Legado Infernal

Capítulo 18

M A G N U S

Nudillos contra la madera. Tres golpes secos y pausados.

Esperé unos segundos en medio de la penumbra del pasillo hasta que escuché el arrastrar de unas chancletas viejas al otro lado. La puerta se abrió solo un par de centímetros. Apareció el rostro de la señora Beatriz, surcado de arrugas, con esa mirada vacía e inocente con la que solía recibir a cualquiera: la fachada perfecta de una anciana indefensa a la que el tiempo se le estaba escurriendo entre los dedos.

Pero en cuanto sus ojos se enfocaron en mí, la máscara se desmoronó por completo. La amabilidad fingida desapareció en un parpadeo, reemplazada por un ceño fruncido y una severidad filosa.

—¿Qué haces aquí? —siseó, bajando la voz—. ¿No deberías estar en la escuela? Es demasiado temprano para que estés rondando por la calle, muchacho. ¿Acaso te estas saltado las clases?

En lugar de responder a su regaño, alcancé a alzar la bolsa de plástico que llevaba en la mano, haciendo sonar el contenido.

—Traje comida para gato.

La señora Beatriz se me quedó viendo unos segundos, apretando los labios. Dejó ir un largo suspiro que le hundió los hombros y terminó por abrir la puerta del todo.

—Más vale que hayas traído de la buena, de Prime —refunfuñó, haciéndose a un lado para dejarme pasar.

En cuanto crucé el umbral y dejé las bolsas sobre la mesita de la entrada, la anciana cerró la puerta con llave y se giró hacia mí, cruzándose de brazos.

—Te dije que no vinieras, solo después de una semana. Tienes que tener cuidado.

—No puedo evitarlo —contesté, sintiendo un nudo en la garganta mientras me agachaba para acariciar al gato atigrado que ya se frotaba contra mis tobillos—. Después de todo lo que pasó... tuve que leer mi diario cien veces solo para convencerme de que esto era real. De que no me estaba volviendo loco.

—Te repito: no seas tan evidente. No sabemos si esas personas siguen rondando por el barrio. Podría ser peligroso. Baja la voz.

—Pero si ya atraparon a esa cosa —interrumpí, arrugando el entrecejo—. ¿Por qué seguirían aquí?

La expresión de Beatriz se volvió oscura, cargada de una mezcla viva de enojo y recelo. Hay odios que se fermentan con los años, y el que se reflejó en sus ojos en ese instante era antiguo.

—Porque esos bastardos son increíblemente detallistas, muchacho. Son unos perfeccionistas despreciables. No les gusta dejar nada al azar ni permitir que quede un solo cabo suelto. Esos malditos...

Guardó silencio un momento, tratando de serenar su respiración. Luego me clavó una mirada tan penetrante que me obligó a erguirme.

—Escúchame bien: nunca te acerques a un arborista. Jamás. Si ves a uno, huyes. Te escondes donde no puedan dar contigo. Que ni siquiera sepan que respiras.

—¿Por qué los odias tanto? —pregunté, frunciendo el ceño—. Ni que le hubieran hecho daño a nadie esa noche...

—¿Eso es lo que crees? —interrumpió, y una risa amarga le brotó del pecho—. ¡Esos hipócritas! Esos dichosos arboristas... Se creen tan especiales, tan increíbles, tan por encima del resto del mundo con su maldito y sagrado "propósito". Al final del día, no son más que recipientes vacíos. ¿Que no dañan a nadie? Si te hubieran encontrado a ti, ¿sabes lo que habrían hecho? Te lo voy a decir exactamente: te habrían matado.

La brusquedad de sus palabras me dio un vuelco en el estómago.

—¿Matarme? ¿Por qué harían eso?

—Porque eres especial —sentenció ella, dándose un paso hacia mí—. Porque eres como yo. Eres un brujo.

Solté una risa floja, una reacción ridícula e involuntaria buscando que me dijera que era un chiste. Pero la cara de Beatriz no cambió en absoluto. No había ni un solo trazo de broma en sus facciones. Mi risa se extinguió en el aire, dejándome una sensación de vacío helado en el pecho.

—¿Cómo...? —farfullé, dando un paso atrás—. ¿Cómo que un brujo?

Beatriz recortó la distancia entre los dos.

—En tu sangre corre el llamado. Corre la magia. Igual que en la de tu abuela. Igual que en la de tu bisabuela y en la de todos tus ancestros. Por eso jamás debes dejar que un arborista te ponga las manos encima. Ni siquiera dejes que se te acerquen. Ellos odian todo lo que sea diferente.

Tragué saliva, intentando procesar la avalancha de palabras.

—¿Mi... mi abuela es una bruja?

— Si —asintió Beatriz—. Pero terminó abandonando la brujeria. Tu bisabuela nunca quiso enseñarle. Muchos de los viejos brujos dejaron de transmitir el conocimiento a sus hijos por miedo. Algunos ni siquiera heredaron el llamado... como tu padre. A pesar de nacer de una bruja, a él no le tocó nada. Pero tú... tú sí. Gracias a Lilith, tú conservas el llamado. En tu sangre corre la magia.

Me quedé completamente petrificado. No sabía qué decir, qué preguntar, ni cómo reaccionar. Las paredes de la pequeña entrada parecían estrecharse a mi alrededor.

—Sígueme —dijo Beatriz sin darme tiempo a asimilar la revelación.

Caminó hacia el centro de la sala y agachó el cuerpo para retirar una gruesa alfombra raída. Debajo de ella, encajada entre las tablas del piso de madera, había una trampilla. Tiró de la argolla de hierro y la puerta cedió con un crujido, revelando una abertura hacia la oscuridad absoluta.

Los gatos de la casa, que hasta entonces dormitaban en los rincones, se levantaron al mismo tiempo y comenzaron a bajar por las escaleras de madera con una naturalidad pasmosa. Miré el hueco negro con desconfianza, pero Beatriz comenzó a descender sin dudarlo. No me quedó más remedio que seguirla.

Bajé peldaño a peldaño, a tientas, sintiendo el aire volverse más frío y denso a medida que me sumergía. Era un sótano a oscuras en el que no se veía ni la palma de la mano.

De pronto, el chasquido seco de un aplauso resonó en la penumbra.

Clap.

A mi alrededor, una chispa cobró vida en la pared y, en una reacción en cadena, decenas de velas comenzaron a encenderse una por una, iluminando la estancia con una luz cálida y danzante.




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