Legado Infernal

Capítulo 19

M A G N U S

Siempre pensé que este pueblo tenía algo raro. No es algo que puedas señalar con el dedo, sino más bien una sensación, una densa capa de silencio que se traga los ruidos de fondo por las noches. La gente vive sus vidas con total normalidad, sin saber que, a veces, las sombras de las calles parecen moverse con demasiada autonomía. Supongo que todos preferimos mirar hacia otro lado. Yo lo hacía, al menos hasta que pasó ese día.

De golpe, el motor de mi moto no fue lo único que rugió. Dos camionetas negras, enormes y con los vidrios polarizados, se cruzaron en mi camino. De los vehículos bajaron varios policías —o al menos eso creí por los uniformes— que empezaron a colocar vallas y a cerrar la calle por completo, bloqueando el acceso.

—Oye, tú, no puedes pasar por aquí. Zona restringida —me gritó uno de mala gana, haciéndome señas con la mano para que retrocediera.

Di la vuelta de inmediato y manejé un tramo corto hacia atrás, alejándome por completo de la vista de los oficiales para evitar que me dijeran algo más. Detuve la moto a un lado del camino, confundido. ¿Qué demonios estaba pasando? Me pregunté si estarían buscando a un ladrón que se había dado a la fuga o si habría ocurrido un accidente grave en esa cuadra. No era la primera vez que cerraban la calle, espero que no se vuelva un hábito.

Saqué el celular de nuevo y abrí la aplicación de entregas. Volví a mirar el mapa: solo me faltaba un pedido. Observé detalladamente la dirección y el nombre de quien lo solicitaba. Estaba tan cerca, a prácticamente dos cuadras. La conocía; era una de las mejores amigas de mi abuela. Vivía sola con sus tres gatos. Miré los detalles de mi pedido actual: una bolsa grande de alimento balanceado para gatos, un par de latas de comida húmeda premium y algunos medicamentos de farmacia para la artritis. Decidí que no podía darme la vuelta e irme; ella realmente necesitaba esas cosas y no iba a poder cargar una bolsa tan pesada por su cuenta. Lo haría rápido y en silencio; entraría, dejaría el encargo y saldría de ahí antes de que alguien lo notara.

Estacioné la motocicleta detrás de unos contenedores de basura, asegurándome de que quedara bien oculta. Me mantuve agachado, pegado a las paredes del callejón, esperando el momento justo. Cuando vi que los oficiales estaban distraídos, crucé la primera calle a toda prisa, mi mochila de delivery golpeándome la espalda rítmicamente.

Una vez que dejé atrás el perímetro inicial de las camionetas negras, la situación pareció extrañamente normal. No había más policías bloqueando las esquinas, ni patrullas con las luces encendidas. La calle residencial en la que me adentré estaba desierta, pero con una quietud que se sentía cotidiana. Las luces de los porches empezaban a encenderse en el crepúsculo. Reconocí la cuadra; estaba a solo cien metros de la casa de la señora.

Avancé hacia allí, pero decidí no usar la vereda principal. Preferí escabullirme a través de los jardines delanteros, saltando cercas bajas y moviéndome entre la espesa vegetación. El sonido ambiente era el de siempre: se escuchaba el canto constante de los grillos y, a lo lejos, el maullido de algunos gatos.

Finalmente, reconocí la casa de la amiga de mi abuela un poco más adelante. Alivianado, caminé hacia ella cortando camino a través del césped. En ese momento, uno de los tres gatos de la anciana —un enorme felino atigrado— bajó del porche. Al reconocerme, se acercó despacio y comenzó a restregarse suavemente contra mi pierna, buscando afecto. Sonreí de lado y me agaché un segundo para acariciar su lomo.

Hasta que, de la nada, todo cambió.

Sentí un silencio repentino, una transición tan brusca que me desorientó por completo; en un segundo, el canto de los grillos cesó y el aire pareció volverse más pesado, como si la noche contuviera el aliento. El gato interrumpió su ronroneo, quedándose completamente rígido bajo mi mano. Sus orejas se inclinaron hacia atrás y, antes de que pudiera intentar calmarlo, salió corriendo a toda velocidad, perdiéndose debajo del porche.

Casi al mismo tiempo, el vecindario estalló en caos. Los perros de las casas cercanas empezaron a ladrar sin control. No eran los ladridos habituales de cuando pasa el cartero; era un coro de ladridos frenéticos, agudos.

Y entonces, con la misma rapidez con la que empezó el alboroto, todos los perros se callaron al unísono.

Un frío repentino me recorrió la espalda. Desorientado y con el miedo comenzando a ganar terreno, reaccioné por puro instinto: me agaché lo más que pude, buscando el refugio de las sombras y la vegetación del jardín. Me quedé completamente inmóvil, con la espalda tensa, barriendo los alrededores con la mirada. Mis ojos recorrieron la acera, el asfalto iluminado por las farolas y las entradas de las casas vecinas. Nada. No había absolutamente nadie. La calle parecía una pintura fija, desprovista de cualquier rastro de vida. Podía escuchar los latidos de mi propio corazón golpeando contra mi pecho, e incluso el sonido nítido de mi propia saliva al tragar.

Cerré los ojos un segundo e inhalé hondo, intentando obligar a mi mente a recuperar la calma. Tranquilo, Magnus, me dije en un susurro mental. No es nada. Solo es tu imaginación.

Exhalé el aire despacio, dispuesto a ponerme de pie para terminar la entrega.

Un estruendo violento rompió el silencio. Un contenedor de basura de metal salió volando, golpeando el asfalto y arrastrándose con un chillido estridente que me taladró los oídos. En medio de la calle, donde un segundo antes solo había vacío, el espacio pareció torcerse para dejar salir a una masa enorme y viviente.

Los músculos de mis piernas se convirtieron en piedra; me quedé congelado en cuclillas, incapaz de parpadear. Lo que tenía adelante desafiaba cualquier lógica. Tenía la estructura de una lagartija colosal, del tamaño de un caballo, cubierta de una piel escamosa de un color verde oscuro y opaco. Pero lo más perturbador eran sus extremidades: unas patas larguísimas y fibrosas que se doblaban en ángulos imposibles, manteniéndola suspendida a una altura amenazante. La bestia sacudía la cabeza de un lado a otro, desorientada, bufando un aire espeso mientras sus garras rasgaban el pavimento.




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