El Gran Consejo de Legalia se alzaba como un anfiteatro de mármol negro y vitrales que filtraban una luz cenicienta. En las gradas superiores, los jueces del Tribunal y el Círculo de las Puristas ocupaban sus asientos con la rigidez de gárgolas de piedra. Abajo, en el centro de la arena de debates, la Casa Valerius hizo su entrada, provocando un murmullo que recorrió las bóvedas del edificio.
Vesta avanzaba con una elegancia implacable. Cumpliendo con su estrategia, su Tríada no caminaba detrás de ella como sirvientes castigados, sino a su alrededor, flanqueándola como una extensión de su propia soberanía. Caspian vestía una casaca de gala azul oscuro cuyos botones de platino reflejaban la luz de los cirios; Alaric portaba su uniforme militar completo, con las condecoraciones que el Tribunal le había retirado brillando desafiantes en su pecho; y Dante caminaba a su izquierda, envuelto en una túnica de seda negra que parecía absorber las sombras del propio recinto.
En el extremo opuesto de la arena, Lady Elara de la Casa Thorne sonreía con suficiencia. A su lado, Rodrigo intentaba mantener una postura firme, pero la opulencia del Consejo parecía asfixiarlo. En sus manos temblorosas sostenía un cofre de madera labrada donde descansaban las supuestas pruebas de su romance del pasado, de cuando Vesta tenía dieciocho años.
—¡Silencio en el Tribunal! —bramó el Gran Juez, golpeando su mazo de piedra—. Se abre la audiencia de reclamación de honor presentada por el ciudadano Rodrigo en contra de la Matriarca Vesta Valerius. Se le acusa de quebrantamiento de promesa y de sostener un vínculo viciado bajo el Edicta de Sustento.
Rodrigo dio un paso al frente, buscando la mirada de Vesta, pero solo encontró los ojos ámbar de una mujer que ya no lo reconocía.
—Magistrados —comenzó Rodrigo, forzando la voz—. Hace dos años, esta mujer me juró devoción eterna en la clandestinidad. Estuvimos juntos un año completo, antes de que su Casa la obligara a aceptar a estos tres hombres. Exijo una compensación por mi honor herido y que el Tribunal evalúe si una mujer con el corazón dividido es digna de gobernar una Tríada.
Lady Elara asintió desde las gradas, saboreando el momento. Pero la sonrisa se le borró del rostro cuando Caspian Aurelian dio un paso adelante, desdoblando un pergamino oficial con el sello del Banco Central de Legalia.
—Si de honor se trata, hablemos de transacciones, Juez —declaró Caspian, su voz gélida resonando en el anfiteatro—. Mis investigadores han cruzado las cuentas de la Casa Thorne esta misma mañana. Da la casualidad de que el ciudadano Rodrigo recibió una transferencia de tres mil monedas de oro desde las arcas de Lady Elara hace exactamente tres días. El honor de este hombre no fue herido por mi esposa; fue comprado por una rival que busca desestabilizar el Edicta.
Un escándalo estalló en las gradas. Los jueces comenzaron a cuchichear furiosos mientras Elara se ponía de pie, pálida de rabia.
—¡Eso es una calumnia! —gritó Elara—. ¡Las pruebas del pasado son reales!
Fue entonces cuando Alaric Ironwood avanzó, su armadura resonando pesadamente contra el mármol. Se colocó frente a Rodrigo, superándolo por completo en tamaño y presencia. La cicatriz de su mejilla palpitaba con una furia contenida que hizo que los guardias del Tribunal dieran un paso atrás.
—¿Pruebas? —gruñó Alaric, su voz como un trueno bajo—. En la Academia del Hierro nos enseñaron que el pasado es solo tierra muerta. El ciudadano Rodrigo habla de una niña de dieciocho años que ya no existe. La Matriarca que está ante ustedes nos pertenece a nosotros, y nosotros le pertenecemos a ella. Si este plebeyo insiste en reclamar un derecho sobre la carne de mi esposa, lo invito a resolverlo conmigo bajo la Ley del Acero, aquí y ahora.
Rodrigo retrocedió dos pasos, aterrorizado por la mirada asesina del General. Miró el cofre en sus manos como si de repente pesara una tonelada.
Para cerrar la pinza, Dante Silvanis levantó una mano. El aire del anfiteatro se volvió denso, pesado y asfixiante. Las llamas de los cirios del Consejo mutaron a un tono violeta oscuro, y una corriente de energía mística recorrió el suelo de mármol, envolviendo los pies de Rodrigo. El joven intentó hablar, pero solo emitió un jadeo ahogado; el aire en sus pulmones se había congelación por el influjo del "Alma".
—El espíritu de esta Tríada está sellado, Juez —susurró Dante, y su voz pareció multiplicarse en las mentes de los presentes—. No hay espacio en la memoria de Vesta para un fantasma, porque su presente está condenado a arder con nosotros tres.
Vesta observó la humillación pública de sus enemigos con una frialdad triunfante. Caminó hacia el centro de la arena, quedando justo en medio de sus tres esposos, quienes la rodeaban con una sincronización perfecta nacida de los celos posesivos que compartían por ella.
—Gran Juez —sentenció Vesta en un español neutro e implacable—. La demanda es un fraude político. Exijo que se desestime el caso y que la Casa Thorne sea multada por difamación ante el Edicta.
El Gran Juez, abrumado por la revelación de los sobornos de Caspian, el desafío de Alaric y la demostración de poder místico de Dante, no lo dudó dos veces. Golpeó el mazo con fuerza.
—La demanda queda desestimada. El ciudadano Rodrigo será escoltado fuera de los límites de la ciudad por falso testimonio, y la Casa Thorne perderá sus derechos de voto en el Consejo durante el próximo ciclo. Se cierra la sesión.