El salón principal del Palacio de los Vínculos era una joya de cristal y ecos. Bajo el resplandor de mil candelabros, las parejas se deslizaban en un vals rítmico que ocultaba las conspiraciones latentes de la aristocracia. Vesta avanzaba con la cabeza en alto, sintiendo el peso de las joyas de la Casa Aurelian sobre su cuello, un recordatorio del Oro que Caspian había puesto a sus pies. A su lado, sus tres esposos formaban una muralla de atractivo y peligro que mantenía a los curiosos a una distancia prudente.
—La música es el pretexto de los débiles para hablar sin ser escuchados —susurró Alaric al oído de Vesta, su mano enguantada descansando con una firmeza posesiva en la base de su espalda mientras caminaban hacia el centro de la pista.
Sin embargo, el asedio de Lady Elara no había terminado. Mientras la orquesta iniciaba una melodía más lenta y melancólica, Elara se acercó nuevamente, pero esta vez no venía sola. La acompañaba un hombre de uniforme gris oscuro, un oficial de alto rango que Vesta reconoció de inmediato: el Coronel Harek, el hombre que había firmado la deshonra de Alaric meses atrás.
—General Ironwood, es una sorpresa verlo aquí, portando los colores de una casa que no es la suya —dijo el Coronel con una sonrisa cargada de veneno, ignorando deliberadamente a Vesta—. En el ejército lo recordamos por su caída, no por su capacidad para escoltar damas en bailes de gala.
Alaric se tensó de tal manera que Vesta pudo sentir la vibración de su furia a través de la tela de su vestido. La cicatriz en su mejilla palpitaba, y su mirada de acero se clavó en el Coronel con una intensidad asesina. Era el sabotaje perfecto: atacar el orgullo del Escudo frente a toda la corte para provocar un incidente que invalidara el Edicta de Redención.
—El General Ironwood no escolta a una dama, Coronel —intervino Vesta, su voz proyectándose con una autoridad que hizo que varias parejas se detuvieran para escuchar—. Él protege a la Matriarca de la Casa Valerius. Si usted tiene algún problema con sus órdenes actuales, puede elevar su queja directamente al Gran Juez del Tribunal de Legalia.
Caspian, captando la jugada de Vesta, dio un paso al frente y se colocó al otro lado de ella, ajustándose un puño de diamante con total indiferencia.
—Además, Coronel, dudo que su sueldo militar le permita compensar los daños si decide insultar a mi familia en este salón. El Oro de los Aurelian tiene una forma muy efectiva de silenciar lenguas imprudentes.
El Coronel retrocedió, humillado por la respuesta combinada de la Tríada. Lady Elara apretó su abanico con tanta fuerza que las varillas de marfil crujieron, pero no tuvo tiempo de replicar. La música cambió de tono, marcando el inicio del baile de honor para las nuevas casas vinculadas.
—Es mi turno —declaró Alaric, ignorando el protocolo que dictaba que el Oro debía abrir el baile por su estatus financiero. Tomó la mano de Vesta con una urgencia que no admitía discusiones y la arrastró hacia el centro del círculo de mármol.
El vals de Alaric no era un baile; era una marcha de posesión. A diferencia de la elegancia fluida de Caspian o el roce místico de Dante, Alaric movía a Vesta con una fuerza bruta y controlada. Sus cuerpos chocaban rítmicamente, y ella podía sentir el calor que emanaba del uniforme de gala del General, una promesa de la tormenta que se avecinaba.
—Usted me defendió allá afuera —gruñó Alaric, su rostro a milímetros del de ella mientras giraban bajo las luces—. Pero no quiero que pelee mis batallas con palabras, Vesta. Quiero demostrarle que este "traidor", como ellos me llaman, es el único que puede mantenerla a salvo cuando las luces se apaguen.
—No confunda mi estrategia con afecto, Alaric —respondió Vesta, aunque su respiración se entrecortaba ante la intensidad de la mirada gris del guerrero.
—Diga lo que quiera —replicó él, bajando la voz hasta que solo ella pudo escucharlo—. Pero esta noche, cuando regresemos a esa mansión, no habrá deudas de oro ni trucos de alma que me mantengan fuera de su puerta. He esperado mi turno en las sombras, vigilando cómo otros entraban en su cama. Ya no soy un guardia, Vesta. Soy su esposo por ley, y esta noche voy a reclamar mi lugar con el hierro de mi voluntad.
Cuando el baile terminó, el aplauso de la multitud fue una mezcla de admiración y envidia. Alaric no la soltó de inmediato; mantuvo su mano firme sobre la cintura de ella, marcando su territorio frente a las miradas hambrientas de Lady Elara y las Puristas.
El regreso a la Mansión de las Sombras se realizó en un silencio absoluto. El carruaje parecía demasiado pequeño para contener la tensión entre los cuatro. Al llegar, Vesta no esperó a que los sirvientes la ayudaran; subió las escaleras de mármol con pasos rápidos, sintiendo el eco de las botas de Alaric siguiéndola de cerca.
Al llegar a sus aposentos, Vesta se giró justo a tiempo para ver a Alaric cerrar la puerta tras de sí, bloqueando el paso a Caspian y Dante, que observaban desde el pasillo con expresiones de rabia contenida.
—Salgan —ordenó Alaric a los otros dos, su voz resonando con la autoridad de un comandante en jefe.
Caspian apretó los puños, pero al ver la determinación en los ojos de Alaric y la mirada de aceptación de Vesta, se retiró con una elegancia herida. Dante, por su parte, se limitó a sonreír con una melancolía peligrosa antes de desaparecer en las sombras del corredor.