El silencio que se instala en una habitación después de que la marea del deseo se retira siempre ha sido el momento más peligroso para la cordura. Vesta permanecía inmóvil, boca arriba, observando el dosel de seda negra de su cama imperial mientras las respiraciones pesadas y acompasadas de sus tres esposos llenaban la penumbra de los aposentos.
A su derecha, la pesada mano de Alaric descansaba aún sobre su abdomen, un recordatorio físico de la fuerza protectora y bruta del Hierro que se negaba a soltarla incluso en el sueño profunda. A su izquierda, Caspian dormía con la elegancia innata de la aristocracia, manteniendo una fina capa de distancia pero con los dedos rozando sutilmente el dobladillo de sus sábanas, como un banquero que vigila su posesión más valiosa. Y a los pies, Dante descansaba envuelto en una quietud mística, con hilos casi invisibles de su energía violeta flotando a su alrededor, conectando su espíritu dormido con el de ella.
Vesta exhaló un suspiro insonoro, deslizándose con extrema lentitud fuera del nudo de cuerpos calientes. Se colocó una bata de terciopelo color ceniza, ciñendo el cordón a su cintura con un nudo firme, y caminó descalza hacia el ventanal gótico que daba a los jardines traseros de la mansión. El mármol frío contra sus plantas la ayudó a enraizarse en la realidad.
Sostenía en su mano un pequeño guardapelo de plata envejecida que siempre llevaba oculto. Al abrirlo bajo la pálida luz de la luna de Legalia, la mirada de Vesta se posó en el retrato miniatura de su madre, Lady Aurelia Valerius.
«Te juré que yo no terminaría como tú», pensó, sintiendo que un frío antiguo y conocido le apretaba el pecho.
La Destrucción de Aurelia: El Espejo del Pasado
Vesta detestaba el Edicta de Sustento con cada fibra de su ser, y la razón tenía nombres, apellidos y cicatrices. El mundo exterior veía a las Matriarcas de Legalia como las reinas del tablero, mujeres bendecidas por la ley para ser servidas por tres hombres perfectos. Pero Vesta había crecido viendo la letra pequeña y sangrienta de ese contrato estatal.
Su madre, Aurelia, había sido una mujer brillante, una erudita de alma sensible que cometió el peor error que alguien puede cometer en este imperio: enamorarse de verdad de los hombres que el Tribunal le impuso. La tríada de Aurelia no fue una unidad de apoyo; fue un campo de batalla de egos desatados y naturalezas incompatibles. El General que le asignaron como Hierro intentó dominar la casa mediante el miedo y la violencia militar; el banquero del Oro asfixió las finanzas de la familia para aislarla y volverla dependiente; y el místico del Alma, consumido por unos celos insanos, utilizó su magia para manipular la mente de Aurelia, erosionando su cordura día a día en una competencia feroz por ser el único dueño de sus pensamientos.
Vesta tenía apenas doce años cuando encontró a su madre marchita en esa misma cama. Aurelia no murió por una enfermedad del cuerpo; fue despedazada psicológicamente por la posesividad violenta y los conflictos internos de tres hombres que se negaron a cumplir el diseño del Estado y prefirieron consumir a la mujer que se suponía debían sostener. Al final, los tres esposos de su madre terminaron destruyéndose entre sí en un duelo de sangre que dejó a la Casa Valerius al borde de la ruina económica y social.
Desde ese día, una Vesta de doce años comprendió la verdad desnuda del Edicta: la ley no protegía a las mujeres. El Edicta de Sustento era una trampa de ingeniería social diseñada por el Tribunal para que las Matriarcas gastaran sus vidas e intelectos intentando controlar a tres depredadores en la alcoba, distrayéndolas de ejercer un verdadero poder político en el Consejo.
El Tablero Actual y el Veneno del Control
Por eso, cuando Vesta cumplió la edad legal y el Tribunal le asignó a Alaric, Caspian y Dante, ella no sintió orgullo. Sintió pánico. Un pánico que sepultó bajo capas de una frialdad implacable y estrategias calculadas.
—No seré una presa —susurró Vesta frente al vidrio empañado, viendo su propio reflejo ámbar.
Su aventura clandestina de un año con Rodrigo, cuando tenía dieciocho años, no había sido solo un romance de juventud; había sido su último y desesperado intento de rebelión. Quería saber qué se sentía elegir a un solo hombre, un plebeyo fuera del sistema, antes de ser condenada a la jaula de la Tríada. Pero Rodrigo había resultado ser débil, un hombre cuya lealtad tenía un precio que Lady Elara pudo pagar con tres mil monedas de oro. El pasado estaba muerto, y la audiencia en el Consejo lo había demostrado.
Sin embargo, el verdadero peligro para Vesta no estaba afuera con la Casa Thorne. Estaba detrás de ella, durmiendo en su cama.
Al mirar de reojo los cuerpos de sus tres esposos, Vesta sintió una punzada de angustia mezclada con un deseo ardiente que la asustaba. El plan original de su mente estratega era mantenerlos divididos. Quería que Alaric se concentrara en las guardias, que Caspian se ahogara en los libros de cuentas y que Dante permaneciera aislado en su misticismo. Si ellos se odiaban y se mantenían distantes, ella podría controlarlos y evitar el destino de su madre.
Pero la prueba de fuego en el Consejo y los encuentros íntimos de las últimas noches habían destruido su estrategia. Alaric, Caspian y Dante estaban rompiendo el condicionamiento del Tribunal, pero no para destruirse como los esposos de su madre, sino para unirse en una posesividad colectiva hacia ella. Habían dejado de ser tres piezas individuales de ajedrez para convertirse en una jauría coordinada que reclamaba no solo su carne, sino su rendición emocional.