Brazo de Orión — Planeta prohibido por Decreto Imperial
La noticia se había propagado por el refugio como una onda: partiría una expedición.
Todas sabían que se habían elegido tres nombres.
Todas observaban a aquellas mujeres prepararse con una mezcla de temor y fervor, porque cada salida fuera del círculo podía ser la última.
• Manda, el Ojo.
Manda permanecía erguida en el centro de la sala, silueta esbelta, cabello rubio, la nuca tensada por un moño apretado que acentuaba su palidez. Sus ojos verdes, hondos, parecían aún perdidos en la visión que la había guiado.
Había sido ella quien vio la cúpula enterrada, intacta, bajo el polvo de los siglos. Su voz, serena, había bastado para orientar al Consejo.
Antes de la partida, las Espirituales trazaron en su frente el círculo negro de los Ojos, reforzado por dos trazos laterales: señal de que su visión comprometía a todo un pueblo.
Ella se limitó a inclinar la cabeza, muda, ya vuelta hacia un horizonte invisible.
• Kibo, la Sensible.
Kibo tenía apenas veinte años. Su cabello castaño, cortado corto, enmarcaba un rostro nervioso, marcado por la intensidad de la mirada.
Había confirmado la intuición de Manda, las manos vibrantes apoyadas en el suelo, captando el tenue eco de la energía lejana.
Las más ancianas ya la llamaban la Llama, tan nítidos eran sus dones.
Pasó la noche probando los instrumentos remendados: un detector de radiación cuya pantalla chisporroteaba; una antena plegable improvisada con cables oxidados; y, sobre todo, el sensor energético —una caja abollada unida a dos varillas metálicas, lo bastante sensible para estremecerse ante un generador dormido. Probablemente inútil si ella seguía presente.
Cada pieza era preciosa; Kibo las guardó con un cuidado casi maniático en bolsas de lona aceitada.
• Noa, la Guardiana.
Noa, la más corpulenta de las tres, velaba en silencio.
Sus anchos hombros portaban los dos trazos negros de las Guardianas.
Había cuestionado la partida, clamando que la distancia era excesiva, que el riesgo superaba el beneficio. Pero una vez tomada la decisión, ninguna dudó de su lealtad.
Noa seguiría a Manda y a Kibo hasta el final, y moriría antes de abandonarlas.
Afiló las hojas de metal forjado, probando su equilibrio.
Revisó la solidez de los trajes de fortuna, sellando las costuras con resina calentada.
Cargó en un trineo de recuperación las escasas provisiones: panes de síntesis duros como la piedra, cantimploras de agua filtrada, algunas barras energéticas envueltas en plástico amarillento.
Con el alba artificial, las castas se reunieron en la caverna de asamblea.
Las Portadoras, vientres ceñidos de rojo, entonaron un canto grave.
Las Sensibles depositaron sobre los hombros de las tres viajeras pequeñas placas metálicas, talismanes destinados a guiar sus pasos.
Los Ojos que quedaban atrás observaban, impasibles, pero la fervorosa determinación brillaba en su mirada.
Manda alzó la mano:
—Vamos a buscar la esperanza. Si aún existe, la traeremos.
Las tres mujeres se equiparon, enfundándose los trajes gruesos, las máscaras selladas, los guantes reforzados.
Los detectores ya repiqueteaban, sus agujas temblorosas al acercarse a la salida.
Más allá de la esclusa, aguardaban las tierras quebradas, saturadas de polvo y de ondas invisibles.
Noa tomó la delantera, arma pesada en mano.
Kibo seguía, estrechando contra el pecho el sensor energético.
Manda cerraba la marcha, sus ojos verdes fijos en una visión que nadie más podía ver.
Y cuando la puerta de metal se abrió, el aire ardiente y cargado de ceniza irrumpió de un solo golpe, llevándose consigo el porvenir incierto de la comunidad.
Apenas cruzaron la puerta de metal, la realidad de las ruinas las envolvió.
El cielo ya no era un cielo: una lámina móvil, saturada de polvos oscuros, surcada por fulgores rojos que palpitaban como cicatrices. El suelo, por tramos, se agrietaba, exhalando soplos de calor envenenado; en otros, placas enteras parecían a punto de desplomarse en el abismo.
Manda, con los ojos entrecerrados, caminaba como guiada por una línea invisible.
Kibo, atenta a sus instrumentos, verificaba a cada paso los umbrales de radiación.
Noa avanzaba en cabeza, pesada y erguida, el arma bien asida entre las manos.
Progresaban en un mundo sin estaciones, sin aliento natural: solo polvo, fuego subterráneo y ríos de lava que a veces escapaban de las grietas abiertas, arrastrando su luz rojiza antes de desaparecer bajo tierra.
Tras varios días, alcanzaron las ruinas de una antigua ciudad.
Las torres derrumbadas se alzaban aún como huesos carbonizados.
Las calles no eran más que corredores de ceniza vitrificada.
A través de las máscaras percibieron el olor rancio, persistente, de un mundo calcinado.
Manda se detuvo en seco. Sus ojos se entornaron.
—El suelo va a ceder… —susurró.
Un sordo retumbo ascendió y el terreno se fracturó.