Legado : Los Sobrevivientes del Silencio

CAPÍTULO 9 - Identificación confirmada. Armada de combate… terrícola.

Tierra — Planeta prohibido del Brazo de Orión — Imperio Yoramiano

Nolan se había instalado en la parte elevada de una caverna más pequeña, acondicionada de forma somera, pero que preservaba un poco de intimidad. El campo antirradiación, muy cerca, zumbaba débilmente, saturando el aire con su murmullo constante. Las provisiones y los recursos ya estaban en pleno reparto, gestionados con un rigor metódico por las Ojos y las Sensibles.Fiona había desaparecido con Kibo, ocupadas en cambiar los filtros de aire y de agua.

Nolan pensaba. Su mente giraba en círculos cerrados. Solo tenía dos autorizaciones de acceso al planeta, y eso ya representaba un milagro. Pero había otras comunidades, diseminadas, a veces señaladas, a menudo desconocidas. Debían de hallarse en la misma necesidad vital. ¿Cómo elegir? ¿Cómo jerarquizar la supervivencia? Y, más allá, quedaba Zeta Uno. Ese nombre resonaba como una promesa y una amenaza. ¿Qué había aún allí? ¿Qué encontraría?

No la oyó acercarse.

Manda estaba allí, inmóvil, una silueta fina recortada en la claridad fría que se filtraba por una fisura. Su cabello claro relucía, echado hacia atrás sobre los hombros, y sus ojos brillaban con una intensidad que él no comprendía del todo.

Dio unos pasos. Sin palabras. Solo ese deslizamiento hacia él, lento, voluntario.

Quiso romper el silencio, pero no le vino ninguna palabra. Ella se acuclilló a su lado, sin tocarlo. Sus hombros se rozaron, rozando el aire entre ambos con una electricidad tenue.

Manda giró la cabeza y lo miró largamente. Luego, muy despacio, posó la mano sobre su muñeca. Un gesto simple, pero cargado de certeza.

—Quieres irte. Lo siento. Eres un hombre de las estrellas. Y el misterio de esta base te atrae.

Nolan dudó. Luego su mano se alzó, casi a su pesar, y su palma encontró el calor de la mejilla de ella. Era un calor suave, vivo, casi irreal. Manda cerró los ojos bajo aquel contacto, como si ese gesto hubiera despertado algo enterrado, inaccesible desde hacía generaciones.

Los olores de metal y piedra se desvanecieron. Solo quedaba el perfume discreto de su piel, mezclado con el polvo de la gruta. Ella se inclinó ligeramente, y sus frentes se tocaron. No un beso. Aún no.

Solo ese compartir del aliento, ese temblor mudo de un reconocimiento instintivo.

Quince generaciones los habían separado. Y, en ese roce tenue, Nolan sintió resonar una pregunta ardiente, silenciosa, pero inevitable:

—¿Qué somos ahora?

El Trasto se elevó lentamente al pie de los acantilados sobre sus anti-g, y sus propulsores derivaron en un soplo contenido. En el puesto de pilotaje, Fiona y Nolan mantenían los ojos clavados en el holograma panorámico que proyectaba el exterior de la nave. Dos siluetas, inmóviles y minúsculas en el suelo, seguían su partida. Manda y Kibo. Sus rostros permanecían invisibles, pero la angustia que oprimía el corazón de las dos mujeres era palpable incluso en el silencio pesado de la cabina.

Fiona giró la cabeza hacia Nolan. Su perfil seguía impasible, cerrado, casi de mármol. Comprendió que él tampoco quería romper ese silencio. Así que permaneció muda, respetando esa contención.

El Trasto hizo una escala sobre el emplazamiento de la esfera. Nolan ordenó a Boris, enlazado por el relé:

—Envía un hipermensaje a Zeta Uno. Advierte de nuestra llegada.

Luego la nave se arrancó de la gravedad terrestre, franqueó sin dificultad la barrera virtual de las estaciones imperiales que aún cercaban el planeta muerto. Ningún sensor enemigo pareció registrar su presencia. Primer traslado hiper-cuántico.

Le siguió el segundo. Y el tercero los llevó a la zona del reemisor, donde un eco residual confirmó el envío del mensaje de Boris.

Entonces, sin demora, El Trasto se lanzó hacia lo desconocido: un espacio aún virgen de toda cartografía imperial.

Pero las coordenadas transmitidas por Boris presentaban un defecto mayor: habían sido establecidas según el sistema de referencia terrícola de antaño, y no el del Imperio. Tina y Boris habían tenido que fusionar sus bases de navegación, cruzar cada dato, para deducir una conversión aproximada.

—El próximo salto debería llevarnos al objetivo —anunció Tina.

La tensión subió en el puesto de pilotaje. Cada latido parecía resonar con la espera del traslado.

Y entonces la nave emergió en el espacio tridimensional.

Ante ellos se extendía un espectáculo vertiginoso: un sistema planetario desmesurado, cuarenta y siete planetas de tamaños diversos girando en torno a una estrella pesada, saturados de lunas y órbitas secundarias.

—Si es el lugar correcto —dijo Fiona en voz baja—, una nave que llegara aquí por inadvertencia no tendría ninguna posibilidad de encontrar la base.

Nolan asintió.

—Selecciona una configuración rara: dos planetas gemelos, próximos entre sí, y un campo de asteroides vecino. Eso reducirá las opciones.

Pasaron unos segundos: la eternidad condensada en el silencio de los sensores.

—Tu descripción solo ofrece una eventualidad, Jefe. No es de extrañar: este tipo de sistema es excepcional —concluyó Tina.

—¿Distancia?

—Demasiado lejos para los propulsores. Recomiendo un mini-traslado cuántico a distancia mínima.

—Hazlo —ordenó Nolan.

El espacio se retorció. El Trasto basculó.

El último salto los arrojó a un caos dantesco. Las alarmas de colisión aullaron al instante. Los propulsores entraron en sobrecarga de emergencia; la energía de los anti-g fue desviada a los escudos. Nolan y Fiona quedaron pegados a los asientos. Los sensores se saturaban de ecos, enturbiando cualquier análisis.

Por un instante, Nolan pensó que habían reaparecido en pleno corazón de un campo de asteroides. Pero Tina manejaba la nave al límite de sus capacidades, esquivando, girando, encabritándose. El Trasto, fiel a su reputación, se reveló una vez más mucho más ágil de lo que su nombre dejaba suponer.




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