Legalia: El Edicta de los tres esposos.

Capítulo 23 —El Arte del Desprecio Colectivo

El amanecer posterior a las confesiones silenciosas de la Tríada trajo consigo una calma engañosa. Vesta bajó al comedor principal, donde sus tres esposos ya ocupaban sus respectivos lugares. La atmósfera había cambiado; la tensión agresiva de los primeros días del Edicta de Sustento había mutado en algo mucho más denso. Se miraban de reojo, conscientes de que el condicionamiento del Tribunal había fracasado. El Hierro, el Oro y el Alma estaban rotos por el mismo veneno: unos celos posesivos que Legalia les había prohibido sentir desde los siete años.

​La mesa estaba servida, pero nadie tocaba los platos. El aroma a café cargado apenas lograba disimular la electricidad en el ambiente. Fue en ese momento cuando el mayordomo de la Mansión de las Sombras entró con una bandeja de plata, interrumpiendo el silencio.

​—Doña Vesta —anunció el sirviente, inclinando la cabeza—. Un mensajero de la Casa Thorne ha dejado esto en las puertas. Exige una respuesta inmediata para Lady Elara.

​En la bandeja descansaba un pergamino lacrado con el sello de las Puristas, pero junto a él, había un objeto que hizo que la mandíbula de Alaric se tensara al instante: un viejo pañuelo de seda bordado con las iniciales de la Casa Valerius, un objeto de cuando Vesta tenía dieciocho años. La última provocación de Rodrigo.

​Caspian interceptó la bandeja antes de que llegara a Vesta. Con la punta de su cuchillo de plata, rompió el sello de la carta y la desdobló, leyendo el contenido en voz alta con una voz gélida que delataba su furia analítica.

​—«Para la Matriarca Valerius» —leyó Caspian, sus ojos azules fijos en el papel—. «Lady Elara Thorne invita a la Tríada a una audiencia privada en el Gran Consejo esta tarde. Rodrigo, vuestro antiguo idilio, presentará una demanda formal de reclamación por "rompimiento de promesa de honor". Si no asistís, las fotos de vuestro año clandestino serán expuestas ante los jueces para demostrar que vuestro corazón está corrompido».

​—Es una puta trampa —gruñó Alaric, poniéndose de pie con tanta violencia que su silla de roble negro chirrió contra el mármol—. Deje que vaya, Vesta. Denme una hora con ese plebeyo y me aseguraré de que no le queden manos para sostener ninguna foto, ni lengua para pronunciar su nombre.

​—La fuerza bruta no borrará el pergamino, General —intervino Dante desde su rincón, su voz resonando con una melancolía peligrosa—. Elara quiere que derramemos sangre en sus jardines para que el Tribunal nos encierre. Rodrigo es solo el cebo que ella está usando para pescar nuestro orgullo.

​Vesta observó a sus tres hombres. La posesividad que cada uno había admitido en la soledad de sus aposentos estaba saliendo a la superficie, unificándolos en un bloque de desprecio absoluto hacia el intruso del pasado.

​—No iremos a escondernos —sentenció Vesta, su tono neutral e inapelable silenciando el comedor—. Caspian, utiliza tus fondos para averiguar qué jueces del Consejo han sido comprados por Elara esta mañana. Alaric, prepara la guardia de gala; no entraremos al Consejo como acusados, sino como la Casa más poderosa de este sector. Y tú, Dante...

​Dante levantó sus ojos oscuros, y un hilo de energía violeta bailó entre sus dedos largos.

—Yo me encargaré de que, cuando Rodrigo intente hablar ante los jueces, el aire en sus pulmones se sienta como fuego líquido, mi reina.

​Vesta se levantó de la cabecera, alisando las faldas de su vestido gris de corte militar. Miró el pañuelo antiguo sobre la bandeja de plata y, sin un ápice de duda, lo tomó y lo arrojó a la chimenea encendida, observando cómo las llamas consumían el último lazo con su juventud.

​—Díganle al mensajero que la Casa Valerius acepta la audiencia —ordenó Vesta a los sirvientes—. Es hora de enseñarle a Lady Elara lo que sucede cuando intentas romper una Tríada que ya no obedece a las reglas del Estado, sino a sus propios instintos.




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