Tierra — Brazo de Orión — Fuera del Imperio
Los cuatro días transcurrieron con una lentitud casi irreal. El tiempo parecía detenido en el espacio, como si la propia guerra contuviera el aliento.
No ocurría nada.
Ni provocación, ni comunicación, ni movimiento por ninguna de las dos partes.
Las dos flotas permanecían frente a frente, congeladas en una geometría perfecta: de un lado, los cruceros imperiales, masivos, disciplinados, el metal oscuro irradiando una calma calculada; del otro, el muro luminoso de la flota terrícola, inmóvil y silencioso, como un baluarte de intenciones.
El Almirante Xitu, instalado en el puente de su nave, observaba aquel ballet de inmovilidad.
Cada día recorría los registros de sensores, las comunicaciones de rutina, los análisis tácticos.
Cada día, todo permanecía idéntico.
Se sorprendía a sí mismo esperando un error, una señal, cualquier cosa que rompiera ese cara a cara insoportable.
Al quinto día, por fin, el silencio espacial se quebró.
Una señal tenue, un parpadeo en la periferia del campo de detección.
—Transferencia hiper-cuántica detectada —anunció la IA de a bordo.—Firma múltiple, disociada.
Un halo se formó al otro lado del planeta, más allá del disco luminoso de la Tierra.
Durante unos segundos, los sensores quedaron saturados por las descargas energéticas del traslado, y luego la visión se aclaró.
Aparecieron puntos. Decenas, luego un centenar.
Xitu se inclinó sobre la mesa holográfica.
—¿Escuadras imperiales?
—Negativo —respondió la IA.
Una breve pausa, como un aliento antes de la revelación:
—Cien naves detectadas. Mayoritariamente cargueros de gran tamaño. Armamento mínimo. Probabilidad de origen terrícola: noventa y nueve coma nueve por ciento.
El Almirante guardó silencio.
Su primer reflejo fue militar: evaluar la amenaza, las trayectorias, los ángulos de fuga.
Pero lo comprendió enseguida.
Aquellas naves no eran una fuerza de combate.
Eran naves de éxodo.
En la pantalla principal, los cargueros terrícolas se materializaban poco a poco.
Lentos, pesados, torpes en su mayoría.
Se disponían en formación circular sobre el planeta, formando un collar de luz alrededor de la Tierra herida.
Grandes compuertas se abrían en sus flancos, liberando drones de transporte, módulos de acogida, cápsulas de descenso.
—Misión en curso: extracción planetaria —precisó la IA.
—Supervivientes —murmuró Xitu—. Van a buscar a los supervivientes.
Siguió un largo silencio.
Los oficiales del puente se habían levantado de sus asientos, hipnotizados por el espectáculo.
Nadie hablaba.
Los sensores registraban débiles transferencias térmicas en la superficie: las zonas de exfiltración se encendían una tras otra, como pequeñas brasas prendidas en el corazón de un mundo helado.
Los cargueros se zambullían por turnos en la atmósfera, rozando las nubes tóxicas antes de remontar hacia la órbita. Las imágenes de sus trayectorias dibujaban en el cielo arabescos dorados, lentos y solemnes.
Xitu sintió que un nudo le subía a la garganta.
Así que era eso.
El sentido de todo aquel silencio, de aquella espera, de aquel muro de naves apostado entre la Tierra y el Imperio.
No una amenaza, sino una protección.
Murmuró:—Nunca nos desafiaron. Simplemente se concedieron el derecho de existir.
Nadie respondió.
La IA, indiferente, prosiguió con sus registros.
—Actividad creciente en superficie. Estimación: extracción en curso de todas las comunidades restantes.
El Almirante apartó la mirada de la proyección.
Recordó el rostro de la mujer aparecida en el holograma. Aquella mirada inolvidable. Aquella promesa, a la vez de paz y de venganza.
Y comprendió que la batalla de la Tierra no se ganaría con armas.
El Imperio acababa de perder mucho más que treinta y seis estaciones orbitales.
Acababa de perder el monopolio del coraje.
Cuartel General del Imperio — Yoram VII, Núcleo Estratégico
El silencio reinaba en la sala del Núcleo Estratégico.
Un silencio absoluto, casi físico, que absorbía respiraciones, latidos y hasta pensamientos.
Nadie osaba hablar.
Oficiales, estrategas y consejeros civiles mantenían los ojos fijos en las proyecciones suspendidas sobre el pozo holográfico: la Tierra, la flota terrícola, el lento ascenso de los cargueros.
Todo componía un espectáculo de belleza glacial —una sinfonía de orden y luz—, pero el aire estaba cargado de desastre.
En la tarima imperial, Ashrek-Oril-Tul VII no se movía. Las manos juntas sobre la mesa parecían haberse petrificado. Su mirada no se fijaba en nada.
Quienes lo conocían sabían que, cuando adoptaba aquella inmovilidad, ya no escuchaba a nadie.
Descendía. Se sumergía en las profundidades de su propio pensamiento. Y esta vez no encontraba fondo.
Todo lo que había querido para el Imperio —estabilidad, grandeza, continuidad— se disolvía lentamente ante sus ojos.Cada reforma, cada decreto, cada victoria administrativa arrancada con esfuerzo a los Señores sectoriales le parecía ahora ridícula, barrida por un solo hecho: un hombre, uno solo, había elegido desobedecer.
Nolan. El nombre latía en su mente como una pulsación.Nolan, a quien había conocido una sola vez; a quien había autorizado a descender a la Tierra, casi por gratitud, casi por distracción. Nolan, que le había salvado la vida sin saberlo y que, por ese acto, acababa de destruir mil años de dominación imperial.
Ashrek lo comprendía perfectamente.
No se trataba de una guerra.
Ni de una insurrección.
Ni siquiera de una traición.
Era peor.
Era un acto moral.
El Almirante Xitu había sido claro en su informe: los Terrícolas no buscaban la conquista, sino la partida.