Legado : Los Sobrevivientes del Silencio

CAPÍTULO 7 - Kibo logró articular : Nos han encontrado… Se acabó.

Tierra — Planeta prohibido del Brazo de Orión — Imperio Yoramiano

Los días que siguieron fueron para Manda y Kibo una mezcla de sorpresas, dudas y esfuerzos insospechados.

Emprendieron la exploración de la esfera, nivel tras nivel, bajo la mirada atenta —a veces excesivamente atenta— de Boris. Algunas zonas quedaron al margen, juzgadas demasiado peligrosas, pero el resto se reveló como un universo desconocido, intacto pese a los siglos.

En la mitad superior descubrieron las instalaciones tecnológicas principales.La primera era un impulsor fásico, un núcleo silencioso que envolvía la esfera en un velo de sigilo. Gracias a él, la envoltura permanecía invisible a los hiper-detectores imperiales, y hasta los Ojos más experimentados habrían tenido dificultades para distinguirla. Boris explicó que su alimentación procedía directamente del Generador Cuántico, incluso cuando este se consideraba «inactivo»: la sola presencia del núcleo destilaba una energía latente, discreta e indetectable, pero suficiente para mantener el camuflaje.

La segunda era el hiper-emisor direccional, una construcción tan elegante como inquietante. Su tecnología —explicó Boris— había sido tomada de los yoramienses y perfeccionada después gracias a la potencia colosal del Generador. El haz que proyectaba se propagaba de inmediato en el hiperespacio, sin que ningún navío en órbita ni sensor imperial pudiera interceptarlo. Era, a la vez, un arma de comunicación y de discreción formidable.

Más abajo, en el hemisferio inferior, descubrieron los sistemas de vida: reciclaje del aire, tratamiento del agua, alimentación. Todo parecía concebido para durar, para funcionar en secreto, en una autarquía total. Pasaron horas observando, intentando comprender los equilibrios complejos de aquella maquinaria silenciosa.

Por último, su exploración las condujo a los almacenes. Tras paredes inmaculadas, filas de herramientas, piezas de recambio y módulos de mantenimiento aguardaban desde hacía siglos. Pero, sobre todo, descubrieron las cajas cuidadosamente selladas de micro-generadores de sustitución. Cada uno representaba una posibilidad de supervivencia para su pueblo. Cada uno era un tesoro.

Su alegría fue inmensa, pero se apagó pronto.¿Cómo salir de aquella esfera? ¿Cómo transportar aquellas maravillas hasta su comunidad, cuando Boris no había dado ninguna autorización?

El guardián artificial las observaba en silencio, y su voz resonó pronto como un recordatorio implacable:

—Nada sale de Zeta Cero sin autorización.

La promesa de un futuro estaba allí, al alcance de la mano, y sin embargo encerrada en una prisión de metal y sombra.

Pero muy pronto comprendieron que era inútil detenerse en la cuestión de los generadores. Mientras la esfera permaneciera cerrada, sin salida, aquellos tesoros seguirían siendo inaccesibles. Para Boris, el verdadero problema no era salir, sino entrar. Esa divergencia de perspectivas alimentaba un malentendido permanente.

El tiempo pasó, marcado por sus intentos de diálogo con el gestor artificial. Manda y Kibo dedicaban largas horas a interrogar a Boris, tratando de captar el origen y la finalidad de aquella base y, sobre todo, de comprender el misterio de la autorización esperada.

La IA parecía prestarse al juego. Su voz grave, a veces casi irónica, se teñía de inflexiones extrañas, como si los siglos de aislamiento le hubieran dejado una sed de diálogo. Tal vez una ilusión, pero inquietante: respondía a sus preguntas, no sin perderse en largas digresiones que no aclaraban nada.

De aquel laberinto de palabras acabaron emergiendo algunas verdades.La esfera había sido concebida con urgencia, construida en menos de dos años, a la sombra de un agravamiento inevitable del conflicto con el Imperio Yoramiano. Las medidas de seguridad habían sido extremas: ocultación total, protocolos autónomos, borrado de toda huella administrativa.

El secreto había dado resultado. Prueba de ello era que la esfera seguía intacta, enterrada, superviviente de un mundo destruido.

Pero aún más inquietante: Manda y Kibo acabaron intuyendo que Zeta Cero no era sino una parte de un conjunto más vasto. Una constelación de bases, quizá, concebidas para resistir la guerra y esperar aquel famoso «momento».

Quedaba una pregunta obsesiva: ¿existía aún ese conjunto, o Zeta Cero era la última superviviente de un proyecto truncado?

Kibo se había retirado a la pequeña habitación que había elegido, un rincón sencillo pero que le ofrecía un atisbo de intimidad. A menudo se tumbaba allí, dejándose mecer por el confort inesperado del lecho, o pasaba largos ratos frente a la pantalla holográfica, revisando las imágenes grabadas del mundo de antes. Los paisajes intactos, las ciudades aún llenas de vida, las multitudes indistintas donde se mezclaban hombres y mujeres la dejaban pensativa y melancólica. Era como rozar con los dedos una realidad perdida que nunca había conocido, y de la que se descubría nostálgica.

Manda, en cambio, permanecía en la sala de mando, bajo la presencia invisible pero constante de Boris. Vagaba de una pantalla a otra, fascinada por lo que proyectaban. Cada una no era una simple superficie: las imágenes, flotando en el aire, podían consultarse y manipularse con un leve gesto.

Había preguntado a Boris. El primer sistema controlaba las condiciones de supervivencia en circuito cerrado: circulación del aire, reciclaje del agua, síntesis de alimentos. Era una red sofisticada, pero Boris precisó que nunca había sido concebida para durar eternamente ni para soportar una tripulación numerosa. El segundo módulo vigilaba el funcionamiento de las distintas fuentes de energía, con una obsesión constante: permanecer por debajo del umbral de detección imperial. Toda sobreactividad, todo exceso, habría sido una traición al sigilo.




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