El eco de la cacería real aún vibraba en las paredes de piedra del pabellón oculto, pero dentro, el tiempo parecía haberse detenido bajo el influjo de la magia de Dante. Alaric y Caspian, agotados por la ferocidad de su propio reclamo, observaban desde las sombras cómo el tercer esposo, el que siempre parecía estar un paso más allá de la realidad material, finalmente reclamaba su derecho.
Dante se acercó a Vesta con una lentitud que resultaba agonizante. No había rastro de la brutalidad de Alaric ni de la exigencia de Caspian en sus movimientos. Sus ojos oscuros, que habitualmente contenían un vacío infinito, ahora desbordaban un hambre que no era de este mundo.
—Ellos han marcado su piel, Vesta —susurró Dante, su voz resonando no en sus oídos, sino directamente en su mente—. Ellos han reclamado su cuerpo como si fuera una propiedad o una fortaleza. Pero yo... yo voy a reclamar lo que Rodrigo nunca pudo entender y lo que ellos apenas pueden vislumbrar.
Dante extendió sus manos, y antes de que tocara la piel de Vesta, ella sintió una descarga de energía que hizo que cada vello de su cuerpo se erizara. Cuando sus dedos finalmente entraron en contacto con sus hombros, no fue solo un roce físico. Fue como si el alma de Dante se filtrara por sus poros, buscando los rincones más profundos de su conciencia para arrancar de raíz el recuerdo de aquel año de romance secreto con Rodrigo.
La participación de Dante fue una liturgia de los sentidos. Mientras Alaric mantenía a Vesta sujeta con su fuerza bruta y Caspian la adoraba con besos cargados de una posesividad aristocrática, Dante se encargó de que el placer no fuera solo una respuesta física, sino una alucinación compartida. Utilizó su magia para que Vesta sintiera el roce de los tres a la vez en cada centímetro de su ser, elevando la temperatura de la habitación hasta que el aire mismo pareció arder.
—Míreme, Vesta —ordenó Dante, obligándola a sostenerle la mirada mientras la poseía con una profundidad mística—. Olvide el nombre de quien la conoció a los dieciocho años. Olvide el tiempo antes del Edicta. En este momento, usted es el eje de nuestra existencia, y mi magia será el sello que cierre su pasado para siempre.
Dante no se limitó a observar; se fundió con ella en un encuentro que desafió las leyes de la física de Legalia. Sus manos guiaban las de Alaric y Caspian, coordinando un asalto erótico donde los tres hombres actuaban como una sola voluntad. El placer de Vesta se convirtió en una marea que amenazaba con ahogarla, una tormenta de sensaciones donde el hierro, el oro y el alma se unificaron para adorar a su Matriarca.
Cuando el éxtasis finalmente los alcanzó a todos, no fue un estallido, sino una implosión de luz violeta que dejó a Vesta temblando en los brazos de sus tres esposos. El recuerdo de Rodrigo ya no era más que una ceniza lejana, aplastado por la realidad de tres hombres que, bajo la guía del Alma, habían aprendido que compartir a Vesta no era una debilidad, sino su mayor fuente de poder.
En la quietud que siguió, Dante depositó un beso en la frente de Vesta, su aliento recuperando la calma pero sus ojos manteniendo ese brillo de victoria. La Tríada finalmente estaba completa, no solo en la ley, sino en la carne y el espíritu.