La luz del amanecer en Legalia nunca entraba de forma directa; se filtraba a través de la neblina persistente de la ciudad, tiñendo los aposentos de Vesta de un gris plateado y frío. Dentro de la habitación, sin embargo, el calor de la noche anterior aún flotaba en el aire, impregnado en las sábanas de seda negra desordenadas.
Vesta fue la primera en abrir los ojos. Se encontró atrapada en un nudo de cuerpos y respiraciones pesadas. A su derecha, el brazo musculoso de Alaric rodeaba su cintura con una firmeza protectora, incluso en sueños; a su izquierda, Caspian descansaba con una mano entrelazada en su cabello, su rostro aristocrático despojado finalmente de su máscara de arrogancia. A los pies de la cama, Dante permanecía en una posición casi vigilante, envuelto en las sombras del dosel, con una expresión de serenidad que solo la magia y el placer absoluto podían otorgarle.
—La inspección no ha terminado —susurró Vesta, intentando incorporarse.
El movimiento despertó a Alaric, quien gruñó de forma baja, atrayéndola de nuevo contra su pecho. Su piel, marcada por viejas cicatrices de batalla, se sentía ardiente contra la de ella.
—Deje que el Juez espere —murmuró el General, su voz ronca por el sueño—. Si Malcor entra ahora, verá exactamente lo que el Edicta exige: una unión que no puede ser rota por sus leyes de papel.
Caspian abrió los ojos, recuperando su lucidez habitual en segundos. Se incorporó con elegancia, permitiendo que la seda se deslizara por su torso esculpido.
—Alaric tiene razón, aunque me duela admitirlo —dijo Caspian, mirando a Vesta con una intensidad renovada—. Pero debemos ser cautelosos. El placer de anoche nos ha dado una ventaja, pero también nos ha vuelto vulnerables. Si el Juez detecta que esta complicidad es real y no solo un contrato, Lady Elara duplicará sus ataques. Para ella, una Tríada que se odia es manejable; una Tríada que se protege es una amenaza para el orden de Legalia.
El Desayuno bajo el MicroscopioUna hora después, los cuatro se presentaron en el gran comedor. Vesta vestía un traje de terciopelo color ceniza, con el cuello alto y cerrado por un broche de plata que representaba el escudo de la Casa Valerius. Sus esposos, impecables en sus respectivos uniformes y vestiduras, la rodeaban con una sincronización que no había existido el día anterior.
El Juez Malcor ya estaba sentado a la mesa, rodeado de sus escribas cuyas plumas rascaban el pergamino con un sonido irritante. El inspector los observó con sus ojos de serpiente, buscando cualquier rastro de fatiga, resentimiento o falsedad.
—Parecen haber descansado bien —comentó Malcor, su voz goteando sospecha—. Aunque el servicio me informó que se escucharon ruidos inusuales en el ala este durante la madrugada. ¿Alguna interrupción en la seguridad, General?
Alaric tomó su asiento con una calma imperturbable, cortando un trozo de carne con precisión militar.
—Solo el entrenamiento habitual, Juez. En esta casa, la vigilancia no descansa, y la pasión por defender nuestro vínculo, tampoco.
Caspian sonrió, inclinándose para servirle café a Vesta en un gesto de atención que no pasó desapercibido para los escribas.
—Estamos celebrando que las deudas han sido saldadas, Juez. El Oro de los Aurelian finalmente ha encontrado un propósito noble bajo el mando de Doña Vesta. Espero que sus informes reflejen la prosperidad que ahora habita en la Mansión de las Sombras.
Malcor apretó los labios. Se volvió hacia Dante, quien comía en silencio, manteniendo esa aura inquietante que tanto incomodaba al inspector.
—¿Y usted, el "Alma"? ¿No tiene nada que decir sobre el estado de esta unión?
Dante levantó la vista, y por un momento, sus ojos parecieron brillar con un destello de magia prohibida.
—Las palabras son innecesarias cuando la verdad está escrita en la energía de esta habitación, Juez. Si acerca su mano a la de mi señora, sentirá el calor de tres hombres que han decidido que el Edicta ya no es una cadena, sino una corona.
Vesta intervino antes de que Malcor pudiera replicar.
—Hoy, Juez, lo invitamos a revisar los proyectos sociales de la Casa Valerius. Legalia no solo vive de contratos y guardias, sino de la visión de sus Matriarcas. Mis esposos me acompañarán para demostrar cómo cada uno aporta a la grandeza del reino.
La mirada de Malcor se desvió hacia la ventana, donde un mensajero con los colores de la Casa Thorne acababa de llegar a las puertas de la mansión.
—Parece que Lady Elara tiene una propuesta urgente para esta tarde —dijo Malcor con una sonrisa maliciosa—. Una invitación a los jardines reales para una "discusión amistosa" sobre el futuro de las Tríadas en Legalia. Será la prueba de fuego definitiva para su pequeña alianza, Doña Vesta.
Vesta sintió el peso del desafío. Sabía que Elara no jugaría limpio y que la inspección del Juez era solo el preludio de una trampa mucho más cruel que pondría a prueba la lealtad de sus tres hombres frente a todo el consejo de Puristas.