Legalia: El Edicta de los tres esposos.

Capítulo 12: El Banquete de la Tentación

La cena con el Juez Malcor no era una comida; era una autopsia en vida de la Casa Valerius. El comedor principal estaba iluminado por cientos de velas que hacían brillar la platería pulida por los empleados, quienes se movían como sombras bajo la mirada inquisidora de los escribas del Tribunal.

​Vesta presidía la mesa vestida con una seda color rubí que dejaba sus hombros al descubierto, una prenda diseñada para ser una distracción visual. A su derecha, Caspian lucía una elegancia gélida; a su izquierda, Alaric exhalaba una masculinidad cruda; y frente a ella, Dante observaba todo con una sonrisa que prometía secretos prohibidos.

​—Es fascinante ver tal... "armonía" —comentó el Juez Malcor, pinchando un trozo de carne con lentitud—. Pero el Edicta no solo pide convivencia, Doña Vesta. Pide una unión absoluta. Se rumorea que sus noches son frías para dos de sus esposos mientras uno reclama todo el calor.

​Vesta sintió la provocación, pero en lugar de responder con palabras, decidió usar la piel. Debajo de la mesa, extendió su pierna derecha hasta que la punta de su zapato de seda rozó la pantorrilla de Alaric. Sintió cómo el músculo del General se tensaba al instante bajo el pantalón de uniforme. Al mismo tiempo, su mano izquierda se deslizó sobre el mantel hasta cubrir la de Caspian, entrelazando sus dedos con una presión lenta y deliberada.

​—El Juez tiene dudas sobre nuestra entrega, caballeros —dijo Vesta, su voz descendiendo a un tono ronco y aterciopelado—. Quizás deberíamos recordarle que en esta casa, el deseo no se reparte por turnos, sino que nos consume a todos por igual.

​Caspian reaccionó primero. Llevó la mano de Vesta a sus labios, pero no fue un beso de cortesía. Sus ojos azules se clavaron en los de ella mientras su lengua trazaba una línea húmeda y lenta sobre sus nudillos, un gesto cargado de una posesividad erótica que hizo que el Juez Malcor parpadeara, sorprendido.

​—Mi Oro no solo compra palacios, Juez —susurró Caspian, sin soltar la mano de Vesta—. Compra el derecho a adorar cada rincón de la piel de mi esposa hasta que olvide que el mundo existe afuera de estas sábanas.

​Por su parte, Alaric, cuya mano enguantada en cuero ahora descansaba sobre el muslo de Vesta por debajo de la mesa, apretó con una fuerza que era casi dolorosa, pero profundamente excitante. Sus dedos subieron por la seda del vestido, buscando el calor de la piel prohibida, mientras mantenía una expresión de hierro frente al Juez.

​—El deber de un Escudo es total —gruñó Alaric, su voz vibrando en el pecho de Vesta—. Mi protección es constante, tanto en el salón de gala como en el calor de la madrugada. No hay frío en esta cama, Malcor. Hay fuego y acero.

​Dante, aprovechando la distracción, utilizó su magia para que el aire alrededor de la mesa se volviera denso y pesado, cargado con el aroma a sándalo y deseo que lo caracterizaba. El ambiente se volvió tan erótico y opresivo que Malcor comenzó a sudar, sintiéndose como un intruso en una alcoba privada.

​—¿Desea que la inspección continúe en los aposentos, Juez? —preguntó Vesta, inclinándose hacia delante, dejando que el escote de su vestido revelara lo justo para nublar el juicio del enviado del Tribunal—. Porque mis esposos están ansiosos por demostrar que el Edicta se cumple en cada suspiro y en cada caricia que compartimos.

​El Juez Malcor, abrumado por la exhibición de deseo carnal y la unidad feroz de los cuatro, bajó la vista hacia su plato. El sabotaje de Lady Elara estaba fallando ante la verdad de una pasión que, aunque nacida del control, se estaba volviendo peligrosamente real.

​Cuando la cena terminó y Malcor se retiró a sus habitaciones, escoltado por el silencio de la mansión, Vesta se encontró sola en el pasillo con sus tres hombres. La tensión erótica que habían fingido para el Juez no se disipó; por el contrario, se transformó en una necesidad física que reclamaba ser satisfecha por los tres a la vez.

La puerta de los aposentos de Vesta se cerró con un chasquido metálico que pareció sellar el resto del mundo, dejando fuera al Juez Malcor, a las conspiraciones de Lady Elara y a las leyes asfixiantes de Legalia. Dentro, el aire era espeso, saturado por el aroma a sándalo de Dante, el perfume a papel costoso de Caspian y la fragancia masculina y terrosa de Alaric.

​Vesta se situó en el centro de la estancia, bajo el dosel de seda negra de su cama. La luz de la chimenea proyectaba sombras errantes sobre su piel pálida, revelando el suave temblor de sus hombros descubiertos. Ya no había necesidad de fingir para un inspector; sin embargo, la tensión que palpitaba entre los cuatro era mucho más real y peligrosa que cualquier teatro político.

Caspian fue el primero en romper el círculo. Se despojó de su chaqueta de terciopelo con una elegancia lenta, dejando ver una camisa de seda tan fina que permitía adivinar la musculatura fibrosa de su pecho. Sus ojos azules, habitualmente gélidos y calculadores, ardían con una intensidad que Vesta no le había visto ni siquiera durante sus negociaciones financieras.

​—El Juez cree que somos una unidad por obligación —susurró Caspian, acercándose a Vesta por el frente y tomando su rostro entre sus manos—. Pero la obligación no dicta cómo me quema la sangre cada vez que otro hombre la toca, incluso si ese hombre es parte de este vínculo maldito.




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