Tras la salida de Lady Elara, el aire en el estudio quedó impregnado con su perfume de lirios y una advertencia silenciosa. Vesta observó la invitación sobre la mesa. La Gala de Invierno no era una fiesta; era un examen público de su capacidad de mando.
—Vengan aquí —ordenó Vesta.
Alaric dejó su puesto en la puerta con un paso marcial que hacía resonar sus botas contra la madera. Caspian cerró su libro de cuentas con elegancia, y Dante, que acababa de entrar tras escuchar el alboroto, se apoyó en una columna con una sonrisa lánguida. Los tres hombres de la imagen 107108.png estaban ahora frente a ella, una colección de poder y peligro que debía funcionar como una unidad.
—Lady Elara espera vernos fracasar —dijo Vesta, recorriéndolos con la mirada—. Espera que Alaric se comporte como un salvaje, que Caspian sea un arrogante y que Dante pierda el control. En esa gala, si uno de ustedes comete un error, el Tribunal usará ese pretexto para disolver la Casa Valerius.
—No necesito lecciones de etiqueta de una mujer que me usa como guardia de pasillo —gruñó Alaric Ironwood, su cicatriz acentuándose por la tensión de su mandíbula—. Mi honor está en el campo de batalla, no en un salón lleno de víboras con vestidos de seda.
Caspian Aurelian soltó una risa fina mientras se ajustaba los puños de su camisa.
—El General tiene razón en algo: no sabe comportarse. Pero no se preocupe, Vesta. Mi presencia y mi dinero comprarán suficiente silencio. El problema es el "Alma". Si Dante empieza a usar sus trucos mágicos con las esposas de los jueces, estaremos en la horca antes del brindis.
Dante Silvanis se despegó de la columna y caminó hacia Vesta, ignorando a los otros dos. Se inclinó sobre el escritorio, invadiendo su espacio personal.
—Ellos tienen miedo, mi señora. Miedo de que en la gala todos vean que yo soy el único que realmente ha reclamado su lugar en su cama —susurró, con una mirada que hizo que el ambiente se volviera pesado.
Vesta se puso de pie bruscamente, obligando a Dante a retroceder.
—Basta. No me importa quién estuvo en mi cama anoche ni quién tiene más oro en el banco. En esa gala, ustedes son mis extensiones. Alaric, usted llevará el uniforme de gala de los Valerius, no el de su antiguo regimiento. Caspian, usted financiará la joyería de los cuatro; quiero que Legalia quede ciega con nuestro brillo. Y Dante... usted mantendrá sus manos y su magia bajo control absoluto.
Vesta caminó hacia la puerta, deteniéndose junto a Alaric.
—Ustedes no se odian entre sí porque sean diferentes. Se odian porque saben que, bajo esta ley, su existencia depende de mí. Empiecen a actuar como si su vida dependiera de ello, porque así es.
Salió del estudio, dejando a los tres hombres en un silencio tenso. En los pasillos, los empleados de la mansión se apresuraban a limpiar los bustos de mármol y a pulir la plata. La Mansión de las Sombras estaba despertando, pero Vesta sabía que el verdadero peligro no estaba en los rincones oscuros de su casa, sino en las sonrisas de las mujeres que la esperarían en la gala con el puñal escondido tras el abanico.