acepto la posibilidad de perdonar.
Sentí cómo el cuerpo de mi madre se relajaba, como si mis palabras le hubieran quitado un peso físico de encima. Soltó un suspiro entrecortado y apretó mis manos de vuelta, buscando consuelo en el mismo ser al que ella había intentado proteger de la realidad.
—Gracias, hija... de verdad, gracias —susurró, limpiándose una lágrima con el hombro.
—Adoro las relaciones de madre e hijo.
El sobresalto nos hizo dar un respingo a las dos. Una tercera voz se había unido a la conversación, rompiendo la intimidad como un golpe. El señor Lan estaba de pie junto a la puerta de la cocina, como si hubiera emergido de las sombras, seguido por Arthur y Eleonor.
—¿Usted que hace aqui?
Te dije que nos ibamos a ver. Lo dije ¿no?— se puso a pensar— si lo dije.
Tan pronto, no paso ni un dia.
—Señor Lan, no lo esperaba —dijo mi madre.
—Lamento las molestias, señora Benedetti, pero la situación lo amerita. Tengo asuntos que tratar con la señorita.
—¿Qué asuntos? ¿No que todo estaba resuelto? —Mi madre miró a Arthur y este intentó decir algo, pero el hombre de la bata levantó una mano y él guardó silencio de inmediato.
Cobarde, pensé al ver la obediencia de Arthur.
—Señora Benedetti, dada la situación, esto está lejos de terminar —continuó Lan—. Esto ya es un código rojo, y para garantizar la seguridad de su hija, debo actuar. Se ha confirmado la presencia de... —El flujo de sus palabras se detuvo un milisegundo. Sentí el peso de su mirada oculta detrás de los cristales oscuros, fija en mí— "Hostiles", y están cerca.