Legado : Los Sobrevivientes del Silencio

Capítulo 1 - El mundo no estaba muerto. Esperaba.

Brazo de Orión — Planeta prohibido por Decreto Imperial

El decreto imperial cayó como una sentencia fría.

Sin negociación posible, sin aplazamiento alguno.

El mundo entero fue condenado a muerte.

Los primeros impactos llegaron del cielo, invisibles al principio, como relámpagos silenciosos.

Luego el horizonte se desgarró.

Ciudades enteras fueron borradas de un solo aliento, vitrificadas, fundidas en lagos de metal incandescente. Las torres de vidrio y acero se derrumbaron en cascada, engullendo a las multitudes que intentaban huir por arterias colapsadas.

Sobre los océanos, las bombas gravitatorias liberaron su furia: la superficie se plegó, se alzó, y luego se desplomó sobre sí misma. Las mareas devoraron puertos y navíos. Los continentes crujieron como cortezas quebradas, arrojando llamas y cenizas hacia los cielos.
En las llanuras, los convoyes se habían formado a toda prisa, columnas de vehículos atestados, familias enteras aferradas a los techos, arrastrando a veces carretas improvisadas. Las carreteras comenzaron a vibrar, a resquebrajarse, antes de precipitarse en el vacío abierto por las armas gravitatorias.

El aire no ofrecía salvación alguna. Las naves civiles, arrancadas de los hangares en un último intento de huida, fueron pulverizadas antes incluso de alcanzar la alta atmósfera.

Los corredores aéreos se convirtieron en cementerios suspendidos, cascos en llamas estrellándose por millares.

Las grandes capitales, antaño iluminadas por millones de luces, se transformaron en hogueras visibles más allá del horizonte. Las cúpulas protectoras, construidas para resistir bombardeos clásicos, cedieron en cuestión de horas.

Bajo la lluvia de las bombas sucias, las multitudes se asfixiaban, los cuerpos marcados por quemaduras invisibles, los niños gritando en brazos ya moribundos.

En el corazón de las megalópolis, los reactores energéticos explotaban uno tras otro, convirtiendo cada centro urbano en un cráter incandescente.

Las bombas gravitatorias golpearon después montañas y valles.
Cadenas enteras se desplomaron, sepultando aldeas y ríos.
Se abrieron abismos insondables, tragándose bosques y llanuras fértiles.
Los mares interiores brotaron fuera de su cauce y luego se dispersaron en nubes ardientes, inundando las tierras bajas antes de evaporarse en géiseres de vapor radiactivo.

El aire mismo cambió.

Los vientos se cargaron de cenizas, de polvos brillantes, de partículas invisibles que quemaban los pulmones.

El cielo se oscureció, enrojeciendo a intervalos, como una herida que nunca cicatriza.

Pero la muerte no fue total.

Algunos islotes resistieron, por azar o por voluntad.

En las cuevas profundas, los habitantes se habían internado con provisiones, sellando las entradas tras de sí. Escuchaban, en la oscuridad, los rugidos del mundo que se hacía pedazos sobre sus cabezas.
Bajo ciertos macizos, antiguas instalaciones mineras habían sido transformadas en refugios. Los escudos antirradiación improvisados parpadeaban en alerta, de eficacia incierta, con generadores jadeantes. Pero tras esas murallas frágiles, comunidades aún esperaban resistir algunas estaciones.
En los desiertos, inmensas cavidades naturales, antaño olvidadas, servían ahora de refugio. Centenares se apiñaban allí, racionando el aire filtrado y el agua estancada, atentos a los signos de una contaminación que acabaría siempre por abrirse paso.
Y en las ruinas de ciertas ciudades, bajo los túneles de los antiguos transportes, pequeños grupos se ocultaban, apretados unos contra otros, rezando para que ningún impacto destruyera su último santuario.

El decreto imperial se había cumplido.

El planeta, mutilado, desgarrado, seguía ardiendo bajo un velo de polvo irradiado.

Pero pese a la sentencia, pese al aniquilamiento casi perfecto, algunas vidas aún palpitaban, ínfimas, obstinadas, ocultas en la sombra de refugios precarios.

El mundo no estaba muerto.

Esperaba.

Durante los primeros meses, la supervivencia dependía únicamente de la fragilidad de las máquinas.

Los escudos antirradiación, erigidos a toda prisa en las últimas horas antes del aniquilamiento, parpadeaban sin cesar, sus alarmas rojas desgarrando las noches interminables. Algunos colapsaron en los primeros días, dejando que sus habitantes perecieran en silencio, quemados desde dentro por el polvo invisible.

Otros resistieron, vacilantes, dejando flotar la incertidumbre: ¿cuánto tiempo más?

Bajo aquellas cúpulas translúcidas, agrietadas en algunos puntos, centenares de mujeres y hombres se apiñaban. Vivían en un aire saturado de humedad, pesado, impregnado de olor a metal quemado. El hacinamiento asfixiaba, pero salir equivalía a morir.
Las provisiones, acumuladas en el pánico, desaparecieron pronto.
Las reservas de harina y conservas se agotaron en pocas semanas. Las tabletas energéticas, diseñadas para viajes rápidos, se transformaron en moneda vital, distribuidas con extrema cautela por consejos improvisados.

Luego llegó el hambre verdadera, la que ahueca los vientres, debilita los gestos, provoca fiebres y alucinaciones.




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