Tierra — Brazo de Orión — Fuera del Imperio
Nadie en la Tierra había visto jamás nada semejante desde hacía un milenio. El cielo entero se incendió.
Las treinta y seis estaciones orbitales del Imperio estallaron casi al mismo tiempo, con intervalos de apenas unos segundos, como una corona de estrellas que hubiera decidido morir. Por encima de las nubes ácidas, los cruceros de la Primera Flota aparecieron como lanzas de luz blanca, proyectando sombras desmesuradas sobre la superficie calcinada.
Las supervivientes solo pudieron alzar los ojos. Las más jóvenes creyeron en un regreso del Imperio; las más antiguas comprendieron que un mundo estaba basculando.
Ráfagas de energía pura atravesaban el firmamento, convergiendo hacia puntos invisibles. Luego, de pronto, cada punto se convirtió en un sol en miniatura: la muerte de una esfera imperial. Las explosiones, primero mudas, fueron seguidas de rugidos que desgarraron las montañas.
Ondas de choque atmosféricas se abatieron sobre las mesetas, levantando nubes de polvo rojizo.
Fragmentos de metal incandescente surcaron el cielo como cometas breves, trazando arcos de fuego antes de consumirse en la alta atmósfera.
En la gran gruta de la Comunidad de Manda, las mujeres salieron pese a las prohibiciones, atraídas por la luz.
El techo de nubes se había resquebrajado, dejando aparecer el espacio como un mar invertido.
Vieron las esferas explotar, arder, derrumbarse sobre sí mismas en cascadas de plasma.
Algunas cayeron de rodillas, creyendo asistir al fin del mundo. Otras lloraban sin saber por qué, sacudidas por la belleza y el horror del espectáculo.
Manda, en cambio, permaneció de pie, los ojos fijos en las luces móviles del cielo.
Ella lo sabía.
No era el fin.
Era el comienzo.
Los Ojos y las Sensibles comprendieron entonces lo que Nolan quería decir.
El camino se abría.
El miedo imperial acababa de borrarse del cielo. El tabú acababa de morir.
En los refugios de las tierras del Norte, donde aún se dudaba de Manda y de su mensaje, el pánico estalló al principio.Los sensores vibraban, las raras pantallas chisporroteaban, las grutas temblaban.
Las Sensibles, presas de vértigo, percibían los flujos energéticos que se desbordaban en la magnetosfera, oleadas de potencia apenas creíbles.
Pero cuando el estruendo se apaciguó, no quedó más que la luz.Una aurora roja y dorada envolvía todo el horizonte, reflejada en los mares muertos.
Y esa luz parecía decir: ya no hay jaula.
Entonces, lentamente, la duda cedió.
Las indecisas comprendieron que nada las retenía ya. El Imperio, que vigilaba desde el cielo, acababa de ser reducido al silencio. El miedo a partir se borraba, reemplazado por un temor más vasto: el de quedarse solas en un planeta desnudo.
Y luego estaba la otra comunidad, la última, la que siempre se oponía. Vivían profundamente enterradas, en las ruinas de una antigua base terrícola, convencidas de que toda tentativa de huida no podía sino atraer la venganza del cielo.
Cuando la primera explosión iluminó las paredes, creyeron que el castigo había llegado.
Los instrumentos se desbocaron, las antiguas dirigentes gritaron órdenes contradictorias.
Una marea de fulgores atravesó el cielo por encima de ellas, visible a través de las fisuras de la montaña.
Los torpedos de antimateria estallaban como soles nacientes.
El aire vibró, la roca gimió, y sus temores se transformaron en estupor. Pero la venganza no llegó.
El trueno cesó.
El cielo permaneció abierto —inmenso, apaciguado, libre.
Comprendieron entonces, pese a ellas mismas, que el Imperio había perdido su mirada.
Y que ya no tenían excusa.
Durante toda la noche, el polvo de las estaciones destruidas formó una aurora permanente, un velo móvil que envolvió el planeta. Cortinajes luminosos ondulaban del polo al desierto, proyectando sobre las ruinas de las ciudades sombras azuladas. Cada comunidad, en silencio, contemplaba aquel espectáculo dantesco —entre espanto y fascinación.
Y al amanecer, cuando el resplandor se disipó por fin, no quedaba más que un cielo virgen.
Un cielo sin imperiales.
Un cielo que podían volver a llamar su cielo.
Entonces, sin haberse concertado, sin grito ni ceremonia, las comunidades comenzaron a prepararse.
La decisión ya no necesitaba palabras.
Bajo el polvo de oro del cielo nuevo, la Tierra entera parecía murmurar: «No hay vuelta atrás».
Nolan y Fiona se encontraban solos en el puesto de pilotaje de El Trasto. Como hacía una eternidad.
Pero ninguno de los dos era ya el mismo.
El mercader, la navegante, los compañeros de azar habían desaparecido. Ya no había búsqueda de beneficio, ni trueques dudosos, ni mañanas suspendidas de la suerte.
Desde ahora perseguían un objetivo que ni siquiera las palabras sabían contener.
Un Éxodo.
Un Nuevo Planeta.
Y, en su sombra, una Guerra.
Porque ninguno de los dos se hacía ilusiones.
Tina, fiel a su humor de silicio, estimaba en un setenta y siete por ciento la probabilidad de un baño de sangre antes del final de la expedición. Fiona le lanzó una mirada hastiada. Nolan, en cambio, no reaccionó.
Había prometido a Manda —prometido— hacer todo lo posible para evitar un enfrentamiento.
Había contactado con Ashrek, quizá más para aliviar su conciencia que por una esperanza real de obtener algo.
Sabía que su demanda era ilusoria, casi ridícula.
Pero necesitaba sentirse contra la pared, allí donde nada cuenta salvo la decisión.
El Trasto flotaba por encima del pozo antigravedad que conducía a la base Zeta Cero.
Los generadores anti-g vibraban a baja frecuencia, difundiendo un ronroneo casi apacible.
Ante la vidriera holográfica, el planeta muerto se extendía en su majestad lívida.