Legalia: El Edicta de los tres esposos.

Capítulo 29 —El Filo de la Guardia (Perspectiva de Alaric Ironwood)

El Distrito del Azufre, situado en las entrañas bajas de Legalia, era un hormiguero de callejones estrechos donde el hollín de las herrerías estatales se mezclaba con la humedad perenne del río subterráneo. Aquí, la neblina no era una gasa gris y elegante como en las colinas de los nobles; era una masa pastosa, ácida, que se metía en los pulmones y oxidaba el metal. Era el lugar idóneo para que los informantes de las Puristas se escondieran a repartir los libelos contra la Casa Valerius, al amparo de las tabernas de mala muerte.

​Alaric Ironwood avanzaba por el eje central del distrito con el paso pesado y medido de una máquina de guerra. No vestía el uniforme de gala con el que había asistido al Consejo, sino su armadura de campaña reforzada: cuero negro endurecido, placas de hierro pavonado que no reflejaban la escasa luz de los candiles de aceite y sus botas militares cubiertas del barro espeso de los suburbios. Detrás de él, una docena de soldados del Regimiento del Acero marchaban en perfecta formación, con los escudos en alto, apartando a los transeúntes con una brutalidad silenciosa que no admitía réplicas.

​El General se detuvo frente a la imprenta clandestina de La Gaceta del Tribunal. La puerta de madera reforzada con tiras de metal no supuso un obstáculo; Alaric levantó su bota y, con la misma fuerza con la que rompía las líneas de asedio en el norte, la derribó de un solo golpe. Las astillas volaron hacia el interior del local oscuro, donde tres operarios palidecieron al ver la mole de hierro entrar en el recinto.

​—Por orden de la Matriarca Valerius —anunció Alaric, su voz un rugido bajo que hizo vibrar las bandejas de tipos de plomo—. Este establecimiento queda clausurado por difamación y alteración del orden civil. Registren el lugar. Si encuentran un solo pergamino con el nombre de Lady Aurelia, quemen el edificio completo.

​Mientras sus hombres destrozaban las prensas con sus mazos y amontonaban los panfletos en el centro de la calle para prenderles fuego, Alaric se apoyó en el pomo de su espada, observando las llamas consumir la tinta negra. El calor del fuego le daba de lleno en el rostro, acentuando la línea profunda de su cicatriz, pero el verdadero incendio seguía ardiendo bajo su armadura.

​Las acusaciones de Lady Elara sobre la locura de la madre de Vesta le habían tocado una fibra que creía muerta. En los barracones de la Academia del Hierro, cuando le enseñaban las estructuras de las Tríadas, los instructores siempre ponían como ejemplo de fracaso a los Escudos que no sabían controlar su fuerza. «Un hombre de Hierro que abruma a su Matriarca es un arma defectuosa que el Tribunal desecha», decían. Alaric recordaba perfectamente el historial de la Tríada anterior de los Valerius. El General que precedió su puesto, el primer esposo de Aurelia, había intentado gobernar la Mansión de las Sombras mediante el pánico y el control militar, tratando a la Matriarca como a un prisionero de guerra hasta que terminó por fragmentar su mente.

​Alaric apretó los dientes, sintiendo cómo los guantes de cuero le escocían en las manos. Un profundo terror, disfrazado de una posesividad violenta, le atenazaba las entrañas. Él no era un hombre de palabras finas como Caspian, ni tenía la capacidad de entrar en la mente de Vesta como Dante. Su único lenguaje era la fuerza, la contundencia del acero y el peso de su cuerpo en el lecho.

​Cada vez que regresaba a la alcoba tras un enfrentamiento político, su deseo por Vesta se volvía más desesperado. La tarde en el pabellón de caza la había tomado con una urgencia que rayaba en la brutalidad, queriendo marcar su territorio, queriendo asegurarse de que ella sintiera el Hierro por encima de la magia violeta del místico o del dinero del banquero. Pero ahora, viendo las cenizas de la imprenta, el General se preguntaba si sus propios celos, esa obsesión posesiva que Legalia prohibía a su casta, no terminarían por convertirlo en el mismo monstruo que destruyó a la madre de Vesta.

​—No la romperé —se juró en silencio, observando cómo el humo negro se elevaba hacia el cielo plomizo de Legalia—. La protegeré de su Imperio, y la protegeré de mí mismo.

​El distrito del Azufre había sido pacificado; los libelos ya no circularían por las calles bajas. El Hierro había cumplido la orden de su reina con una eficacia aterradora. Sin embargo, mientras daba la orden a sus hombres de replegarse hacia la Mansión de las Sombras, Alaric Ironwood supo que la verdadera prueba de su fuerza no estaría en los callejones, sino en la Gran Gala de Reparación que Caspian estaba organizando. Tendría que vestir de seda sobre sus cicatrices, pararse junto a sus dos rivales frente a todo el Consejo de Puristas y demostrarle a Legalia que el Escudo de la Casa Valerius estaba listo para degollar a cualquiera que osara mirar el pasado de su Matriarca, mientras por dentro se debatía en una guerra de celos que amenazaba con quebrar su propio código de honor.




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