La victoria sobre el Juez Malcor había dejado un sabor dulce pero volátil en la Mansión de las Sombras. Aunque la inspección había terminado, el silencio que reinaba en los pasillos de Legalia era el de una tormenta que retrocede solo para tomar fuerza. Vesta se encontraba en su balcón privado, observando cómo la niebla se tragaba las agujas de las catedrales góticas, cuando una carta sin sello oficial apareció sobre su mesa de noche, traída por una ráfaga de viento cargada de magia negra.
—Lady Elara no sabe rendirse —susurró una voz desde la penumbra.
Era Dante, quien se acercó con la fluidez de una sombra. Sus dedos largos y fríos rozaron el papel.
—Esta carta no es de ella, mi señora. Pero ella es quien ha abierto el camino para que llegue a sus manos. Es un nombre que usted intentó enterrar bajo las leyes de este reino.
Vesta abrió el sobre con manos firmes. Al leer el contenido, su aliento se detuvo. Rodrigo.
Habían pasado dos años desde que ella estuvo con él. En aquel entonces, Vesta tenía dieciocho años y vivieron un romance secreto que duró solo un año. Rodrigo no era un noble, ni un elegido del Edicta; era el hombre que le enseñó lo que significaba el deseo antes de que el Estado le impusiera sus tres esposos. Ahora, Rodrigo regresaba a Legalia bajo el ala de la Casa Thorne, reclamando una deuda de honor que amenazaba con dinamitar la estabilidad de su Tríada.
—No permitiré que un fantasma entre en esta casa —sentenció Vesta, quemando la carta en la llama de una vela.
El Reclamo de la Tríada
Sin embargo, el secreto no permaneció oculto por mucho tiempo. Caspian y Alaric entraron en los aposentos, sus rostros reflejando una mezcla de furia y posesividad. Los rumores en la corte corrían más rápido que la peste, y la llegada de un "antiguo amante" de la Matriarca Valerius era el escándalo que las Puristas estaban esperando.
—¿Quién es él, Vesta? —preguntó Alaric, su voz sonando como el rugido de un volcán a punto de entrar en erupción—. Se dice que un plebeyo se pasea por los jardines de Elara presumiendo que conoce cada rincón de su piel mejor que nosotros.
Caspian se cruzó de brazos, su elegancia habitual teñida de una amargura peligrosa.
—Mi Oro ha salvado esta casa, pero no puede comprar un pasado que usted nos ocultó. Si ese hombre pone un pie en Legalia, el Tribunal podría usarlo para alegar que su corazón no pertenece al vínculo, lo que invalidaría el Edicta por completo.
Vesta los miró a los tres. La tensión erótica de las noches pasadas se transformó en una confrontación de poder. Se acercó a Alaric, colocando una mano sobre su pecho acorazado, y luego a Caspian, rozando su mejilla con una caricia que era a la vez un mando y una súplica.
—Rodrigo es una sombra de una mujer que ya no existe —dijo Vesta, su voz descendiendo a un tono ronco y cargado de una sensualidad gélida—. La Vesta de dieciocho años era una niña que buscaba escapar. La mujer que tienen ante ustedes es la que los domina a los tres. ¿Van a permitir que un recuerdo les robe lo que hemos construido en esta cama?
La Liturgia de la Posesión
La mención de la cama actuó como un detonante. Alaric la tomó por los hombros, obligándola a mirarlo a los ojos, donde el gris de la tormenta se mezclaba con un hambre cruda.
—Esta noche —gruñó Alaric—, no quiero palabras sobre el pasado. Quiero que mi nombre sea el único que sus labios sean capaces de pronunciar.
La sesión que siguió fue la más intensa y prolongada hasta la fecha. No hubo sutilezas diplomáticas. Fue una demostración de dominio absoluto. Alaric la tomó con una ferocidad que buscaba marcar cada centímetro de su cuerpo como territorio conquistado, mientras Caspian, impulsado por un celo aristocrático, se encargaba de que cada caricia fuera un recordatorio de la exclusividad que su Oro y su rango exigían.
Dante se unió a ellos, utilizando su magia para que las sensaciones de Vesta se desbordaran, creando una red de placer que unía a los cuatro en un solo latido. En medio del éxtasis, Vesta comprendió que Rodrigo no era solo un peligro externo; era el catalizador que estaba obligando a sus tres esposos a dejar de lado sus diferencias para fundirse en un solo frente de protección y deseo.
—Usted es nuestra —susurró Caspian al oído de Vesta, mientras sus dedos se entrelazaban con los de ella sobre las sábanas de seda negra—. Y cualquier hombre que intente reclamar una parte de lo que nos pertenece, descubrirá que Legalia tiene formas muy creativas de hacer desaparecer a los intrusos.