El Club de la Moneda Alta, situado en el corazón financiero del distrito gótico de Legalia, era un santuario de mármol veteado en verde y maderas importadas donde el destino de las familias nobles se decidía entre bocanadas de puros de hoja y el tintineo de copas de cristal tallado. Aquí, el aire siempre olía a tabaco caro, a tinta fresca de los pagarés y a la sutil hipocresía de los hombres que creían que el Imperio se gobernaba con decretos cuando, en realidad, se sostenía sobre sus líneas de crédito.
Caspian Aurelian ocupaba uno de los sillones de cuero repujado junto al gran ventanal que daba a la Plaza de los Cambistas. Vestía un traje de paño negro de corte impecable, desprovisto de las galas del Consejo pero con una pulcritud que exigía distancia. Sobre sus rodillas descansaba un maletín de cuero con los registros de la Casa Thorne, un compendio de deudas ocultas, hipotecas sobre tierras baldías y pagarés vencidos que Lady Elara había intentado camuflar tras su fachada de Purista devota.
A su alrededor, tres de los directores del Banco Central de Legalia lo observaban con una mezcla de respeto y temor reverencial. Sabían que el Oro de los Aurelian, ahora fusionado con el estatus de la Casa Valerius, tenía la capacidad de secar la liquidez de cualquier competidor en una sola tarde de transacciones.
—La propuesta es simple, caballeros —dijo Caspian, su voz gélida arrastrando cada palabra con una precisión matemática que cortaba el aire—. La Casa Thorne ha estado utilizando las rutas comerciales del norte como colateral para sus préstamos de invierno. Rutas que, como bien saben, están bajo la supervisión militar de la Tríada Valerius. Si el General Ironwood decide que esas rutas ya no son seguras debido a "actividades disidentes", los seguros de las mercancías se triplicarán. Y si los seguros suben, los pagarés de Lady Elara que ustedes sostienen en sus bóvedas perderán todo su valor comercial antes del anochecer.
El director principal, un hombre gordo y calvo cuyo cuello de encaje parecía asfixiarlo, tragó saliva con dificultad.
—Señor Aurelian... eso significaría la quiebra técnica de la Casa Thorne —susurró, secándose la frente con un pañuelo de seda—. El Tribunal de Cuentas intervendría sus propiedades. Las Puristas perderían su principal bastión de financiamiento en el Consejo.
—Ese es, precisamente, el balance que busco —respondió Caspian, esbozando una sonrisa gélida que no llegó a sus ojos azules—. Lady Elara ha querido jugar a los libelos en la prensa, cuestionando la estabilidad mental de mi Matriarca. Yo prefiero jugar con la estabilidad de sus cajas fuertes. Tienen hasta las tres de la tarde para ejecutar la orden de embargo sobre los bienes de los Thorne. De lo contrario, retiraré todos los fondos de la Casa Valerius de sus instituciones y los trasladaré a los bancos del sur. Elijan qué Casa prefieren ver caer.
Cuando los directores se retiraron apresuradamente, dejándolo solo en el reservado del club, Caspian dejó caer la cabeza contra el respaldo del sillón, permitiéndose finalmente cerrar los ojos.
El silencio del reservado, sin embargo, no trajo paz a su mente. Las palabras impresas en la gaceta matutina sobre la locura de Lady Aurelia y la destrucción de su Tríada seguían dándole vueltas en la cabeza como un número que no lograba cuadrar en un balance. Un frío repentino le recorrió la espina dorsal al recordar el historial de la familia de Vesta. El esposo del Oro de su madre, un aristócrata del Consulado de la Moneda al igual que él, había utilizado exactamente las mismas herramientas financieras para aislar a Aurelia, asfixiando sus recursos personales para obligarla a arrodillarse ante él, destruyendo su autonomía hasta dejarla indefensa.
Caspian apretó los dientes, sintiendo el peso de su propia naturaleza. Él había sido criado en el Consulado desde los siete años bajo la premisa de que todo, incluso la carne y la lealtad, era un recurso transaccional. Cuando llegó a la Mansión de las Sombras, su único objetivo era asegurar su inversión y limpiar el apellido Aurelian. Pero ahora, al mirar el anillo de sello en su dedo, comprendió que el veneno de la posesividad lo estaba transformando.
No quería usar su Oro para aislar a Vesta como hizo el esposo de su madre; quería usarlo para construir un muro infranqueable entre ella y el resto del Imperio. Pero los celos posesivos que sentía hacia Alaric y Dante seguían siendo un pasivo incontrolable en su mente analítica. Detestaba la idea de que Alaric la mantuviera sujeta con su fuerza física, y le enfermaba pensar que Dante compartiera una conexión mística nacida en la juventud de Vesta. Toda su educación del Edicta, diseñada para hacerlo aceptar la Tríada como una fría distribución de activos, se había desmoronado ante el hambre de poseerla por completo.
Se puso de pie, recogiendo el maletín de cuero con un movimiento brusco. La orden de desbancar a los Thorne ya estaba en marcha; la reputación de Vesta sería defendida en el mercado financiero con la misma ferocidad con la que el Hierro la defendía en las fronteras. Pero mientras caminaba hacia la salida del club, Caspian Aurelian supo que la verdadera auditoría de su vida se jugaría esa misma noche en la alcoba de la mansión, donde tendría que demostrarle a su reina que su Oro era la única fuerza capaz de sostener su corona, compitiendo palmo a palmo contra el acero del General y la magia del Alma en una guerra interna que amenazaba con consumir su propia cordura.