Legalia: El Edicta de los tres esposos.

Capítulo 20 —El Balance del Oro (Perspectiva de Caspian Aurelian)

El silencio de la medianoche en el ala norte de la Mansión de las Sombras era un recordatorio constante de lo que Caspian Aurelian había perdido y de lo que, de manera peligrosa, estaba empezando a codiciar.

​Caspian se encontraba de pie frente al gran espejo de plata de su vestidor, desabotonando su camisa de seda azul con una lentitud que rozaba la apatía. Sus dedos largos, acostumbrados a sostener la pluma que movía los hilos financieros de media Legalia, se detuvieron al rozar su propio pecho. En su piel pálida, los rastros del encuentro en el pabellón de caza eran visibles: pequeños arañazos y marcas que el deseo de Vesta había dejado grabados en él. El aroma a musgo, sándalo y la fragancia floral de la Matriarca todavía se aferraba a su cuerpo, pero en lugar de reconfortarlo, le provocaba una profunda amargura.

​Se dejó caer en su sillón de terciopelo, clavando la mirada en el libro de cuentas que descansaba sobre su escritorio de caoba. Los números en tinta negra se extendían ante él, un balance perfecto de ingresos, hipotecas saldadas y aranceles comerciales. Desde los siete años, cuando el Tribunal de Cuentas lo arrancó de los brazos de su madre al detectar su mente analítica, a Caspian se le había enseñado una sola verdad absoluta en el Consulado de la Moneda: los sentimientos son pasivos tóxicos que nublan el juicio; los hombres del Oro solo valen por la riqueza que generan.

​Pero la lección más cruel de su infancia no había sido la frialdad de los números, sino el condicionamiento del Edicta. Desde niño, los tutores del Tribunal le habían grabado a fuego en la mente que su destino final era el matrimonio compartido. «No naces para ser el único; naces para ser una tercera parte de un engranaje», le repetían mientras le mostraban los diagramas de las Tríadas. Lo criaron para aceptar, como una fría verdad matemática, que la Matriarca que le fuera asignada pertenecería también a otros dos hombres. Se suponía que debía ser inmune a los celos. Se ponía como regla que el Oro no debía sentir.

​Durante veinticuatro años, esa filosofía de diseño estatal había sido su armadura. Cuando su Casa nobiliaria cometió el error estratégico de financiar a la facción incorrecta del Consejo, Caspian no lloró ni suplicó. Con la frialdad de un banquero, se presentó ante el Gran Tribunal y ofreció su propia libertad a cambio de limpiar el apellido Aurelian. Se dejó subastar a través del Edicta de Sustento como un recurso financiero de lujo, un esclavo aristocrático destinado a levantar el mausoleo derruido de los Valerius.

​—Una transacción perfecta —susurró para sí mismo, cerrando el libro de cuentas de un golpe—. Su estatus social a cambio de mi liquidez. Yo sabía a lo que venía. Sabía que Alaric y Dante estarían aquí.

​Pero la teoría del Tribunal se desmoronaba ante la realidad de la carne. El orgullo de Vesta lo había desarmado desde el primer día. Ella no lo miraba como un salvador económico ni como una chequera abierta; lo miraba como a un hombre que debía ganarse el derecho a estar en su presencia. Y esa resistencia había despertado en él una posesividad ardiente y enfermiza que desafiaba toda su crianza.

​El recuerdo de la tarde en el pabellón de caza regresó a su mente con la fuerza de un latigazo. Había disfrutado del placer, sí, pero la presencia de Alaric y Dante en la misma habitación le revolvía el estómago. Toda la preparación mental de su infancia no servía de nada ahora que el veneno de los celos corría por sus venas. Caspian, el hombre entrenado para la indiferencia compartida, se descubrió apretando los puños de pura rabia al recordar las manos toscas del General sobre las caderas de Vesta, o la forma en que la magia de Dante hacía que los ojos ámbar de la Matriarca se pusieran en blanco.

​—Celos —pronunció la palabra en voz alta, saboreando el fracaso de su educación—. Se supone que fuimos moldeados para esto, y me estoy volviendo loco.

​Se puso de pie y caminó hacia el ventanal, observando el patio interior de la mansión sumido en las sombras. Sabía que, según las leyes de Legalia, él solo era una pieza diseñada para proveer junto a sus rivales. Pero al recordar la forma en que Vesta había entrelazado sus dedos con los de él, Caspian comprendió que ya no le importaba el diseño del Estado. Su mente analítica ahora solo buscaba una cosa: cómo romper el equilibrio de la Tríada desde adentro, cómo comprar el tiempo de Vesta, su mente y su cuerpo, hasta que el Oro fuera lo único que ella necesitara en su cama, dejando al Escudo y al Alma en el frío absoluto de los pasillos.




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