Mil años antes del presente del relato
La guerra que oponía a la Tierra al Imperio de Yoram había alcanzado un punto de no retorno.
Lo que antaño no era más que una serie de incursiones orbitales se había transformado en una campaña de exterminio planetario. Las fuerzas imperiales aplicaban una doctrina de tierra quemada: aniquilar toda huella de infraestructura humana para borrar incluso el recuerdo de una resistencia.
Las grandes estaciones de Marte, las colonias lunares, los astilleros orbitales de Ganímedes y los laboratorios de Titán fueron destruidos metódicamente. Las nubes de amoníaco de Júpiter brillaban con el fulgor de los impactos nucleares.
Solo la flota terrícola, envejecida pero numerosa, seguía siendo capaz de proteger el planeta madre. Sus almirantes sabían, sin embargo, que no se trataba más que de una tregua, el tiempo justo para que el Imperio concentrara sus armadas.
Ante lo inevitable, el Alto Mando terrícola puso en marcha un proyecto secreto elaborado desde hacía varias décadas: el plan Zeta.Su objetivo: asegurar la supervivencia del saber humano y preparar un repliegue estratégico fuera del sistema solar.
Dos flotas de sondas automáticas fueron construidas en el mayor secreto en los astilleros lunares de Clavius y en las bodegas profundas del Cinturón de Asteroides. Cada una fue dotada de:
propulsores gravitatorios capaces de generar microagujeros de traslación hiper-cuántica,
un núcleo de cálculo autónomo, concebido para decidir por sí solo sus rutas y misiones,
y módulos de fabricación integrada, destinados a sentar las bases de una miniestación de enlace si las condiciones lo permitían.
Las flotas fueron lanzadas en dos direcciones opuestas:
La primera, hacia la periferia galáctica, para identificar sistemas ricos en elementos pesados y mundos mineros donde establecer la base Zeta Uno.
La segunda, hacia los confines del Brazo de Orión, con la misión de localizar un planeta que presentara condiciones análogas a las de la Tierra —atmósfera, gravedad, agua líquida, magnetosfera protectora—.
Las transmisiones del primer grupo de sondas llegaron conforme al calendario previsto. Se identificaron tres sectores que cumplían los criterios: sistemas estables, órbitas tranquilas, recursos abundantes.
Del segundo grupo, en cambio, no llegó ninguna noticia. Pasaron los meses. Sus balizas silenciosas se apagaron una tras otra en la inmensidad del Brazo de Orión.
Y entonces, de pronto, se detectó una anomalía.
Una sonda regresó.
Emergió de una traslación hiper-cuántica en las proximidades de Júpiter, exhausta, cubierta de impactos micrometeoríticos, su campo gravitatorio oscilando como una respiración moribunda.
Pero ya era demasiado tarde.
La Tierra estaba cercada. Las flotas imperiales habían iniciado los bombardeos orbitales finales.
Las redes de comunicación colapsaron. Las instalaciones de defensa orbital fueron reducidas al silencio.
El puesto de mando del plan Zeta, enterrado en Zeta Cero, captó la breve ventana de emisión de la sonda antes de que la atmósfera se saturara de plasma. Los ingenieros comprendieron que no podrían ni recuperarla ni guiarla hasta la Tierra. Los interceptores imperiales patrullaban ya la órbita de Júpiter.
Tomaron entonces una decisión desesperada.
Su último mensaje cifrado, transmitido por el potente emisor direccional de Zeta Cero, fue una contraorden vital:
—Traslación prohibida.Coordenadas de repliegue: Europa. Sumergirse bajo el hielo. Apagar las balizas. Esperar.—
Europa, luna helada de Júpiter, era conocida desde hacía tiempo por su océano oculto bajo la corteza congelada.
Espesor del hielo: alrededor de veinte kilómetros, surcado por fracturas y fallas.
Océano interno: un volumen de agua superior al de todos los océanos terrestres reunidos, mantenido en estado líquido por el calor de marea provocado por la atracción de Júpiter.
Temperatura del agua: en torno a –5 °C, salina, bajo alta presión, pero estable.
Profundidad estimada: hasta cien kilómetros, apoyados sobre un manto rocoso activo donde el calor podría sostener chimeneas hidrotermales.
Los estrategas del plan Zeta sabían que ninguna nave enemiga se arriesgaría a sumergirse allí. El campo de radiaciones jovianas hacía la zona letal para cualquier tripulación humana. Pero una máquina autónoma, concebida para sobrevivir a presiones y temperaturas extremas, podía ocultarse allí durante siglos.
La sonda ejecutó la orden.
Inició un descenso lento hacia la luna brillante, localizó una fisura, atravesó la capa de escarcha resplandeciente y se hundió a través del hielo de Europa. Los últimos sensores terrestres aún operativos la perdieron pocos minutos después.
Nadie supo jamás si había sobrevivido al impacto, si su núcleo de datos se había cerrado definitivamente bajo la corteza, o si, en las oscuras profundidades, había encontrado un sustrato rocoso donde alojarse, en hibernación eterna.
Órbita terrestre — Flotas de combate terrícolas
La llegada progresiva —y, hay que decirlo, desorganizada— de las naves del Clan de los Canguros obligó a Nolan a establecer zonas de concentración estrictamente delimitadas, a la espera de la asignación de pasajeras y astronaves ligeras a los cargueros.
Naturalmente, Alba I ejecutó la maniobra con un rigor ejemplar, pero fue necesaria toda la autoridad de Nolan para hacer respetar aquella dispersión metódica por pilotos notoriamente individualistas.
Por suerte, la visión de las dos flotas terrícolas tuvo un efecto apaciguador. Bastaron unos pocos cruceros, colocados con discernimiento entre los grupos, para instaurar una impresión de orden y protección.