Legado : Los Sobrevivientes del Silencio

CAPÍTULO 8 - —Pero… ¿hay alguna ventaja en estar con un hombre?

Tierra — Planeta prohibido del Brazo de Orión — Imperio Yoramiano

Se quedaron inmóviles, incapaces de elegir una actitud. ¿Volver a la esfera? Imposible: el pozo no se había reactivado, y ¿qué harían allí dentro? Boris lo había admitido: no tenía ningún medio de defensa. ¿Huir? ¿Pero adónde? El desierto mortal las cercaba por todas partes, y no se habían llevado nada para sobrevivir fuera.

Unos minutos se estiraron, interminables, alimentados por la incertidumbre y el miedo. Entonces la nave cobró vida. Una rampa se desplegó bajo su casco, avanzando lentamente hacia el suelo. Dos siluetas se perfilaron en el resplandor lívido, vacilantes, casi irreales.

Kibo retrocedió por instinto. Sus pasos, primero lentos, se hicieron más apremiantes, y pronto gritó, sin aliento:

—¡Hay que huir, esconderse!

Pero Manda no se movió. Su mirada no estaba clavada en las criaturas que descendían —aparentemente humanas—, sino en un detalle del casco de la nave. Le temblaron los labios y, en un soplo incierto, murmuró:

—Es terrícola…

Kibo, desconcertada, no entendía. Pero se negaba a dejar sola a Manda. Volvió a su lado, tironeada entre el miedo y la lealtad.

Manda sintió su presencia y, con una voz un poco más segura, insistió:

—Mira, en la proa del casco. Mira lo que está escrito.

Kibo alzó los ojos, escudriñó, y descifró con dificultad las letras burdas trazadas sobre el metal:

—¿“El Trasto”…?

Frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

Manda negó lentamente con la cabeza.

—No lo sé… pero esa nave no es imperial. ¿Lo entiendes, Kibo? Es terrícola. ¡Terrícola!

Repetía aquella palabra como una invocación, como si el universo acabara de metamorfosearse. Su mirada brillaba, llena de estupor mezclado con esperanza, hasta el punto de temblar.

Kibo, en cambio, seguía más reservada. El entusiasmo de su amiga apenas la contagiaba. Ella solo veía, sobre todo, a las dos siluetas aproximándose con sus trajes grises, respiradores pequeños fijados al rostro. Aquellos equipos dejaban al descubierto sus facciones. La primera, una mujer de piel clara y pelo castaño, más alta que Kibo, parecía sorprendida, casi turbada por la escena. El otro, un hombre alto, de cabello castaño claro, avanzaba a su lado. Su rostro no expresaba nada abiertamente hostil.

Se detuvieron a unos metros, sin arma visible, sin gesto amenazante.

Kibo esperaba que la mujer hablara. Era lo natural, lo tranquilizador. Pero se instaló un silencio pesado. Sintió la inquietud cerrarle la garganta.

Manda, en cambio, miraba sobre todo al hombre. Sus ojos no se apartaban de ella, obstinadamente, como si un vínculo invisible acabara de tejerse en ese instante. ¿Por qué esa insistencia? ¿Era una amenaza, un reconocimiento, o algo distinto, aún más impenetrable?

Fiona y Nolan permanecían inmóviles, petrificados por la incomprensión y la improbabilidad de la escena. Sus ojos buscaban referencias en aquel paisaje caótico, pero todo parecía irreal: el viento, el polvo y, sobre todo, esas dos mujeres salidas de otro mundo.

Nolan, con la garganta seca, se inclinó ligeramente hacia su compañera y susurró:

—Di algo.

No estaba seguro de estar despierto. Tal vez no fuera más que un espejismo, nacido de aquella atmósfera saturada. Y, sin embargo, todo parecía tangible. Sus pensamientos derivaban: la morena le recordaba un poco a Fiona, por su planta y su energía contenida. Pero era la otra, la más alta de cabello más claro, la que lo turbaba de verdad. Lo miraba con la misma intensidad que él, con una incomprensión teñida de una fuerza interior. Hermosa, altiva, pero sobre todo animada por un brillo extraño en los ojos: inteligencia aguda y algo que nunca había visto, un poder mudo, casi intimidante.

De pronto Fiona se decidió. Su voz, clara, rompió el silencio.

—Me llamo Fiona. Y este es Nolan.

Acompañó sus palabras con un gesto tranquilo, casi ritual.

Las dos mujeres intercambiaron una mirada breve, luego respondieron simplemente, como si bastara:

—Manda.

—Kibo.

Un primer puente había sido tendido.

Kibo, vacilante, preguntó entonces:

—¿Sois… terrícolas?

Fiona sostuvo su mirada y respondió:

—Nuestros lejanos ancestros venían de la Tierra. De antes de la destrucción.

Kibo frunció los labios, perpleja. Las palabras le eran comprensibles, pero el acento, la sintaxis, sonaban extraños, deformados por los siglos.

Manda intervino, con los ojos entornados:

—Es terrícola antiguo. Como en los hologramas.

Nolan habló por fin. Su voz vibraba de una curiosidad sincera.

—¿Vivís en la esfera?

Manda inclinó ligeramente la cabeza, como intrigada por la pregunta. Pensó fugazmente que su voz era mucho más agradable que la de Boris, grave y metálica.

—No. Vivimos en una comunidad lejana. La esfera es un descubrimiento reciente.

—¿Sois muchos? —preguntó Nolan.

Manda sostuvo su mirada, erguida, segura.

—Sí, somos muchas. Y hay otras comunidades dispersas.

Kibo añadió, como subrayando su identidad común:

—Somos el pueblo de las Olvidadas.

—Nosotros también —intervino Fiona—. Formamos comunidades dispersas, pero en el espacio.

Nolan recuperaba poco a poco la concentración. Y una frase lo había golpeado: somos muchas. Un plural exclusivo. Dejó hablar a su intuición.

—¿Hay hombres con vosotras?

El silencio que siguió duró una fracción de segundo, pero pesó como una caída. Luego la respuesta cayó, implacable.

—Ya no hay hombres desde hace varios siglos —dijo Kibo.

Sus palabras, pronunciadas con sencillez, abrieron un abismo. Fiona y Nolan sintieron que el suelo se les retiraba, engullidos por una profundidad de incomprensión.

Nolan negó con la cabeza, como para librarse del vértigo que lo asaltaba tras la revelación de Kibo. El mundo parecía girar en torno a él, sus certezas se agrietaban. Aun así, logró encontrar su voz.




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