El trayecto de regreso desde el Gran Consejo de Legalia hasta la Mansión de las Sombras se desarrolló en un silencio tan denso que parecía competir con la neblina asfixiante que lamía las ventanas del carruaje. El traqueteo de las ruedas sobre el pavimento empedrado era el único sonido constante, un metrónomo que medía los latidos acelerados de los cuatro ocupantes.
Vesta permanecía con la espalda recta contra el respaldo de terciopelo gris, manteniendo la barbilla en alto. A pesar de la victoria jurídica y la humillación pública que le habían infligido a Lady Elara y a Rodrigo, su mente no descansaba. Observaba a sus tres esposos de reojo, consciente de que el espectáculo en la arena de mármol negro había despertado una bestia que el Edicta de Sustento siempre había intentado adormecer mediante leyes: el orgullo de posesión de tres hombres criados para compartir, pero nacidos para dominar.
A su derecha, Alaric mantenía la mirada fija en el exterior, pero sus puños, envueltos en el cuero negro de sus guantes de gala, se apretaban sobre sus muslos con una fuerza que hacía crujir el material. La armadura ligera de su pecho subía y bajaba al ritmo de una respiración contenida, como la de un depredador que ha sido obligado a contener el mordisco final. Para el General, la presencia de Rodrigo no había sido una simple amenaza legal; había sido un insulto directo a su masculinidad tosca, un recordatorio de que otra mano, una civil y débil, había tocado el cuerpo de la Matriarca antes de que el Hierro fuera asignado a su custodia.
Frente a ella, Caspian jugaba con el anillo de sello de la Casa Aurelian que adornaba su dedo medio. Su rostro aristocrático, habitualmente una página en blanco de diplomacia y finanzas, mostraba una rigidez peligrosa en la línea de la mandíbula. Había usado su Oro para rastrear los sobornos de la Casa Thorne, sí, pero el proceso lo había dejado expuesto ante la corte. Había tenido que defender públicamente lo que en el fondo de su mente matemática todavía consideraba una inversión arriesgada y un lecho compartido que le revolvía el estómago. Los celos de un banquero no eran ruidosos como los de Alaric, eran fríos, calculadores y acumulativos, un pasivo que exigía un cobro inmediato.
Y en el rincón más oscuro del carruaje, Dante parecía flotar entre la realidad y el éter. Sus ojos oscuros no se apartaban de Vesta. El fulgor violeta que había asfixiado las palabras en la garganta de Rodrigo aún danzaba de manera sutil bajo la piel de sus pálidas manos. Dante recordaba a la niña de dieciséis años, la que le llevaba libros y compasión a las cadenas del Sagrario, y verla hoy defender su Tríada con la frialdad de una gobernante le provocaba una melancolía que su magia transformaba en un magnetismo opresivo.
Cuando el carruaje finalmente cruzó el arco de hierro de la mansión y se detuvo ante la escalinata de mármol, ninguno de los hombres esperó a que el servicio abriera la portezuela. Alaric la empujó con el pie, saltando al suelo húmedo y extendiendo una mano firme hacia Vesta para bajarla, un gesto que Caspian interceptó sutilmente al colocarse al otro lado de la Matriarca, reclamando el derecho a escoltarla hacia el interior del palacio.
La Rendición de las MáscarasAl cruzar el umbral del vestíbulo principal, Vesta no se detuvo en el comedor ni en el despacho. Subió directamente las escaleras hacia sus aposentos privados, sabiendo que el eco de tres pares de botas la seguía de cerca, sin dar espacio a las distancias que el protocolo dictaba para las horas de la tarde.
La puerta de roble de su habitación se cerró tras ellos, y el pestillo metálico cayó con la contundencia de una guillotina. El espacio, iluminado únicamente por el resplandor moribundo de la chimenea que los criados habían encendido horas antes, se sintió de inmediato demasiado pequeño para albergar la tensión acumulada.
Vesta se giró, desabotonando el cuello alto de su abrigo gris con pasos lentos, desafiándolos con la mirada ámbar que compartía con su estirpe.
—Hicieron lo que la Casa Valerius requería en el Consejo —dijo ella, su voz suave pero firme, llenando la estancia—. Lady Elara tardará meses en recuperar su influencia y el plebeyo ha sido borrado de Legalia. El Tribunal no tiene más dudas sobre nuestro vínculo.
—No lo hicimos por la Casa Valerius, Vesta —replicó Caspian, dando un paso al frente y despojándose de su casaca de gala, lanzándola sobre una silla con una inusual falta de cuidado—. No me interesan los aranceles de su familia ni los votos del Consejo en este momento. He pasado la última hora viendo cómo un desdichado pretendía tener un derecho sobre el pasado de la mujer por la que entregué mi fortuna personal. He pagado cada deuda de este palacio, y el Edicta dice que el Oro provee para tener acceso al centro de este hogar.
—El Oro habla de contratos cuando el peligro real requería acero —intervino Alaric, interponiéndose entre Caspian y Vesta. El General se quitó la pieza protectora del pecho, dejándola caer sobre la alfombra con un golpe sordo que hizo temblar las copas de cristal del tocador. Su torso, cruzado por las marcas de la frontera, exudaba el calor de la furia contenida—. Yo me contuve en esa arena, Vesta. Mis hombres habrían despedazado a ese imbécil si hubiera dado una sola orden. Pero me quedé allí, fingiendo que soy el tercer esposo sumiso que el Tribunal diseñó en sus academias. No soy un engranaje de su Estado. Soy el hombre que cuida su puerta, y esta noche no voy a permitir que la sombra de ningún recuerdo duerma en esta cama.