Legalia: El Edicta de los tres esposos.

Capítulo 6— El Precio del Oro

La noche cayó sobre Legalia con una densidad helada. En los pasillos de la Mansión de las Sombras, el eco de los pasos de Alaric Ironwood patrullando la entrada era el único sonido que competía con el silbido del viento contra los ventanales góticos. Los sirvientes ya se habían retirado a sus dormitorios en el ala baja, dejando la planta principal sumida en una penumbra dorada por las velas moribundas.

​Vesta se encontraba en sus aposentos, sentada frente al tocador de madera tallada. Llevaba una bata de seda negra holgada que contrastaba con la rigidez de los trajes que el Estado la obligaba a usar de día. Mientras se desataba el cabello, dos golpes firmes y pausados resonaron en la puerta. No era el toque suave y místico que Dante había usado la noche anterior.

​La puerta se abrió sin esperar su permiso y Caspian Aurelian entró en la habitación.

​Vestía una bata de seda azul cobalto con solapas bordadas en hilos de oro que brillaban bajo la luz de las velas. Su cabello rubio ceniza caía con perfecta imperfección sobre su frente, y el aroma a canela y papel costoso que siempre lo acompañaba inundó el espacio de inmediato. En su mano derecha sostenía un pergamino grueso, sellado con el escudo de armas de su Casa nobiliaria.

​—No recuerdo haberlo llamado, Caspian —dijo Vesta, observando su reflejo a través del espejo con los ojos ámbar fijos en él—. Su labor con la contabilidad era en el estudio.

​Caspian sonrió, una expresión ladina que desbordaba una confianza insultante. Caminó con paso elegante hasta detenerse justo detrás de ella, dejando caer el pergamino sobre la mesa del tocador.

​—Esto no es una intrusión, Vesta. Es una transacción —dijo, inclinándose de modo que sus rostros quedaron a pocos centímetros en el reflejo—. Acabo de firmar la transferencia de fondos que levanta todas las hipotecas que el Tribunal de Cuentas impuso sobre esta mansión. La deuda de la Casa Valerius está saldada. El Edicta de Sustento me obliga a proveer el Oro, es verdad, pero yo decido cuándo y cómo lo entrego.

​Vesta se giró lentamente en su asiento, quedando frente a él. La cercanía física de Caspian era abrumadora; su belleza era fría y perfecta, como una joya pulida que no conocía la compasión.

​—¿Y qué pide a cambio, Aurelian? Mi gratitud no está a la venta.

​—No quiero su gratitud, mi reina. Quiero mi lugar —respondió él, y por primera vez, la fachada de aburrimiento de Caspian se rompió, dejando ver una posesividad ardiente—. Dante tuvo su noche usando sus trucos psicológicos. Alaric cree que ganará su turno con su estúpido sentido del deber militar. Pero yo soy el Oro de esta casa, y no voy a permitir que me dejen rezagado en los pasillos mientras el "Alma" se burla de nosotros en el desayuno.

​Antes de que Vesta pudiera replicar, Caspian la tomó de las manos, obligándola a ponerse de pie. Sus dedos largos se entrelazaron con los de ella, y la fuerza de su agarre desmintió por completo la delicadeza de sus rasgos aristocráticos. La atrajo hacia sí, rompiendo cualquier distancia.

​Su beso fue muy diferente al de Dante; no fue una súplica devota ni un juego místico, sino una conquista exigente, un reclamo legal y físico que buscaba borrar cualquier rastro de otro hombre en la piel de Vesta.

​Caspian la condujo hacia la cama de dosel, donde las sábanas de seda negra esperaban. El orgullo del aristócrata estaba en juego, y se encargó de demostrarlo durante toda la noche. Cada caricia, cada susurro entre las sombras de la habitación fue una declaración de propiedad. Caspian se entregó a ella con una intensidad calculada y febril, queriendo asegurarse de que Vesta entendiera que su cuerpo era tan valioso y letal como su dinero. La intimidad se consumó con el peso de un contrato que ahora se sellaba con fuego, deseo y piel.

​Cuando la madrugada empezó a teñir el cielo de Legalia de un gris pálido, Caspian permanecía despierto. Tenía un brazo rodeando la cintura de Vesta de forma posesiva, mientras miraba hacia la puerta cerrada con una sonrisa de absoluto triunfo. Sabía que, al amanecer, el equilibrio en la Tríada se habría roto por completo, y que los celos en la Mansión de las Sombras volverían el desayuno un terreno aún más peligroso antes de la gran Gala de Invierno.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.