Legalia: El Edicta de los tres esposos.

Capítulo 21 —El Peso del Hierro Roto (Perspectiva de Alaric Ironwood)

El ala sur de la Mansión de las Sombras permanecía sumida en una penumbra gélida. Alaric Ironwood no dormía. Sentado al borde de su camastro de campaña —el único mueble que había conservado en su habitación, rechazando deliberadamente la opulencia de la cama con dosel que el servicio le había preparado—, el General limpiaba su espada ceremonial con un paño de lino rústico. El roce rítmico del metal contra la tela era el único sonido que competía con el silbido del viento exterior.

​Se despojó de la camisa, dejando al descubierto un torso que parecía un mapa de la violencia de Legalia. Cicatrices de cortes de bayoneta, marcas de quemaduras por pólvora y el relieve de viejos flechazos cruzaban su piel curtida. Pero las marcas que más le escocían esa noche no eran las de las batallas en la frontera norte. Eran las líneas sutiles que las uñas de Vesta habían dibujado en sus hombros durante la entrega frenética en el pabellón de caza.

​Alaric cerró los ojos, apretando el puño alrededor de la empuñadura de su arma. El aroma a musgo y a la Matriarca todavía se aferraba a su vello corporal, despertando en él una furia que no lograba canalizar a través de la disciplina militar.

​Desde los siete años, en los barracones helados de la Academia del Hierro, se le había inculcado una única doctrina de existencia: su cuerpo no le pertenecía, era un recurso defensivo desechable para el Estado. Pero la lección que se repetía en cada marcha, en cada sesión de castigo físico, era la realidad del Edicta de Sustento. Los instructores militares les grababan a fuego que los hombres de Hierro nunca tendrían una mujer para ellos solos. «Compartirán el lecho de la Matriarca con el Oro y el Alma. Su deber es el escudo; la exclusividad es un lujo de civiles débiles».

​Lo habían criado para ser un engranaje más en una Tríada, diseñado para aceptar con sumisión que los otros dos hombres tendrían los mismos derechos sobre el cuerpo de su señora. Se suponía que un soldado debía carecer de orgullo en la alcoba.

​Sin embargo, toda esa reeducación estatal se había hecho añicos en el instante en que Vesta Valerius lo miró a los ojos por primera vez.

​Alaric se puso de pie, su imponente altura proyectando una sombra maciza contra las paredes de piedra. Caminó hacia el espejo del rincón, observando la línea blanca de la cicatriz que le cruzaba la mejilla. Un profundo complejo de inferioridad, mezclado con una posesividad violenta, le atenazó el pecho. Él era un guerrero deshonrado, un "traidor" despojado de sus galones cuyo único valor radicaba en su fuerza bruta.

​Cada vez que recordaba la finura aristocrática de Caspian, con sus manos limpias de banquero y su maldito dinero capaz de comprar el palacio entero, Alaric sentía ganas de romper algo. Y luego estaba Dante. La sola idea de que el místico compartiera una conexión espiritual y pasada con Vesta, una que el Hierro jamás podría imitar con sus toscas caricias, lo sumía en una desesperación rabiosa.

​—Nos entrenaron para no sentir esto —gruñó Alaric en un susurro ronco, golpeando la pared con la palma de la mano—. Nos moldearon para compartirla, y prefiero que me arranquen la piel antes de ver a Aurelian o al místico tocarla otra vez.

​La tarde en el pabellón de caza lo había marcado. Había poseído a Vesta con la urgencia de un hombre que intenta reclamar un territorio antes de que la marea lo borre. Había usado su fuerza no para dañarla, sino para asegurarse de que ella sintiera el peso real de su existencia, para que su cuerpo recordara el Hierro por encima del Oro y del Alma. Pero el asco de ver a Caspian arrodillado ante ella y a Dante manipulando sus sentidos seguía quemándole las entrañas.

​Se colocó la vaina de la espada en el cinturón y se dirigió a la puerta. No podía quedarse encerrado en esa habitación. Su crianza le dictaba que debía vigilar, pero su obsesión, nacida de unos celos que Legalia prohibía, le ordenaba patrullar el pasillo de Vesta. Quería asegurarse de que las sombras de la noche no le robaran el olor de la mujer que, contra todos los reglamentos del Imperio, había decidido que le pertenecía solo a él.




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