Tierra — Brazo de Orión
El Trasto iniciaba su segundo descenso hacia la superficie de la Tierra. Tal como estaba previsto, las estaciones imperiales permanecieron mudas, indiferentes a aquella intrusión autorizada por última vez. La nave se posó exactamente en el lugar desde el que había despegado.
Nolan y Fiona bajaron por la rampa y se dirigieron al cañón, hacia la fisura oscura abierta en la pared del acantilado. Las Guardianas surgieron pronto, siluetas familiares, pero esta vez sin amenaza, con las armas mantenidas bajas. En sus miradas brillaba una forma nueva de respeto.
A medida que avanzaban por las grutas, las habitantes se apartaban de sus tareas para observarlos. Algunas se limitaban a un leve gesto de cabeza; otras, a un saludo más marcado. Las niñas, en cambio, se atrevían a acercarse más, riendo y maravillándose ante la presencia de Nolan, rozando con la punta de los dedos a aquella criatura extraña que solo conocían a través de los relatos: un hombre.
Aparecieron entonces, casi al mismo tiempo, procedentes de dos corredores distintos. Jadeantes, con una sonrisa radiante que intentaban ocultar bajo una expresión más grave. Fiona tomó la mano de Kibo; esta no la retiró. Manda, en cambio, fijaba a Nolan con una intensidad turbadora: una mirada a la vez extraña y luminosa, como si condensara toda la espera y toda la incertidumbre del momento.
El silencio se instaló, frágil. Luego, en voz baja, Manda murmuró simplemente:
—Ven.
Nolan la siguió hasta una pequeña cavidad donde se amontonaban algunos artefactos antiguos. Dos Ojos, sentadas allí, se levantaron de inmediato y se alejaron con discreción. Manda se sentó en un viejo banco de plástico gastado y, con un gesto, lo invitó a sentarse a su lado.
Lo contempló largamente, con los rasgos suavizados por una interrogación creciente. Nolan sintió el peso de aquella mirada y acabó por romper el silencio, lentamente, separando cada frase:
—Hemos encontrado Zeta Uno. Una base terrícola de la misma época que la esfera. Construida para el futuro. Más que una apuesta: un arma póstuma. Miles de naves de guerra listas para el combate. Capaces de destruir… pero también de construir un porvenir.
Se interrumpió. Las palabras pesaban en el aire como piedras. Manda frunció levemente el ceño, intentando captar la magnitud de lo que acababa de oír.
—¿Cómo? ¿Qué futuro? ¿Y por qué?
Nolan hundió su mirada en la de ella.
—Salir de aquí. Abandonar el Imperio. Volver a empezar en un mundo nuevo.
El corazón de Manda latía con fuerza; lo sentía golpearle en las sienes.
—¿Quién nos ayudará?
—Nosotros —respondió él—. Solo nosotros. Debemos hacerlo por nosotras mismas. Los medios están en Zeta. Y…
Se detuvo, incapaz de pronunciar las últimas palabras. Sus manos, casi contra su voluntad, buscaron las de Manda. Ella se estremeció al contacto, percibiendo su turbación.
—¿Qué ocurre, Nolan? —susurró.
Inspiró profundamente y, al fin, dejó caer el peso que lo aplastaba:
—Soy la única persona que puede mandar la armada de los antiguos Terrícolas. Y no estoy seguro de poder asumir una tarea así.
El silencio que siguió fue denso, casi palpable. Manda permaneció inmóvil, con los ojos clavados en los suyos, y Nolan creyó leer en ellos, por un instante, el eco de su propio miedo. Pero lo que emergió fue otra cosa: un destello de reconocimiento, como si aquella revelación confirmara lo que ella había presentido desde su primer encuentro.
Sintió acelerarse la respiración. La idea de que un hombre, venido de otro tiempo, llevara en solitario el poder de su futuro la sacudía profundamente. Una parte de ella quería rechazar aquella responsabilidad que no debía pertenecer a nadie, y menos aún a un hombre. Otra, más secreta, se alegraba de ver encarnarse en él una fuerza que su mundo agonizante ya no poseía.
Apretó suavemente los dedos alrededor de los suyos, con gravedad.
—Dudas —dijo en voz baja—, y es precisamente eso lo que demuestra que no eres un tirano en potencia. Un mando sin miedo ni conciencia siempre destruye. No estás solo, Nolan. Ni para cargar con esta tarea, ni para decidir el futuro.
Sus palabras lo apaciguaron más de lo que habría creído. Un calor subió en su interior, mezclado de gratitud y de temor. En el reflejo de aquellos ojos comprendió que lo que representaba para ella ya superaba su propia persona: una esperanza inesperada, frágil, pero irresistible.
Nolan cerró los ojos un instante, el peso de la armada chocando contra el peso de aquella mirada. Cuando los abrió, ya no sintió solo miedo, sino una responsabilidad naciente. Una responsabilidad hacia las supervivientes… y hacia Manda.
Manda se reunió con Kibo, tan conmocionada como ella tras la revelación llegada por boca de Fiona. Fue el propio Ojo quien solicitó una reunión de urgencia del Clan. Las Ancianas aprobaron de inmediato, leyendo en la mirada ardiente de la joven una determinación que no se atrevían a cuestionar.
Una vez más, las mujeres tomaron asiento según su casta, en una solemnidad cargada de sorpresa y de inquietud. Los Ojos se volvían hacia Manda, que poco a poco se imponía como una voz equivalente a la de las Ancianas. Subió a un graderío natural de piedra y recorrió la asamblea con la mirada. Un silencio compacto cayó sobre el lugar.
Se estremeció al medir la gravedad de lo que estaba a punto de decir.No sola, pensó. No sin él.
Su mirada se deslizó hacia Nolan, que permanecía ligeramente apartado.
—¿Comandante? —susurró, con una sonrisa tensa, desprovista de humor.
Agachado no muy lejos del círculo de los Ojos, Nolan se preguntó si no sería mejor, como hombre, borrarse. Lo que iba a decidirse allí concernía ante todo a aquellas mujeres. Él no era más que un mercader.
Intentó convencerse de ello… pero ya no funcionaba.
En su mente se imponía un título que nunca había reclamado: Comandante en Jefe. ¿Por qué lo pensaba ahora?