Legado : Los Sobrevivientes del Silencio

CAPÍTULO 14 - —¿Se supone que debo asustarlos? —Se supone que debes destruirlos.

Alto Mando Imperial — Yoram VII

Los ojos de Sarvel parecían escrutar las líneas audaces de la capital imperial; y, sin embargo, su mirada seguía ausente, absorbida por algo interior.

La llegada del Emperador Ashrek a su espalda pasó casi inadvertida: Ashrek avanzó y se instaló junto a él sin ceremonia.

Sarvel se sobresaltó al sentirlo; su tez se ensombreció.

Habló en voz baja, midiendo las palabras: tenía ante sí los últimos informes llegados de la Tierra, incluidos los expedientes confidenciales que aún no alcanzarían al Alto Mando. Ashrek lo animó con un gesto mudo.

—Solo sesenta y siete cruceros han escapado al enfrentamiento —murmuró Sarvel—. Ya no hay contacto alguno con el Almirante Xitu. Y está establecido, ahora, que los Terrícolas disponen de una segunda flota de guerra comparable a la primera.

Ashrek guardó silencio, los rasgos rígidos.

Sarvel añadió, con un matiz más personal, que no podía garantizar que sus recursos se detuvieran ahí.

El Emperador masculló palabras indistintas; luego retomó con voz nítida:

—Pueden surgir a las puertas de Yoram VII. Nuestras defensas orbitales son antiguas; no resistirían mucho.

Sarvel replicó de inmediato: según sus informaciones, no era su objetivo inmediato.

—Pero si hubiéramos destruido los cargueros…

Dejó deliberadamente el final en suspenso, midiendo el peso de las implicaciones. Ashrek no insistió. Tras un momento, dijo simplemente:

—Si Nolan me concede tiempo, pronto tendré flotas enteras que oponerle.

Se instaló un silencio. Ashrek lo rompió por fin con una pregunta seca, casi técnica:

—La propuesta del Estratarca —usar a los Clanes como rehenes—, ¿te parece provechosa?

Sarvel le lanzó una mirada glacial, una de esas miradas que no se dirigían al soberano. Ashrek esbozó una sonrisa crispada.

—Mala pregunta —juzgó; luego, al cabo de un instante—: He pedido que recuperen algunos cruceros olvidados en un armario. Una amenaza velada contra el Clan de los Canguros —de donde Nolan es originario— quizá baste para disuadirlo de abusar de su ventaja sin que tengamos que blandir represalias formales.

Sarvel percibió todas las implicaciones de aquella medida: útil, pero peligrosa.

Abrió la boca para objetar que era un arma de doble filo, y luego se contuvo. Contradecir al Emperador, ya, era reconocer las fisuras del edificio imperial; era, quizá, firmar su fin.

Y, en secreto, lo asaltó un pensamiento que lo indignó: había pensado «…y el fin de su Imperio». La palabra le volvió como una falta.

La distancia entre ambos se ensanchaba, día tras día.

Órbita terrestre — Flotas de combate terrícolas

Nolan había hecho vaciar por los robots de mantenimiento el núcleo logístico del crucero en el que se encontraba Alba I. El verbo encontrarse, por lo demás, no era exacto: la IA terrícola CK12 de última generación no ocupaba un lugar preciso. Era el propio navío: integrada en cada fibra de su arquitectura, en cada canal energético.

La bahía despejada resultó lo bastante vasta para acoger a El Trasto, pese a las protestas de Tina, que Nolan juzgaba, según los momentos, excesivas, teatrales o sencillamente de mala fe.

El crucero robótico no estaba concebido para alojar a una tripulación. Nolan había ocupado, pues, algunos módulos técnicos que reacondicionó de manera somera, con ayuda de Fiona y de Kibo, haciendo transportar varios equipos de Zeta Cero: sintetizadores de comida, consolas de mando secundarias y —Kibo insistió pesadamente— un dispensador de bebidas.

La mayor parte del tiempo, Nolan permanecía en un puesto de mando reducido pero notablemente completo, desde donde seguía enlazado de manera permanente con las dos Albas y con Boris, y por tanto, indirectamente, con el Alba Primera de Zeta Uno.

Manda, por su parte, realizaba en una lanzadera un paciente recorrido por los cargueros, verificando el reparto previsto: cada casta debía estar representada en cada unidad.

La mitad de los cargueros seguía aún vacía, a la espera de sus pasajeras. Y ese era todo el problema: ¿cómo convencer a los Cuatro Clanes Terrícolas de abandonar su espacio para unirse a aquella formación?

Pero Nolan tenía otra preocupación, más inmediata. Los combates habían dejado tras de sí centenares de módulos de supervivencia ocupados por náufragos imperiales. No tenía efectivos para vigilarlos, y menos aún para alimentarlos. Las supervivientes no podían guardar militares entrenados. Debía resignarse a lo impensable: dejarlos morir.

Era inhumano. Como aquella guerra.

Manda había percibido su desasosiego. Le había propuesto —sugerido, u ordenado: dudaba del verbo— contactar con el Imperio para que enviaran uno o dos cargueros a recuperar a los náufragos aún vivos.

A Nolan no le gustaba la idea de ver cargueros imperiales penetrar la zona, pero tuvo que resignarse: era la única solución razonable. Se estableció el contacto, se confirmaron las transmisiones.

Pero no vino ningún carguero.

Fiona salió de su entrevista con Nolan con una satisfacción discreta, pero muy real: la de haber sido escuchada y quizá incluso aprobada. Si su amigo aún vacilaba, una palabra de Manda bastaría para hacerlo bascular.

Cierto, le faltaba un poco de fair play, pero Nolan estaba rodeado de mujeres decididas a poner fin a aquella larga incertidumbre. Y lo que una mujer quiere… pensó ella, con una sonrisa ladeada.

En suma, debía de resultarle más sencillo maniobrar contra flotas imperiales que resistirse a sus argumentos reunidos.

Fiona sabía que, dentro de poco, dispondría de algunos cruceros para su misión de contacto con los Clanes. Una demostración de fuerza —limitada, pero visible— daría a sus palabras el peso necesario.

El método que pensaba emplear se resumía en una sola pregunta:




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