El estruendo de la puerta de roble al cerrarse marcó el inicio de una soberanía diferente en la habitación de Vesta. Alaric no se movió de inmediato; permaneció de pie, con la espalda apoyada contra la madera, bloqueando simbólicamente el mundo exterior donde el Oro y el Alma rumiaban su derrota. La luz de las velas parpadeaba, proyectando sombras alargadas que hacían que la figura del General pareciera aún más imponente.
Se despojó de sus guantes de cuero negro, lanzándolos sobre una silla con un gesto de desprecio hacia el protocolo que acababan de abandonar en la gala. Luego, con una lentitud deliberada, comenzó a desabotonar su chaqueta de gala militar.
—Caspian cree que puede comprar su afecto con monedas, y Dante cree que puede envolverla en misterios —dijo Alaric, su voz sonando como un rugido bajo y contenido—. Pero yo he pasado cada noche de mi vida en las trincheras, aprendiendo que lo único que importa al final del día es quién se mantiene en pie para proteger lo que ama.
Vesta, que se encontraba frente al gran espejo de plata, soltó el cierre de su collar de esmeraldas. El metal frío chocó contra la madera del tocador. Se giró para encararlo, manteniendo esa máscara de imperturbabilidad que tanto irritaba y fascinaba al guerrero.
—¿Es esto una protección o una invasión, General? —preguntó ella, aunque su pulso la traicionaba, latiendo con fuerza en su cuello.
—Es un reclamo, Vesta. Por ley, por honor y por deseo —Alaric acortó la distancia entre ellos con dos pasos largos.
Cuando estuvo frente a ella, no hubo la delicadeza aristocrática de Caspian. Alaric la tomó por la cintura con sus manos callosas, levantándola ligeramente para que sus ojos quedaran a la misma altura. El aroma a tabaco caro, metal y el frío de la noche que aún emanaba de su uniforme llenó los sentidos de Vesta. Su beso fue una colisión de voluntades; fue un acto de entrega absoluta y de posesión feroz. En los brazos de Alaric, Vesta no era la Matriarca estratega, era una mujer protegida por una muralla de músculos y cicatrices que no permitiría que nada ni nadie volviera a lastimarla.
La noche se consumó bajo el peso del acero. Alaric no buscaba solo el placer; buscaba demostrarle que su lealtad no era un contrato firmado, sino una fuerza de la naturaleza. Cada caricia suya era brusca pero cargada de una devoción desesperada, la de un hombre que había recuperado su honor a través del cuerpo de la mujer que ahora gobernaba su destino.
Al día siguiente, el sol de Legalia se filtró tímidamente por las cortinas pesadas. Vesta bajó al comedor principal, donde el servicio ya había dispuesto la mesa con la eficiencia silenciosa que ella exigía. Sin embargo, el ambiente era eléctrico.Caspian estaba sentado en su lugar habitual, pero no leía sus libros de cuentas. Observaba con fijeza la entrada, con una palidez que delataba una noche de insomnio y rabia. Dante, por el contrario, se encontraba en el rincón más oscuro de la estancia, recostado contra la pared, con una expresión de melancolía peligrosa que hacía que las sombras a su alrededor parecieran cobrar vida propia.
Cuando Alaric entró detrás de Vesta, todavía vistiendo su camisa blanca ligeramente desabotonada y con una mirada de satisfacción sombría, el silencio se rompió.
—Espero que el "Escudo" esté satisfecho —escupió Caspian, golpeando la mesa con su cuchara de plata—. Mientras usted jugaba a ser el conquistador, recibimos tres notas de advertencia del Tribunal. Lady Elara ha comenzado a mover sus hilos. Dice que su comportamiento en la gala fue "agresivo" y que la Casa Valerius es un polvorín a punto de estallar.
Alaric caminó hacia la mesa y, sin sentarse, tomó un trozo de pan, mirando a Caspian con desprecio.
—Deje que hablen. Mientras yo esté en esta casa, nadie pondrá un pie dentro sin mi permiso. Incluyendo a los cobardes del Tribunal.
—El orgullo será su caída, General —intervino Dante desde las sombras, su voz como un susurro de ultratumba—. Elara no atacará la puerta. Ella ya está dentro de nuestras mentes. Ha empezado a circular el rumor de que Vesta no tiene favoritos, sino que nos está enfrentando para que nos matemos entre nosotros y así quedar libre del Edicta.
Vesta se sentó en la cabecera, golpeando la mesa con la palma de la mano para imponer orden. Sus tres esposos la miraron de inmediato.
—No me importa lo que Elara diga —sentenció Vesta en un tono neutro—. Pero Dante tiene razón en algo: el sabotaje interno es su mayor arma. A partir de hoy, no habrá más habitaciones cerradas sin mi consentimiento previo. Si queremos sobrevivir a la inspección que el Tribunal enviará la próxima semana, debemos parecer una unidad indivisible.
La mención de la Inspección del Tribunal hizo que incluso Alaric palideciera por un instante. Una inspección significaba que jueces vivirían en la mansión durante tres días para evaluar la "armonía" del vínculo. Si descubrían que los esposos se odiaban, Vesta perdería todo.