El carruaje oficial de la Casa Valerius avanzaba en silencio por las avenidas de mármol de Legalia. El trayecto hacia el Palacio de los Vínculos era tenso; la promesa silenciosa de Alaric en la biblioteca todavía flotaba en el aire, compitiendo con la fría elegancia de Caspian y la mirada penetrante de Dante.
Al llegar, las puertas del carruaje fueron abiertas por lacayos imperiales vestidos de librea gris y plata. Cuando Vesta descendió, el murmullo de la multitud y los flashes de los fotógrafos de la corte la recibieron.
Cumpliendo con su propia orden, su Tríada era una exhibición de perfección absoluta. Vesta lucía un vestido de gala en seda verde bosque que caía con una caída pesada y majestuosa, imitando la arquitectura de su mansión. Su corsé estaba adornado con filigrana de plata que combinaba con los botones del uniforme de sus esposos. A su derecha, Caspian vestía una casaca de terciopelo azul noche con diamantes incrustados en los puños que reflejaban la luz de los candelabros. A su izquierda, Dante llevaba un traje negro de seda con cortes modernos y cadenas de oro blanco que caían sutilmente por su pecho.
Pero era Alaric quien robaba las miradas. Portaba el uniforme de gala de los Valerius de forma impecable: una chaqueta de hombros rígidos con bordados de plata y una capa corta que caía sobre su hombro izquierdo. Su cicatriz, bajo las luces del palacio, le daba un aire de peligro aristocrático que fascinaba a los presentes.
—Manténganse cerca y recuerden lo que ensayamos —susurró Vesta en un español neutro y firme mientras subían la escalinata de cristal.
El gran salón de la Gala de Invierno estaba repleto de la alta sociedad. En el centro exacto, sosteniendo una copa de cristal con champaña dorada, se encontraba Lady Elara de la Casa Thorne. Su sonrisa se ensanchó al ver entrar al grupo, y de inmediato, el Círculo de las Puristas se cerró a su alrededor, formando un frente de vestidos costosos y miradas cargadas de veneno.
—Vesta, querida, finalmente llegas —exclamó Elara en voz alta, asegurándose de que los jueces cercanos la escucharan—. Debo admitir que tu Tríada es visualmente… impactante. Aunque todas nos preguntamos si estos hombres tan hermosos saben cuál es su verdadero lugar bajo tu techo.
Las mujeres del círculo rieron entre dientes, abanicándose mientras observaban a los tres esposos de Vesta, buscando cualquier grieta, cualquier gesto de incomodidad que delatara que la unión era un fracaso.
Antes de que Vesta pudiera responder, Caspian dio un paso al frente, colocándose sutilmente a su lado y ofreciéndole una copa a su esposa con una gracia perfecta.
—El lugar de esta Tríada, Lady Elara, es asegurar que la Casa Valerius brille por encima de las demás —declaró Caspian, y el brillo de los diamantes de sus puños pareció opacar las joyas de la propia Elara—. Mi Oro ya ha saldado las cuentas de esta casa. No hay deudas aquí, solo poder.
Alaric, por su parte, se movió con una sincronización militar perfecta, situándose justo detrás de Vesta. Su mano enguantada en cuero negro se posó firmemente en el pomo de su espada ceremonial, y sus ojos grises se clavaron en los esposos de Elara con un desprecio tan crudo que los hombres de la rival dieron un paso atrás.
—Mi espada custodia este vínculo, milady —añadió Alaric, su voz retumbando con una autoridad que silenció a las Puristas—. Cualquiera que insinue que esta unión carece de orden, tendrá que discutirlo conmigo fuera de estos salones.
Dante se limitó a sonreír desde las sombras, dejando que una sutil chispa de su energía prohibida hiciera parpadear por un segundo las velas del candelabro sobre las cabezas del Círculo de las Puristas, asustándolas lo suficiente para que dieran por terminada la confrontación.
Vesta miró a Elara con una frialdad triunfante.
—Como verás, Elara, mi Tríada no solo es funcional. Sabe exactamente a quién le debe obediencia. Disfruta de la fiesta.
Vesta avanzó hacia el salón principal, escoltada por sus tres imponentes esposos. La primera batalla pública del Edicta había sido ganada, pero en los ojos llenos de furia de Lady Elara quedó claro que el próximo ataque no sería con palabras, sino con una trampa directa hacia el orgullo de Alaric.