Legalia: El Edicta de los tres esposos.

Capítulo 7—La Tormenta de Acero

El desayuno en la Mansión de las Sombras se sirvió bajo una atmósfera asfixiante. El olor a café cargado y pan recién horneado apenas lograba disimular la tensión que envolvía la mesa de roble negro.

​Vesta ocupó su lugar en la cabecera, luciendo impecable en un vestido de diario de paño gris, de corte militar y botones de plata. A su izquierda, Caspian Aurelian saboreaba su té con una parsimonia irritante, vestido con una elegante chaqueta de terciopelo. Su postura cómoda y la sutil sonrisa de triunfo que dedicaba a sus rivales dejaban claro, sin necesidad de palabras, quién había sido el dueño de los aposentos reales esa noche.

Dante Silvanis estaba sentado frente a él, jugando con un cuchillo de plata entre sus dedos engalanados de anillos. Sus ojos oscuros pasaban de Caspian a Vesta con una mezcla de diversión y un deje de frialdad mágica contenido. Él ya había tenido su noche; ahora observaba el tablero con la paciencia de un felino.

​Pero el verdadero peligro estaba de pie, retirado de la mesa, junto al gran ventanal.

Alaric Ironwood no había tocado su plato. Seguía vistiendo su uniforme de gala negro, pero las charreteras doradas parecían pesarle más que de costumbre. Su mandíbula estaba tan apretada que la fina cicatriz de su mejilla se dibujaba como una línea blanca y tensa sobre su piel. Sus ojos grises, tormentosos como el cielo de Legalia, se clavaron en Vesta en cuanto ella levantó la vista.

​—El carruaje para la Gala de Invierno ya fue coordinado con el servicio —informó Alaric, su voz sonando como el roce de dos espadas—. Pero antes de que salgamos de esta casa a exhibirnos como sus trofeos, exijo hablar con usted, Vesta. A solas.

​Caspian soltó una risa suave, dejando su taza de porcelana sobre el plato con un tintineo limpio.

—El Escudo está perdiendo los modales, General. Recuerde su posición bajo el Edicta. Usted está aquí para proteger, no para exigir audiencias privadas.

​Alaric dio un paso al frente, y la sola fuerza de su presencia hizo que los empleados que limpiaban las vitrinas de plata se congelaran en sus puestos.

—No tiente a mi paciencia, Aurelian. Mi espada sigue siendo la que evita que el Tribunal los ejecute a los tres.

​—Suficiente —intervino Vesta, su tono neutral y cortante silenciando el comedor de inmediato—. Caspian, Dante, regresen a sus asuntos. Alaric, acompáñeme a la biblioteca.

​Los dos hombres se retiraron con renuencia, dejando que Vesta guiara al general hacia la estancia contigua. En cuanto las pesadas puertas de la biblioteca se cerraron, Alaric avanzó hasta acorralarla virtualmente contra una de las estanterías de caoba, sin tocarla, pero usando su imponente altura para bloquearle el paso.

​—¿Es esto lo que soy para usted? ¿Un adorno de metal que vigila la puerta mientras usted se entrega al Oro y al Alma? —reclamó Alaric, su respiración agitada delatando la furia y los celos que había contenido durante horas—. Pasé la noche escuchando el silencio de sus aposentos, sabiendo que ese aristócrata arrogante estaba en el lugar que por derecho de protección me corresponde. Mi orgullo militar y mi hombría no son un juguete para sus estrategias, Vesta.

​Vesta no retrocedió ni un milímetro. Clavó sus ojos ámbar en la mirada de acero del general, manteniendo la frente en alto.

​—Usted está aquí por el Edicta de Redención, Alaric —le recordó ella, con una voz tan firme que hizo que el guerrero diera un imperceptible paso atrás—. Su vida le pertenece al Estado y su espada me pertenece a mí. Si elegí a Caspian anoche, fue porque la Casa Valerius necesitaba sus fondos para salvar este mausoleo de las garras del Tribunal de Cuentas. No se confunda; yo no me entrego por capricho. Yo muevo las piezas que mi Casa necesita para sobrevivir.

​Alaric guardó silencio por un largo instante, observando los labios de Vesta y la frialdad indomable de sus facciones. La rabia en sus ojos grises comenzó a transformarse en algo mucho más denso, una atracción violenta y posesiva que lo consumía por dentro.

​—Entonces muévame a mí, Vesta —dijo él, su voz descendiendo a un susurro ronco mientras daba un paso más, eliminando cualquier distancia física—. Si soy su escudo, exijo ser tratado como tal. No me use solo para la guerra externa. Déme la oportunidad de demostrarle que este cuerpo de hierro puede darle algo que ni el dinero de Caspian ni la magia de Dante podrán comprar jamás.

​La tensión entre ambos se volvió tan espesa que el aire pareció vibrar. Alaric extendió su mano enguantada y, con una lentitud que contrastaba con su fuerza, rozó el pómulo de Vesta, deteniéndose justo donde su piel pálida se encontraba con el cuello del vestido gris. El desafío estaba lanzado, y antes de la Gala de Invierno, el General había dejado claro que no se quedaría atrás en la batalla por su cama.




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