Clan de los Canguros — Marcas interiores del Imperio
Estaban en la víspera de la partida hacia el Clan de los Topos.Nolan se había reunido con Fiona y Glen en uno de los módulos de recreo del Nido-Soldador: una especie de garito espacial que intentaba desesperadamente darse aires elegantes… sin lograrlo jamás. La iluminación tamizada de reflejos verdosos, los bancos gastados y los difusores de aromas sintéticos no cambiaban gran cosa. Pero era un lugar apreciado: un rincón donde aún se podía coincidir entre colegas, amigos… o antiguos rivales.
Fiona —alta, morena y esbelta, de mirada dorada siempre viva y decidida— y Glen —pelirrojo, corpulento, afable en casi toda circunstancia, salvo en las raras ocasiones en que convenía evitarlo— lo esperaban, despatarrados en viejos sillones desparejados alrededor de lo que hacía las veces de mesa.Nolan se sentó frente a ellos, apoyando los codos en el borde inestable.
—Entonces, ¿cómo está El Trasto? —preguntó Glen, con una risita burlona.
—Ha recuperado el brío de su juventud —respondió Nolan, medio orgulloso, medio irónico.
—¿Y tú? —lanzó Fiona, arqueando una ceja, con un aire vagamente socarrón.
Nolan contestó con un guiño cómplice.
—¿Y vosotros?
Glen no se hizo de rogar.
—No todo el mundo tiene el privilegio de navegar en una chatarra.
Nolan sonrió. Glen no iba desencaminado. Visto el estado del navío antes de la reparación, no habría sido absurdo hablar de ataúd volante. La puesta a punto rozaba el milagro técnico… o la inversión política.
Fiona se recostó contra el respaldo raído y lo observó un instante.
—¿Sabes por qué el Consejo de los Vigilantes se ha adelantado dos años?Nolan negó con la cabeza.
—Ni idea.
Glen se aventuró:
—Tal vez por fin vayan a formular una nueva solicitud oficial al Imperio yoramiano. Para obtener el derecho a instalarnos en un planeta virgen, para vivir… con normalidad.
Fiona asintió.
—Hay un nuevo Emperador que acaba de suceder a su madre. Dicen que es más… abierto.
Nolan se encogió de hombros.
—Siete solicitudes. Siete negativas. O ignoradas. Mismo formulario, mismo silencio. Dudo que cambie nada.
El tono se ensombreció un instante y luego la conversación derivó hacia asuntos más livianos: maniobras orbitales, módulos energéticos inestables, recuerdos de misiones anteriores.En cierto momento, Fiona se inclinó hacia Glen, los ojos entrecerrados con malicia:
—Entonces… ¿es cierto que te instalas en el mismo módulo que cierta Taryn, técnica en comunicaciones…?
Glen no se inmutó. Dio un sorbo a su bebida sin nombre y respondió con una calma imperturbable:
—Nos apretaremos bien juntitos.
Estallaron en carcajadas.
Luego Fiona, con una sonrisa ladeada, se volvió hacia Nolan:
—¿Y tú? ¿Mudanza a la vista? ¿O Tina te basta?
—Tina es demasiado celosa —respondió con fingida seriedad.
Rieron de nuevo. Era bueno reír, en la víspera de una partida cuya duración y desenlace nadie conocía.
La velada se alargó suavemente, entre anécdotas, miradas de soslayo y silencios compartidos. Luego Fiona echó un vistazo al reloj mural.
—Despegamos mañana. Os aconsejo unas horas de sueño, aunque cueste desconectar.
Asintieron, cada cual a su manera. Después, lentamente, los tres amigos se separaron en los pasillos amortiguados del Nido-Soldador, con la extraña sensación de que la próxima risa tardaría en volver.
El tercer traslado hiper-cuántico estaba llegando a su fin. Quedaban dos, y alcanzarían el destino. Viaje tranquilo, sin incidentes. Lo cual, en sí mismo, ya constituía una sorpresa.
Olaf, el Vigilante, no era hombre de conversación, y eso convenía perfectamente a Nolan, poco habituado a charlar con sus pasajeros. Salvo algunos intercambios técnicos o puntos sobre el avance de la ruta, el silencio reinaba.
Las tres naves emergieron casi simultáneamente gracias a su enlace de coordinación cuántica. El punto de salida correspondía a un faro imperial: una microestación automatizada, de las miles existentes, equipada con un microemisor y algunos módulos de auxilio, en la hipótesis siempre optimista de que algún día hubiera ayuda disponible en el sector.
Por costumbre y por prudencia, los comerciantes elegían estos relés para fragmentar sus trayectos.
Diez segundos pasaron antes de que Tina se manifestara:
—Faro detectado. Pero hay presencia de una estructura espacial no propulsada en las inmediaciones.
Siguió una descripción más precisa: un ensamblaje anular de cascos de viejos cargueros y depósitos, claramente reconvertidos. Nolan frunció el ceño. Aquello se parecía sospechosamente a un apaño de Clan… pero desconocido.
La voz de Fiona resonó en el habitáculo:
—Ninguna respuesta a mis solicitudes de identificación.
Glen confirmó:
—Cero marcadores activos. Juegan a los fantasmas.
Olaf, hasta entonces silencioso, habló con tono seco:
—¿Plazo estimado para un nuevo salto?
Tina respondió:
—Once minutos para El Trasto. Quince para los otros.
—Entonces nos alejamos. Inmediatamente.
Las tres naves iniciaron la retirada, virando con cautela fuera de alcance.Pero apenas cinco minutos después, Tina intervino de nuevo:
—Jefe, nueve naves rápidas en aproximación. Estructuras antiguas, sin tubos lanzamisiles, pero con propulsores recientes. Nos siguen y ganan terreno. Alcance de tiro en seis minutos.
Nolan activó la comunicación general.
—Si disparan, les lanzo un gravitacional.
Pero Olaf reaccionó de inmediato, firme:
—No. Nada de ataque. Hay que evitar un conflicto abierto.
Nolan se volvió hacia él, pálido:
—Usted dirige esta misión. Así que puede elegir nuestra forma de morir.
Ambos se fulminaron con la mirada. Fiona y Glen habían oído el intercambio, pero no comentaron nada.