M A G N U S
La oscuridad en el bosque era densa y cerrada. La única luz que nos guiaba era el destello tenue de las estrellas filtrándose entre el follaje. A mis espaldas, la silueta lejana de la ciudad parecía distante e indiferente.
—¿De verdad es seguro que estemos aquí? —pregunté con tono respetuoso, ajustándome las tiras de la mochila—. Por las desapariciones que están ocurriendo, no sé si sea buena idea adentrarnos tan de noche.
Beatriz ni siquiera redujo el paso.
—Si hay alguien allá afuera intentando hacernos desaparecer, sinceramente siento pena por él... o por ella —contestó con voz serena y una pizca de ironía.
Miré hacia atrás un instante, observando las luces lejanas de la urbe, y aceleré para alcanzarla.
—¿Me repite de nuevo por qué estamos aquí? Y... ¿por qué venir a estas horas?
—La noche es cuando más poder tengo, en especial al salir la luna —respondió Beatriz con firmeza—. Necesitamos una raíz de Selenita, y sé que hay una en una cueva cerca de aquí.
En ese momento, una silueta peluda se deslizó entre mis tobillos. Michones, el gato gris, se restregó contra mis piernas haciendo que tuviera que esquivarlo para no tropezar.
—¿Es seguro traer a Michones con nosotros? —pregunté, agachándome para cargarlo y acariciarle la cabeza mientras reanudábamos el paso.
—Claro que viene con nosotros, es mi familiar —dijo Beatriz sin voltear.
—¿Familiar? —repetí, extrañado.
—Mi protector.
Miré al felino, que ronroneaba plácidamente en mis brazos.
—¿Protector? Pero si solo es un gatito...
—Primera lección, muchacho —advirtió la señora Beatriz, alzando un dedo—: nunca subestimes a una bruja, ni a sus objetos. Toda bruja tiene sus trucos. Por muy indefensa o débil que se vea, sea ella o su familiar, jamás debes confiarte. Siempre piensa lo peor y así nunca te sorprenderán.
—Entiendo, señora Beatriz —asentí con seriedad.
Continuamos caminando unos minutos más en silencio, internándonos cada vez más en la maleza. De pronto, la señora Beatriz se detuvo en seco. Me coloqué a su lado, observándola con atención.
Ella sostenía en la mano un collar de cuentas de madera, pasando las esferas ágilmente entre sus dedos mientras murmuraba palabras imperceptibles en voz baja. Sus ojos escudriñaban la penumbra de un lado a otro hasta que su mano se inclinó decididamente hacia la izquierda.
—Por aquí —indicó Beatriz.
Siguieron la dirección que marcaba el collar hasta que la vegetación cedió, revelando ante nosotros la boca oscura de la cueva.
—Llegamos. No te alejes —indicó la señora Beatriz.
Ella fue la primera en cruzar el umbral y perderse de inmediato en la penumbra. Acto seguido, Michones saltó de mis brazos y se adentró en la cueva sin dudarlo. Contuve el aliento y la seguí, quedando sumergido al instante en una oscuridad absoluta.
Estiré el brazo intentando tantear el entorno, cuando de pronto sentí una mano firme sobre la mía. Escuché la voz de Beatriz justo a mi lado:
—Pon esto en tu ojo.
Examiné el objeto con las yemas de mis dedos enguantados. No era muy grande; se sentía duro, similar a una piedra lisa, y tenía un pequeño orificio en el centro. Intuyendo su uso, me llevé el hueco directamente al ojo derecho.
En un instante, el panorama cambió por completo. La caverna entera se iluminó con un resplandor verde brillante, tan vívido que parecía traído de otro mundo. Por la pura impresión, aparté la piedra de golpe y la oscuridad total regresó. Volví a colocármela en el ojo y la luz mágica resurgió.
Al dar un paso hacia adelante, noté que cada una de mis pisadas dejaba una huella de un verde aún más luminoso en el suelo. No pude evitar esbozar una expresión de asombro; el espectáculo era hermoso. Pasé mis dedos por las paredes de tierra y vi cómo el pigmento brillante se adhería al tejido de mis guantes.
—Increíble, ¿no? —escuché a mi lado. Era Beatriz, que me observaba con tranquilidad—. Es un Ojo de Silvano. Al usarlo, te permitirá ver cosas que otros no pueden.
—¿Usted no lo necesita, señora Beatriz? —pregunté, girándome hacia ella sin quitarme la piedra del ojo.
—Al haber estado tantos años rodeada de esto, mis ojos ya no lo necesitan —respondió ella con ligereza, haciéndome una seña con la mano para que la siguiera—. Además, tú tampoco lo usarás por mucho tiempo. Tan pronto como despierte tu llamado, tu propio poder se manifestará.
Seguimos caminando hacia el interior de la cueva. A través del Ojo de Silvano, comencé a notar cómo gruesas líneas de un azul celeste se manifestaban por el suelo y las paredes, haciéndose cada vez más grandes a medida que nos adentrábamos. Se sentía como estar atrapado en las arterias mismas de la tierra.
La señora Beatriz se detuvo justo donde las líneas celestes convergían en una maraña luminosa sobre el suelo.
—Escarba aquí —me ordenó.
Me agaché e inicié la tarea. La tierra estaba dura y compacta, pero tras unos segundos de esfuerzo, mis dedos tropezaron con algo rígido. Beatriz se dio cuenta de inmediato; se agachó a mi lado y me aparté para darle espacio. Con cuidado, retiró los restos de tierra hasta dejar al descubierto una raíz gruesa, rebosante de ese tono celeste brillante.
—Nunca me canso de esto —murmuró Beatriz contemplándola.
Sacó un cuchillo de su cinturón y cortó uno de los extremos. Al hacerlo, la luz del tramo cortado se extinguió de golpe. Cortó el otro extremo y toda la luminosidad del fragmento se apagó por completo, dejando solo una raíz opaca de color celeste.
—Esto bastará —dijo Beatriz, guardándola con delicadeza.
Miré el lugar del corte; la luz de la raíz que permanecía en la tierra también se había apagado unos centímetros en ambas direcciones.
—Al llegar haremos un té y deberás ingerirla —explicó ella.
—¿Con esto me volveré más fuerte? —pregunté.
—Sí. Pero con el tiempo, debes ingerir la raíz poco a poco.