La Cacería Real de Legalia no era un evento deportivo; era una exhibición de castas donde la sangre de las presas servía para aceitar los engranajes de la política. El bosque de los Ecos, un recinto privado de árboles milenarios y sombras perpetuas, era el escenario perfecto para que las pasiones se desbordaran bajo el pretexto de la tradición.
Vesta cabalgaba en su semental negro, vistiendo un traje de amazona de cuero ajustado que delineaba cada curva de su cuerpo, una prenda que Alaric había insistido en ajustar personalmente esa mañana, dejando sus manos marcadas en la suavidad del material. A su lado, su Tríada formaba una formación de asedio. Alaric lucía su armadura ligera de combate, Caspian vestía sedas de montar reforzadas con hilos de plata, y Dante parecía una extensión de la bruma del bosque.
—Allí está —susurró Caspian, señalando con su fusta hacia el pabellón de la Casa Thorne.
Rodrigo estaba de pie junto a Lady Elara. Vestía ropajes que intentaban imitar la nobleza, pero su postura delataba el rastro del hombre que, dos años atrás, había sido el refugio secreto de una Vesta de dieciocho años. Al verla, la mirada de Rodrigo recorrió el cuerpo de Vesta con una familiaridad insultante, un derecho que él creía poseer por haber sido el primero en conocerla durante aquel año de romance clandestino.
—Vesta —dijo Rodrigo, adelantándose cuando el grupo se detuvo. Su voz evocó recuerdos que ella había intentado enterrar bajo el peso del Edicta—. Veo que te has rodeado de guardianes, pero ninguno de ellos puede borrar lo que fuimos cuando el mundo no te obligaba a compartirte.
La respuesta de la Tríada fue instintiva y feroz. Alaric desmontó con una agilidad depredadora, colocándose frente a Rodrigo. La diferencia de volumen era ridícula; el General era una montaña de cicatrices y acero frente a un fantasma del pasado.
La Reclamación del Hierro y la Seda
—Usted no habla con ella. Usted no la mira —gruñó Alaric, su mano enguantada apretando el cuello de la camisa de Rodrigo, obligándolo a ponerse de puntillas—. El hombre que ella conoció murió el día que el Edicta reclamó su alma. Lo que ve ahora le pertenece a esta Tríada, y no permitiré que su aliento ensucie el aire que ella respira.
Caspian ni siquiera se bajó del caballo. Observó la escena con un desprecio aristocrático, pero sus ojos ardían con una posesividad que rivalizaba con la de Alaric.
—Rodrigo, ¿verdad? —intervino Caspian, su voz gélida—. Un hombre de su posición debería saber que en Legalia, las deudas del corazón se pagan con intereses de sangre. Si vuelve a insinuar una intimidad con mi esposa, me encargaré de que su nombre sea borrado no solo de sus recuerdos, sino de la existencia misma.
Vesta, sintiendo la tensión erótica y violenta que emanaba de sus esposos, desmontó lentamente. Caminó hacia Rodrigo, pero no se detuvo ante él. Pasó de largo hasta quedar entre Alaric y Caspian, permitiendo que las manos de ambos se posaran sobre ella en una demostración pública de propiedad.
—Rodrigo, llegas tarde —dijo Vesta, su voz cargada de una sensualidad gélida que caló hondo en sus tres hombres—. La mujer que amaste se rompió hace mucho tiempo. Estos tres hombres recogieron los pedazos y los forjaron en algo que tú nunca podrías manejar.
La Entrega en la Espesura
El enfrentamiento solo sirvió para encender una mecha que reclamaba ser consumida. Cuando la cacería se dispersó y los grupos se internaron en lo profundo del bosque, Vesta y su Tríada buscaron refugio en un pabellón de caza abandonado, oculto por la magia de Dante.
Dentro, la penumbra y el olor a musgo y madera vieja intensificaron el deseo que la presencia de Rodrigo había despertado. Ya no había necesidad de palabras. Alaric la tomó contra la pared de piedra, sus manos grandes y rudas despojándola del cuero de amazona con una urgencia que rayaba en la desesperación.
—Diga mi nombre —exigió Alaric, sepultando su rostro en el cuello de Vesta, marcándola con mordiscos lentos y húmedos—. Que ese fantasma sepa que cada centímetro de su piel grita por el Escudo.
Caspian no se quedó atrás. Se arrodilló frente a ella, sus dedos largos y finos explorando su intimidad con una sofisticación que contrastaba con la fuerza bruta de Alaric. Su lengua, experta en el arte de la seducción, buscó el placer de Vesta con una devoción febril, queriendo borrar cualquier rastro del pasado con sensaciones que solo el Oro podía proveer.
Dante, desde la entrada, utilizó su conexión mística para que el placer de Vesta se expandiera, uniendo las sensaciones de los tres hombres en una sola red de éxtasis. La intimidad fue un acto de guerra y adoración. Alaric la poseyó con la fuerza de un conquistador, Caspian con la exigencia de un dueño, y Dante con la profundidad de un Alma que se funde con su reina.
Vesta se entregó a esa tormenta de manos y labios, dejando que el recuerdo de Rodrigo se disolviera en el olvido absoluto. En ese pabellón, rodeada por el hierro, el oro y la mística, comprendió que su pasado no era una debilidad, sino el combustible que hacía que sus tres esposos lucharan por ser el único dueño de su placer, elevando el conteo de esta historia hacia la eternidad de los sentidos