Brazo de Orión — Planeta prohibido por Decreto Imperial
Manda y Kibo permanecieron un rato más rozando las teclas de los sintetizadores. Las combinaciones que improvisaban producían platos sorprendentes: pastas translúcidas, tortas perfumadas, gachas de colores y sabores desconocidos. Nada era verdaderamente delicioso, pero cada bocado les llenaba el cuerpo de un calor reconfortante.
Saciarse —por primera vez en semanas— les devolvió una forma de lucidez. Y, con ella, la decisión de continuar la exploración.
Empezaron por la sala roja. A diferencia de la verde, un corto corredor conducía a ella, pero una puerta maciza le cerraba el acceso.No había ningún dispositivo visible.
Manda intentó primero el método simple, el que había permitido la apertura de la propia esfera: una orden clara. Su voz resonó en el silencio:
—Apertura.
Nada se movió. La puerta permaneció cerrada.
Kibo estaba a su lado, inquieta. Sus gestos nerviosos no pasaron desapercibidos.—¿Qué te inquieta? —preguntó Manda.
La joven Sensible inspiró hondo.
—No es inquietud… pero siento algo. Una fuente de energía detrás de esa puerta. Distinta. Inusual. Potente.
Manda cerró los ojos. Su don se desplegó, atravesando el tabique.Distinguió el interior: pantallas, dispositivos de control, algunos sillones dispuestos en arco. Pero no era eso lo que retenía su atención.
En el muro opuesto, una superficie extraña ocupaba casi toda la pared.Quizá cristal… pero no solo cristal. Su textura vibraba como un campo antirradiación solidificado: estable y móvil a la vez.
Intentó ir más allá, franquear otra barrera invisible, y entonces apareció una resistencia nueva.
Pulsátil. Presente.
Cuanto más forzaba, más le taladraba una punzada creciente. La visión se le nubló; la cabeza le resonó a golpes sordos. Una migraña brutal la obligó a cortar el contacto.
Retrocedió de golpe, tambaleándose, y en cuanto recuperó mentalmente la primera sala, el dolor se disipó.
Kibo, que no se había atrevido a interrumpir su concentración, acabó por soplar en voz baja:
—Hay símbolos en la puerta.
Manda alzó la vista. En lo alto del batiente rojo vivo aparecía una inscripción: un sigilo desconocido, coronado por cuatro letras grabadas con nitidez: G.QQ.C.
Siguió un silencio pesado.
Manda, de puntillas, rozó el grabado y murmuró:
—Podemos suponer que esa inscripción designa la extrañeza que sientes. Tal vez algo vivo. O, más bien, una máquina activada.
Manda sintió enseguida que, como la sala verde, la sala azul no tenía nada de amenazante.
Se abría ante ellas un espacio amplio, luminoso, casi acogedor. Asientos dispuestos en círculo o en pequeños grupos, cada uno flanqueado por una mesa baja con mandos discretos incrustados, componían un conjunto que recordaba a un lugar de reunión o descanso. En los tabiques, máquinas que evocaban a los sintetizadores de la sala verde —más modestas, quizá destinadas a un uso individual— difundían una claridad suave.
En el extremo, dos escaleras descendían hacia el nivel inferior.
Kibo, agotada, se acercó al primer sillón y se dejó caer.Soltó un pequeño grito de sorpresa: el asiento se había movido, adaptándose al instante a su morfología, sosteniendo hombros, caderas, piernas.
—Creo que me voy a dormir aquí —murmuró, con media sonrisa—. La exploración puede esperar.
Cerró los ojos de inmediato, como absorbida.
Manda permaneció de pie un momento observándola. No sintió la menor necesidad de contradecirla. La fatiga se abatía sobre ellas como una losa, pesada e insistente.
Buscando ocupar las últimas fuerzas, se dirigió hacia un rincón de la sala.
Allí, sobre una mesa, reposaba una pila de objetos que al principio no identificó. Extendió la mano y se le suspendió el aliento.
—Son libros —murmuró, incrédula.
Tomó uno, luego otro, rozando encuadernaciones intactas.
En toda su vida solo había visto fragmentos: algunas páginas amarillentas, celosamente guardadas por las Ancianas, consultadas a escondidas como reliquias. Ella misma, como las demás Olvidadas, escribía a veces sobre soportes de fortuna, pesados, toscos, casi imposibles de transportar.
Pero allí, ante ella, había una pila entera de volúmenes. Intactos. Conservados.
Volvió hacia un sillón, se deslizó en él con lentitud. Abrió uno de los libros, pero los ojos ya se le empañaban de cansancio. Los dedos apretaron un instante el volumen, luego se aflojaron.Cayó suavemente al suelo, en el silencio de la sala azul.
Se abrió primero por páginas mudas, cubiertas de esquemas y cifras complejas; luego la tapa giró, mostrando la portada a la luz difusa.Manda, con los ojos entornados, distinguió vagamente las letras antes de que el sueño la engullera.
Un escalofrío le recorrió la espalda, pero ya no tuvo fuerza para resistirse.
Sobre la cubierta oscura, en caracteres sobrios, se leía:
UNA OPORTUNIDAD PARA LA TIERRA
El Generador Cuántico de Quarks Cautivos (G.QQ.C.)
Y en el silencio, bajo el resplandor apacible de las máquinas azules, el libro quedó abierto: promesa muda, llave de un secreto que todavía no tenían fuerzas para descifrar.
Kibo se despertó la primera. Permaneció unos minutos aletargada en el sillón, los ojos entrecerrados, dejando que su mente se recomponiera poco a poco.
Manda, en un rincón de la sala, respiraba profundamente. Kibo no pensó en despertarla.
Un impulso súbito la hizo levantarse. Se dirigió hacia las escaleras del fondo y eligió una. Los peldaños se iluminaban a su paso, como si la esfera la estuviera esperando.
Un nivel más abajo descubrió un pasillo sobrio, gris claro, bañado por una luz azulada. A ambos lados, puertas correderas, todas entreabiertas, daban a pequeñas estancias.
Entró en una de ellas.