Legalia: El Edicta de los tres esposos.

Capítulo 2 —La Primera Noche en la Mansión de las Sombras

El silencio tras el brindis era una advertencia. Vesta se levantó de la mesa, sintiendo la energía de los tres hombres vibrando a sus espaldas como una tormenta contenida. En Legalia, la primera noche después de firmar el Edicta no era para el descanso; era el momento en que se establecía la jerarquía del dormitorio.

​—La cena terminó —anunció Vesta, su voz resonando en el comedor vacío—. Mis aposentos están al final del pasillo este. Alaric, usted vigilará la puerta principal; no quiero intrusos, ni siquiera del Tribunal. Caspian, tiene mucho trabajo revisando los libros de contabilidad de la Casa Valerius en el estudio. Dante... usted vendrá conmigo.

​El aire pareció congelarse. Alaric Ironwood apretó el pomo de su silla hasta que la madera crujió, sus ojos grises centelleando con un insulto silencioso a su orgullo de guerrero. Caspian Aurelian soltó una risotada seca, llena de veneno.

​—Vaya elección, Vesta —dijo Caspian, cruzándose de brazos—. Prefiere al "Alma" inestable antes que al hombre que puede comprarle el reino entero. Espero que sus trucos de magia valgan el precio.

​Dante no respondió con palabras. Se limitó a sonreír, una expresión lánguida y victoriosa, mientras seguía a Vesta escaleras arriba.

***

​Al cerrar la puerta, la oscuridad de la habitación solo era interrumpida por el fuego de la chimenea. Dante se movió con la gracia de un depredador, acercándose a Vesta hasta que ella pudo sentir el calor que emanaba de su piel.

​—¿Por qué yo? —susurró él, extendiendo una mano para rozar el borde del corsé de seda de ella—. ¿Es porque me desea, o porque sabía que esto destruiría el ego de Alaric y Caspian?

​Vesta no retrocedió. Lo miró directamente a los ojos, manteniendo esa distancia de mando que la definía.

​—Lo elegí porque usted es el único que entiende que este matrimonio es una guerra —respondió ella fríamente—. Alaric quiere obedecer y Caspian quiere comprar. Usted, Dante, solo quiere sobrevivir al Edicta de Contención.

​Dante soltó una risa baja y se arrodilló frente a ella, una posición de falsa sumisión que solo aumentaba la tensión entre ambos. Sus dedos, adornados con anillos de oro, rozaron las rodillas de Vesta.

​—Usted cree que puede controlarnos a los tres usando nuestros celos como correas —dijo él, alzando la mirada—. Pero tenga cuidado, mi señora Valerius. El sabotaje no solo vendrá de afuera. Caspian ya está planeando cómo dejarla en deuda con él, y Alaric... Alaric no soportará mucho tiempo ser tratado como un simple guardia de puerta mientras yo estoy aquí, con usted.

​Vesta le tomó la barbilla, obligándolo a sostenerle la mirada.

​—Entonces asegúrese de que sus "trucos" valgan la pena, Dante. Porque en esta mansión, el que no me sea útil, termina fuera de la Ley.

***

​Afuera, en el pasillo, el sonido de las botas de Alaric marchando de un lado a otro y el portazo de Caspian en el estudio eran el recordatorio de que la batalla por su atención apenas comenzaba. La intimidad en Legalia nunca sería pacífica; sería un juego de sabotajes donde cada caricia era una ficha apostada y cada noche una oportunidad para que sus enemigos, como Lady Elara, encontraran una grieta en su unión.

***

Dante no se quedó arrodillado por mucho tiempo. Se puso de pie con una lentitud calculada, dejando que la luz de las brasas de la chimenea jugara con las sombras de su rostro. Sus manos, pesadas por los anillos de oro, subieron por los brazos de Vesta hasta llegar a sus hombros, donde sus dedos se hundieron suavemente en la seda carmesí.

​—Usted dice que somos instrumentos, Vesta —susurró él, su aliento rozando la oreja de ella—. Pero incluso el mejor instrumento necesita ser afinado.

​Vesta sintió cómo la mano de Dante bajaba por su espalda hasta encontrar el cierre del corsé. No hubo vacilación en sus movimientos. Uno a uno, los cordones cedieron, liberando la presión que la había mantenido rígida durante todo el día frente al Tribunal de Legalia. Cuando la prenda cayó al suelo, el contacto de la piel de Dante contra la suya fue como una descarga de la misma magia prohibida que lo mantenía encadenado a ella bajo el Edicta de Contención.

​Él la condujo hacia la cama de dosel, donde las sábanas de seda negra esperaban como un abismo. Dante la besó con un hambre que no era solo deseo, sino una declaración de propiedad. Cada caricia era una forma de marcar su territorio, de asegurarse de que, cuando saliera el sol, el aroma de su piel fuera lo único que Vesta recordara, por encima de la fuerza de Alaric o el dinero de Caspian.

​—Esta noche —dijo Dante, su voz ahora un murmullo ronco mientras se deshacía de su propia camisa de seda—, no hay leyes, ni tribunales, ni otros esposos esperando tras la puerta. Solo estamos nosotros y la verdad de este vínculo.

​Vesta lo atrajo hacia ella, permitiendo que la intimidad se consumara con una intensidad que borró cualquier rastro de la frialdad legal del salón. No hubo duda de su entrega ni de la de él; fue un acto de posesión mutua que dejó a Dante agotado y a Vesta consciente de que, al haberle entregado la primera noche, acababa de declarar la guerra en su propio hogar.

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