Legalia: El Edicta de los tres esposos.

Capítulo 16 —La Trampa del Verdugo y el Sacrificio del Escudo

El último día de la inspección amaneció con un cielo plomizo que parecía presagiar el desenlace de la guerra silenciosa contra el Tribunal. La Mansión de las Sombras estaba sumida en un mutismo tenso; incluso los empleados evitaban los pasillos principales, temiendo la mirada gélida del Juez Malcor.

​Vesta se encontraba en el despacho principal, revisando los últimos informes de la Casa Valerius, cuando la puerta se abrió de golpe. Malcor entró, escoltado por una guardia de soldados imperiales que no pertenecían a la seguridad de la mansión. Detrás de ellos, Lady Elara observaba desde el umbral con una sonrisa de depredadora que finalmente ha acorralado a su presa.

​—Se acabó el teatro, Doña Vesta —sentenció Malcor, desplegando un pergamino con el sello rojo de "Alta Traición"—. Durante mi estancia, he recolectado pruebas suficientes. El General Alaric Ironwood ha estado utilizando su posición como "Escudo" para contactar con células disidentes del antiguo regimiento. Este vínculo no es una unión, es una conspiración contra el Estado de Legalia.

​Vesta se puso de pie, su rostro convertido en una máscara de piedra.

—Eso es una calumnia absoluta, Juez. Alaric no ha salido de esta propiedad sin mi supervisión.

​—Tengo testigos y documentos —mintió Malcor con una frialdad aterradora—. Según el Código, si un esposo es hallado culpable de traición, la Matriarca es cómplice por negligencia. La Casa Valerius queda confiscada y el Edicta, anulado.

Alaric dio un paso al frente, interponiéndose entre los soldados y Vesta. Su mano buscó el pomo de su espada, pero se detuvo al ver que Caspian y Dante también daban un paso adelante, formando una barrera humana alrededor de ella.

​—Si me quieren a mí, llévenme —rugió Alaric, su voz haciendo vibrar las vitrinas de la biblioteca—. Pero no se atrevan a tocar a mi esposa ni a poner un dedo sobre el patrimonio de los Valerius.

​—No lo hagas, Alaric —susurró Vesta, sintiendo el pánico por primera vez—. Es una trampa de Elara para que te resistas y tengan una excusa para ejecutarte aquí mismo.

​El Contrato de Sangre

​Caspian, cuya mente siempre funcionaba tres pasos por delante de cualquier enemigo, se adelantó hacia el Juez Malcor. Sacó un pequeño sobre lacrado de su casaca de seda.

​—Juez, antes de que cometa un error histórico, le sugiero que lea esto —dijo Caspian con una calma que heló la sangre de Elara—. Es un registro de las transferencias bancarias que Lady Elara ha realizado a su cuenta personal en los últimos dos meses. Si el General es acusado de traición basada en sus "pruebas", yo presentaré estas evidencias de soborno ante el Gran Consejo de Puristas. Todos caeremos, Malcor, pero yo me aseguraré de que usted sea el primero en visitar la horca.

​El Juez Malcor palideció. Miró a Elara, quien retrocedió un paso, sorprendida por la profundidad del espionaje de Caspian. El Oro de los Aurelian no solo servía para pagar deudas, sino para comprar secretos.

​Dante, aprovechando la confusión, permitió que su sombra se extendiera por el suelo, envolviendo los pies de los soldados imperiales. El ambiente se volvió gélido, y el susurro de voces antiguas comenzó a llenar la habitación, un truco del "Alma" para quebrar la voluntad de los guardias.

​—El Tribunal busca orden —susurró Dante, sus ojos brillando con un fulgor violeta—, pero aquí solo encontrará cenizas si intenta arrancar una sola pieza de esta Tríada.

​La Consumación de la Lealtad

​Ante la amenaza de destrucción mutua, Malcor se vio obligado a retroceder. No podía arriesgar su propia vida y posición por el despecho de Lady Elara.

​—La inspección ha terminado —declaró Malcor, su voz temblorosa mientras recogía sus papeles—. El informe dirá que el vínculo es... funcional. Pero no crean que esto ha terminado. Legalia siempre observa.

​Cuando el Juez y los soldados abandonaron la mansión, el silencio que quedó fue de un alivio agotador. Vesta se dejó caer en su silla, mirando a sus tres hombres. Alaric se arrodilló ante ella, tomando su mano con una devoción que ya no intentaba ocultar.

​—Me habría entregado por usted, Vesta —dijo Alaric en un susurro cargado de emoción.

​—Y yo habría quemado este reino por recuperarlo —respondió ella, mirando a Caspian y Dante, quienes asintieron en silencio.

​Esa noche, la Mansión de las Sombras no fue un lugar de estrategias, sino de una entrega absoluta. Los cuatro se retiraron a los aposentos de Vesta, sabiendo que la victoria sobre el Tribunal los había unido de una forma que ninguna ley podría describir. La intimidad fue más que erotismo; fue un pacto de sangre y deseo. En la penumbra de la habitación, bajo el dosel de seda, los tres esposos se turnaron para adorar a la mujer que los había salvado, convirtiendo el acto carnal en una liturgia de gratitud y poder compartido que duró hasta que el sol de una nueva era para la Casa Valerius comenzó a brillar sobre Legalia.




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