El Salón de los Vínculos en Legalia no conocía la calidez. Era un santuario de mármol negro y oro, donde el aire vibraba con el eco de sentencias pasadas y el olor a incienso litúrgico. La luz se filtraba a través de vitrales góticos, bañando la estancia en un resplandor ámbar que hacía que las partículas de polvo parecieran chispas de fuego suspendidas.
Vesta de la Casa Valerius ocupaba el centro del salón, sentada en un trono de terciopelo carmesí y tallas doradas que evocaba una autoridad antigua. Su vestido, una obra maestra de seda negra y granate, se derramaba sobre los escalones como una mancha de vino y sangre. El corsé de encaje azabache ceñía su figura, mientras un collar de rubíes rodeaba su cuello, brillando contra su piel pálida. Su belleza era soberana y distante; sus ojos, oscuros y analíticos, no mostraban temor, sino una determinación gélida. En su mano derecha sostenía el pergamino sellado: el Edicta de los tres esposos.
—Vesta Valerius —tronó el Gran Juez desde el estrado—. El tiempo de las evasivas ha terminado. Para preservar el linaje de tu Casa y cumplir con la Ley Suprema, debes oficializar tu vínculo. Llama a tus consortes.
Vesta no parpadeó. Sabía que cada nombre era una sentencia, tanto para ella como para ellos.
—Llamo a mi Escudo —dijo Vesta, y su voz cortó el silencio del salón como una hoja de afeitar.
Las puertas de bronce se abrieron para dejar paso a Alaric de la Casa Ironwood. Su sola presencia pareció succionar el aire de la habitación. Era un hombre de una belleza severa y peligrosa, con el cabello negro como la medianoche y una mirada de acero que no se doblegaba ante nadie. Una fina cicatriz cruzaba su mejilla, un rastro de guerra que, lejos de afearlo, le confería un aire de letalidad aristocrática. Vestía un uniforme negro de gala con charreteras doradas que acentuaban sus hombros anchos. Se situó detrás de Vesta, su mano enguantada rozando el respaldo del trono. No había amor en su gesto, solo la aceptación de una deuda: bajo el Edicta de Redención, él entregaba su espada a Vesta para borrar su pasado como traidor.
—Llamo a mi Oro —continuó ella, sin mirar atrás.
De las sombras de la izquierda emergió Caspian de la Casa Aurelian. Su belleza era insultante, casi divina, con el cabello rubio ceniza perfectamente peinado y rasgos que parecían tallados por el mejor escultor de Legalia. Vestía una casaca de terciopelo con bordados de oro tan intrincados que representaban una fortuna por sí solos. Se detuvo al lado del trono, mirando hacia el vitral con una mezcla de aburrimiento y desprecio. Para Caspian, este matrimonio no era un romance, era el Edicta de Sustento; la única forma de que los Aurelian recuperaran sus cuentas congeladas por el Estado.
—Y llamo a mi Alma.
El tercer hombre, Dante de la Casa Silvanis, se acercó por la derecha con una gracia felina. Era la sensualidad hecha carne. Su cabello oscuro caía rebelde sobre su frente y su camisa de seda negra, ligeramente desabrochada, revelaba las cadenas de oro que adornaban su cuello. A diferencia de los otros, Dante se inclinó hacia Vesta con una devoción perturbadora, casi rozando su hombro con el aliento. Sus ojos brillaban con un hambre antigua. Él era el prisionero del Edicta de Contención; un hombre cuyo poder prohibido solo podía existir bajo la tutela legal de una Valerius.
Vesta tomó la pluma de oro. El peso de los tres hombres la rodeaba, una jaula de hombres perfectos y letales que el destino y la ley habían encadenado a su voluntad.
—Yo, Vesta Valerius, firmo —anunció, deslizando la pluma sobre el pergamino—. No por deseo, sino por la Ley. Que Legalia nos juzgue si este vínculo se rompe.
Los tres esposos guardaron silencio, pero en el aire cargado del salón, la tensión entre la obediencia y la rebelión acababa de comenzar.
Tras la firma, el silencio en el salón era tan denso que se podía cortar con el pomo de la espada de Alaric Ironwood. Vesta se puso de pie, haciendo que la seda de su vestido Valerius emitiera un siseo contra el estrado. No buscó la mirada de ninguno; en su lugar, bajó los escalones con la frente en alto, obligándolos a seguir sus pasos. El Edicta no solo les había otorgado sus cuerpos, sino también el derecho a habitar la Mansión de las Sombras, el bastión de su familia que ahora se sentía más como una prisión compartida.
Al llegar al gran comedor, la mesa de roble negro ya estaba servida. No había sirvientes; en la noche de la unión, la Ley de Legalia dictaba que los cuatro debían estar solos para "reconocer sus rangos".
—Siéntense —ordenó Vesta, ocupando la cabecera.
Caspian Aurelian tomó su lugar a la izquierda con una elegancia perezosa. Se quitó los guantes de seda blanca, revelando dedos largos y cuidados que jugaron de inmediato con una copa de cristal tallado.
—Hermoso lugar, Vesta. Aunque un poco… polvoriento para mi gusto —comentó con una sonrisa que no llegaba a sus ojos claros—. Supongo que el Edicta de Sustento incluye que yo pague una remodelación completa de este mausoleo.
Alaric Ironwood, sentado frente a él, golpeó la mesa con un puño pesado, haciendo vibrar la plata.