Clan de los Topos — Marcas exteriores del Imperio
Jen no parecía especialmente alterada por el informe de misión.Nolan y Fiona habían recibido permiso para sentarse en los dos únicos sillones disponibles, cómodos, sin duda reciclados de la cabina de pilotaje de un gran transporte.
—Así que ninguna amenaza para el Clan —concluyó Jen.
—No, pero esa señal procede de la Tierra —intentó insistir Nolan.
—Tenemos la orden de los Vigilantes de desentendernos del asunto.
Y esa señal puede muy bien ser emitida por un transmisor automático aún operativo. En cualquier caso, la Tierra fue aniquilada hace casi un milenio, y todo el mundo la evita. Seguirá siendo el castigo ejemplar que sostiene la autoridad del Imperio.
Nolan comprendió que él también debía desentenderse del asunto. Pero le resultaba difícil. La señal era potente y, sobre todo, misteriosa. Sin embargo, otra preocupación le rondaba la mente:
—¿Y la sanción?
Jen esbozó una sonrisa poco frecuente.
—Su Vigilante no tiene la conciencia tranquila en este asunto. Y una sanción, de existir, recaería también sobre él. Prefiere olvidar el episodio dramático que han vivido.
Nolan se preguntó si esa actitud de Olaf ya era conocida por Jen cuando ella había acudido a su cabina, pero prefirió callar. Podrían regresar y retomar sus actividades… sin Glen.
Korga IX — Marcas exteriores del Imperio
La costa de Korga se extendía bajo una claridad pálida, dominada por acantilados abruptos cuyas murallas de basalto se alzaban como los baluartes de una fortaleza milenaria. Sus paredes, surcadas de grietas oscuras, atrapaban la luz de la mañana y proyectaban largas sombras sobre las laderas cubiertas por una alfombra verde esmeralda. Más allá, el océano desplegaba sus olas regulares sobre una playa oscura, erizada de rocas negras. Y, en el horizonte, montañas de cumbres nevadas dibujaban dientes afilados contra un cielo bajo y brumoso.
El paisaje tenía algo de solemne e inaccesible, como si el planeta rechazara toda intrusión.
El Trasto sobrevolaba la costa en busca de la baliza discreta que el Clan había instalado para señalar el punto de transferencia.
Korga debía su nombre a un explorador olvidado que la había descubierto siglos atrás y había traído de ella perlas de una belleza inigualable: las Perlas de la Espuma. Su resplandor fascinante había generado una demanda constante en todo el Imperio. Pero el Clan se había apropiado del secreto, recuperando las perlas de Korga y borrando toda huella de la naturaleza del planeta, ahora oficialmente clasificado como mundo seco y estéril.
Así, las Perlas de la Espuma se convirtieron en el monopolio celosamente guardado del Clan de los Canguros, una de sus fuentes de riqueza más valiosas. La discreción era, por tanto, vital. Para esa misión de recogida, nada superaba a un navío robusto, armado y recién restaurado.
Las Perlas no tenían nada de natural: eran modeladas en las profundidades del océano, cerca de fuentes geotérmicas, por el Pueblo del Mar, criaturas inteligentes que habitaban los abismos de Korga. Depositadas en la costa, cerca de la baliza, se intercambiaban por una pequeña cantidad de torio, cuyo uso exacto nadie sabía cuál era para esos seres.
Habían sido necesarias décadas de aproximaciones titubeantes y fracasos antes de que el acuerdo se sellara.
Ahora correspondía a Nolan, de regreso en el Clan, dirigir esa operación delicada. Fiona había retomado su propio camino, y él debía realizar solo el intercambio en Korga. Después vendría la parte menos exaltante: entregar las Perlas de la Espuma en el Imperio.
Detectada la baliza, Tina posó la nave con suavidad en la costa, al borde de una playa oscura donde la espuma se rompía en destellos fugaces. El rugido de los reactores se apagó poco a poco, dando paso al aliento regular del océano y al estruendo lejano de las olas contra los acantilados.
Nolan descendió por la rampa, hundiendo ligeramente las botas en la arena húmeda. El aire marino estaba cargado de sal y de un olor metálico, como si el mar mismo ocultara secretos enterrados. Ante él se alzaba la pared basáltica, monumental, con columnas oscuras cubiertas de musgos verdes. A su izquierda, el océano desplegaba un brillo infinito bajo un cielo atravesado por nubes pesadas.
Avanzó despacio, sosteniendo entre los brazos el pequeño contenedor de torio, sellado en una envoltura protectora. Cada paso lo acercaba a la baliza invisible, enterrada bajo una losa rocosa discreta que solo su sensor podía identificar. Pero pronto su atención se desvió.
Algo… lo observaba.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Entre los reflejos cambiantes de las olas, una silueta empezó a definirse, primero informe, luego cada vez más nítida a medida que se acercaba a la orilla. La criatura emergió a medias del agua, alzando un rostro sorprendentemente expresivo.
Su piel, verde y húmeda, parecía recorrida por venas oscuras como algas incrustadas. Varios ojos globulosos parpadeaban a ritmos distintos, dispuestos en círculo alrededor de dos órbitas principales de un verde profundo. Otros, más pequeños, se abrían y cerraban en la frente y las sienes, como sensores escrutando a Nolan desde todos los ángulos. Sus tentáculos, finos y móviles, se ondulaban suavemente en la superficie, acariciando la espuma con una flexibilidad casi hipnótica.
El conjunto desprendía a la vez una extrañeza inquietante y una inteligencia palpable.
Nolan permaneció inmóvil, conteniendo el aliento. Los relatos del Clan hablaban del Pueblo del Mar, pero nunca había contemplado tan de cerca a una de esas entidades. El ser lo observaba sin hostilidad, pero con una intensidad tal que sintió su propia mente rozada, como explorada.
Al llegar al punto exacto de la baliza, Nolan se agachó con cuidado. Depositó el torio en una cavidad natural, abierta como una ofrenda, y retrocedió unos pasos. El silencio se espesó, solo roto por el batir de las olas.