Legalia: El Edicta de los tres esposos.

Capítulo 22 —El Eco del Éter (Perspectiva de Dante Silvanis)

La torre del ala este de la Mansión de las Sombras era el único lugar donde el misticismo del aire no se sentía ahogado por los muros de piedra. Dante Silvanis permanecía sentado en el suelo de mármol frío, con las piernas cruzadas en posición de loto, flotando a apenas unos centímetros de la superficie. A su alrededor, una docena de velas flotaban en el aire, consumiéndose sin soltar humo, alimentadas únicamente por el hilo violeta de su energía prohibida.

​Se llevó una mano al pecho, sintiendo bajo la fina tela de su túnica negra el latido errático de su propio corazón. El aroma a sándalo que emanaba de su piel estaba alterado por los vestigios del encuentro en el pabellón de caza: el perfume de la Matriarca y el rastro tosco del sudor de Alaric y de las esencias caras de Caspian.

​Dante abrió los ojos, revelando unas pupilas oscuras que parecían absorber la escasa luz de la luna. Una sonrisa triste y amarga se dibujó en sus labios pálidos al recordar el éxtasis de la tarde. Él no se había limitado a observar, se había fundido con ella en una liturgia de los sentidos. Pero la presencia de los otros dos hombres seguía siendo una espina clavada en su divinidad.

​Desde los siete años, cuando los sacerdotes del Tribunal detectaron la marca del Éter en su nacimiento, Dante había sido confinado en los templos subterráneos del Sagrario del Éter. Su crianza había sido la más deshumanizante de las tres academias. Lo sometieron a rituales de contención brutales, enseñándole a vaciar su mente, a silenciar sus deseos corporales y a entender que su magia solo existía para ser canalizada a través del vínculo del Edicta de Sustento. La doctrina era inflexible: «El Alma no posee. El Alma equilibra. Compartirás el cuerpo de tu Matriarca con el Hierro que la defiende y el Oro que la alimenta. Tu dolor es una impureza del Éter».

​Lo habían moldeado para ser un canal de energía abstracto, un ser diseñado para no reclamar exclusividad y aceptar con devoción que otros dos rivales sembraran su semilla y sus caricias en la misma mujer.

​Pero los sacerdotes del Sagrario habían cometido un error: no pudieron prever que Dante conocería a Vesta mucho antes de que el Estado dictara su destino.

​Dante cerró los ojos, dejando que su mente viajara cuatro años al pasado. Tenía dieciséis años cuando conoció a Vesta. Ella tenía dieciséis años también, una niña curiosa que exploraba los límites prohibidos de los terrenos familiares y que lo encontró a él, debilitado y encadenado en los límites del Sagrario. Recordó las tardes clandestinas, los libros que ella le llevaba a escondidas y la pureza mística de aquel primer amor secreto que floreció antes de que el mundo se volviera oscuro y la política los aplastara. Aquel vínculo espiritual estaba sellado en el Éter mucho antes de que el Edicta los obligara a casarse.

​Por eso, verla ahora convertida en una Matriarca fría y estratega le partía el alma en dos. Y verla compartir su lecho con Alaric y Caspian lo sumía en una locura silenciosa.

​—Nos enseñaron a ser recipientes vacíos —susurró Dante, y su voz provocó que las llamas de las velas parpadearan violentamente—. Nos criaron sabiendo que la compartiríamos con dos hombres más, pero ellos no la conocen. Ellos ven una corona, ven una propiedad... yo veo a la niña que me devolvió la vida.

​Unos celos abstractos, pero infinitamente más peligrosos que la furia física de Alaric o el control económico de Caspian, comenzaron a vibrar en su energía. Dante no quería solo el cuerpo de Vesta; quería su mente, sus recuerdos, la devoción absoluta que una vez tuvieron en los límites del templo. El adoctrinamiento del Tribunal había fracasado estrepitosamente porque su amor tenía raíces en el pasado.

​Mientras observaba cómo el hilo violeta de su magia danzaba en la penumbra, Dante tomó una decisión. No usaría la fuerza bruta ni el dinero para competir con el Hierro y el Oro. Usaría la profundidad del Alma. Envolvería a Vesta en una red de sensaciones y recuerdos tan profundos en cada encuentro íntimo que, al final, cuando ella cerrara los ojos en los brazos de Alaric o bajo las sábanas de Caspian, el único rostro que vería en su mente sería el suyo. Los celos del místico no buscaban destruir los cuerpos de sus rivales, sino consumir sus sombras hasta dejarlos completamente invisibles para la reina de Legalia.




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