Órbita terrestre — Flotas de combate terrícolas
El método sugerido por Manda se parecía peligrosamente al que empleaba antaño la casta de los Ojos en las comunidades femeninas de la Tierra: dejar hablar, escuchar largo rato, y luego zanjar con una palabra serena y definitiva.
Pero Nolan empezaba a conocer bien la sutileza calculada de su compañera. Bajo sus aires de espontaneidad, sabía perfectamente cómo conducir a los demás hacia la conclusión que ella había previsto.
La reunión del Estado Mayor se desarrolló, pues, en un clima de incertidumbre, mezcla de perplejidad y tensión contenida. Los oficiales y representantes de los Clanes intercambiaban hipótesis, inquietudes, a veces contradicciones frontales. Los hologramas de los mapas estelares del sistema solar se sucedían, saturando la sala de una luz azul.
Nolan escuchó sin intervenir, los brazos cruzados, el rostro impasible.
Cuando las discusiones terminaron por girar en círculo, se levantó simplemente y habló con voz clara, sin intentar convencer a nadie:
—La escuadra de la comandante Fiona recibirá la misión de buscar la sonda de Europa.
—Si aún existe, debe ser localizada y reactivada.
—Si contiene coordenadas explotables, las necesitaremos.
No añadió nada más. Su decisión hacía las veces de conclusión. Puso fin a la sesión con un tono firme, y todos comprendieron que no habría ni votación ni apelación.
Más tarde hizo venir a los cuatro comandantes de los Clanes a una sala más reducida, silenciosa y amortiguada.
Allí expuso lo que quería emprender en realidad:
—Seleccionad algunos pequeños navíos sin marca de pertenencia. Borrad sus códigos, neutralizad sus transpondedores. Elegid pilotos voluntarios, discretos, capaces de hacerse pasar por mercaderes independientes.—Su misión será regresar al Imperio, observar y recoger lo que puedan sobre movimientos militares, refuerzos, zonas de producción y transmisiones estratégicas.
Los cuatro comandantes asintieron lentamente.
Comprendían perfectamente lo que estaba en juego.
Desde que se habían puesto a salvo, los Terrícolas habían dejado de ver. Su inmovilismo los volvía ciegos a los acontecimientos exteriores.
Y Nolan sabía que una flota ciega termina siempre por navegar de frente hacia el peligro.
Sistema terrícola — Proximidad del gigante gaseoso
La escuadra salió de la traslación hiper-cuántica a una distancia prudente del gigante gaseoso que antaño se llamaba Júpiter.
El espacio circundante vibraba aún con los residuos del salto: microfilamentos de energía dispersa, destellos azulados de onda cuántica desvaneciéndose lentamente en el vacío. Las naves retomaron una trayectoria estable, los escudos ya sobrecalentados y los propulsores secundarios reajustando sus vectores.
Delante de ellas, Júpiter llenaba la mitad del campo visual.
Un mundo desmesurado, magnífico y aterrador, ribeteado de nubes escarlatas y torbellinos color de cobre. Los relámpagos internos, inmensos como continentes, surcaban sus capas superiores y hacían vibrar los sensores gravitatorios de la escuadra.
—Escudos gravíticos al ochenta por ciento —señaló la IA de a bordo.—Ajuste de rumbo recomendado para evitar ondas de cizallamiento.
Fiona y Kibo observaban el holograma del planeta, hipnotizadas.
Su ruta pasaba en tangente de los anillos internos del gigante, en el límite del campo de radiación más intenso.
La IA vigilaba las descargas electromagnéticas que embotaban los instrumentos, obligando a recalibrar sin cesar la navegación inercial.
Los propulsores vibraban bajo el esfuerzo, compensando la atracción titánica del planeta.
El primer paso se efectuó cerca de Ío, globo incandescente de desgarraduras volcánicas.
Los detectores térmicos se saturaron en cuanto rozaron su superficie: géiseres de azufre, proyecciones de magma escapando al vacío. Los escudos tomaron un matiz rojo oscuro muy inusual; las fluctuaciones de campo estuvieron a punto de desactivar los relés de alimentación. Fiona ordenó un desvío de algunos grados, sacrificando una hora de trayectoria para preservar la integridad de los cascos.
Cruzaron después Ganímedes, lento y majestuoso, su superficie constelada de cicatrices grises y océanos helados. Allí las radiaciones eran menos violentas, pero las turbulencias magnéticas de Júpiter hacían ondular los campos de protección como una vela en plena tormenta. Los propulsores de proa se ajustaban sin tregua para contrarrestar la deriva.
Más lejos, Calisto pasó como una esfera muerta, cubierta de cráteres congelados en el tiempo.
Aquí el silencio espacial recuperaba sus derechos. Los instrumentos se afinaban, los motores encontraban un aliento regular.
Por fin, en el horizonte del gigante, apareció Europa.
Un mundo de hielo pálido, veteado de sombras azul-negras, centelleando bajo la luz dorada de Júpiter. Su superficie parecía respirar bajo las mareas gravitatorias: fisuras que se abrían y se cerraban, dejando escapar chorros de vapor mezclado con cristales helados.
—Esfera de influencia de Europa alcanzada.
—Campo gravitatorio inestable. Recomendación: órbita elíptica alta.
Los propulsores frenaron el descenso, esforzándose por estabilizar la trayectoria. El campo magnético de Júpiter, amplificado por la corteza conductora de Europa, retorcía las líneas de campo y perturbaba los sistemas de compensación. Varias naves señalaron sobrecargas en los inyectores de plasma.
Los cascos crujían bajo la tensión electrostática.
Fiona fijó la superficie blanca que giraba lentamente bajo ellas.
Pensó en la sonda perdida, en alguna parte bajo aquel desierto helado.
Encontrar un artefacto tras mil años, en medio de aquella furia cósmica, rozaba el milagro.