Legalia: El Edicta de los tres esposos.

Capítulo 11 —El Ojo del Verdugo y el Teatro de las Sombras

La paz en la Mansión de las Sombras se rompió con el sonido de una corneta oficial que rasgó el silencio de la mañana. Vesta, que apenas terminaba de vestirse con un conjunto de seda azul oscuro —el color de la diplomacia y la frialdad—, se detuvo frente al ventanal. Un carruaje con el sello del Gran Tribunal de Legalia se detuvo frente a la escalinata de mármol. No era una visita de cortesía; era una sentencia de vigilancia.

​—La Inspección ha llegado —anunció un criado de librea gris, con la voz temblorosa mientras abría las pesadas puertas del comedor.

​Entró un hombre delgado, de piel cetrina y ojos que recordaban a los de una serpiente. Era el Juez Malcor, un aliado conocido de Lady Elara de la Casa Thorne. Detrás de él, dos escribas con túnicas oscuras comenzaron a tomar notas de inmediato, observando cada detalle: la disposición de la platería, la distancia entre las sillas de los esposos y, sobre todo, la tensión evidente que todavía flotaba entre Alaric y Caspian tras la noche anterior.

​—Doña Vesta Valerius —dijo Malcor, con una reverencia que pareció más un insulto que un gesto de respeto—. El Tribunal ha recibido informes sobre "irregularidades" en su Tríada. Se dice que el orden del Edicta ha sido reemplazado por caprichos personales y que el equilibrio de los tres esposos se ha roto en favor del deseo ciego.

​Vesta sintió el frío recorrer su espalda, pero mantuvo la frente en alto. Sabía que Malcor era una extensión de los deseos de Elara, quien anhelaba sus esposos.

—Es usted bienvenido, Juez. Mi casa es un libro abierto para la Ley.

​—Eso espero —Malcor caminó alrededor de la mesa, deteniéndose justo detrás de Alaric, quien todavía mostraba el cabello ligeramente desordenado y una mirada de satisfacción sombría. Luego miró a Caspian, quien apretaba su copa de cristal con nudillos blancos, y finalmente a Dante, que permanecía en las sombras como una presencia inquietante—. Viviré bajo su techo los próximos tres días para certificar que este vínculo es real, productivo y armonioso. Si descubro que uno de estos hombres es infeliz o que usted no puede mantener el mando, el Edicta será revocado. Y todos sabemos lo que le sucede a una mujer que pierde su protección legal en Legalia: sus bienes se confiscan y ella pasa a ser propiedad del Estado.

​El silencio que siguió fue sepulcral. Vesta miró a sus tres esposos, sabiendo que el odio que se profesaban era la mayor arma de Malcor. Fue entonces cuando ocurrió algo inesperado. Alaric, el General de hierro, dio un paso al frente y, en un gesto forzado pero visualmente potente, colocó su mano sobre el hombro de Caspian.

​—No tiene de qué preocuparse, Juez —dijo Alaric, su voz sonando como acero templado—. Aquí todos sabemos exactamente cuál es nuestra función. Caspian provee el sustento, yo garantizo la seguridad y Dante... Dante se encarga de lo que ninguno de nosotros puede ver. Somos una unidad, tal como dicta el Código.

​Caspian, tragándose su orgullo por primera vez, asintió con una sonrisa gélida.

—Exactamente. La Casa Valerius nunca ha estado más sólida. Si desea empezar la inspección por los libros de cuentas, estoy listo para demostrarle que el Oro de Legalia fluye con fuerza hacia esta familia.

​Malcor entrecerró los ojos, buscando una grieta en la fachada.

—Veremos si esa unidad se mantiene cuando las puertas se cierren esta noche. La cena de hoy será la primera prueba oficial. Espero ver a los cuatro compartiendo la mesa en perfecta concordia. De lo contrario, los informes para el Gran Juez serán... devastadores.

​Cuando Malcor y sus escribas fueron escoltados a sus habitaciones, Vesta se desplomó en su silla, exhalando el aire que no sabía que estaba reteniendo. Sus tres esposos se acercaron a ella, formando un círculo de protección y amenaza a la vez.

​—Esto es una trampa de Elara —susurró Dante, saliendo de la penumbra—. Malcor no busca la verdad; busca un pretexto.

​—Entonces le daremos el espectáculo de su vida —sentenció Vesta, mirando a los tres—. A partir de este momento, sus rivalidades quedan suspendidas. Si Malcor ve una sola pelea, una sola mirada de desprecio entre ustedes, estamos acabados. Fingirán que son hermanos de sangre si es necesario. ¿Fui clara?

​Alaric y Caspian se miraron con un desprecio infinito, pero ambos asintieron. La guerra de apariencias acababa de comenzar, y el precio de perder era la libertad de los cuatro.




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