Legalia: El Edicta de los tres esposos.

Capítulo 30 —La Gala de las Máscaras de Ébano

El Palacio de los Siete Decretos, residencia oficial del ala más conservadora del Consejo de Puristas, se alzaba sobre la colina más alta de Legalia como una mole de arquitectura gótica revestida de mármol blanco y molduras de pan de oro. Esa noche, el palacio abría sus pesadas puertas de bronce para la Gran Gala de Reparación, un evento que Caspian Aurelian había financiado y orquestado con una precisión milimétrica. No era una celebración; era una declaración de guerra encubierta bajo el protocolo imperial, un escenario donde la Casa Valerius debía presentarse no como una familia bajo sospecha de inestabilidad, sino como la dinastía más imponente y unida del reino.

​El gran salón de baile era un espectáculo de opulencia asfixiante. Miles de cirios de cera de abejas, dispuestos en monumentales lámparas de cristal que colgaban de las bóvedas pintadas, bañaban el lugar con una luz dorada y titilante. Los espejos de cuerpo entero que cubrían las paredes duplicaban la marea de aristócratas, magistrados y puristas que se desplazaban por la pista, ocultando sus rostros tras intrincadas máscaras de encaje, filigrana de plata y plumas exóticas. El murmullo de las conversaciones y las intrigas políticas se mezclaba con las notas solemnes y pausadas de una orquesta de cámara que ejecutaba una danza tradicional de Legalia.

​Cuando los heraldos de la corte hicieron sonar las trompetas de plata en el umbral superior, el silencio se apoderó de la estancia de forma instantánea.

​—¡La Matriarca Vesta Valerius, acompañada por su Tríada de Sustento! —anunció el gran heraldo, su voz resonando en las bóvedas.

​Vesta inició el descenso por la escalinata de mármol con una parsimonia que cortaba el aliento. Cumpliendo con la etiqueta más estricta de Legalia, lucía una máscara de ébano pulido que solo dejaba al descubierto sus ojos color ámbar, fijos en la multitud con una frialdad soberana. Su vestido, confeccionado en un brocado de seda color gris ceniza con hilos de plata, arrastraba una pesada cola que siseaba suavemente contra los peldaños. El cuello alto de encaje oscuro enmarcaba su rostro, otorgándole el porte de una deidad de las sombras.

​A su alrededor, flanqueándola con una sincronización que parecía desafiar las leyes de la física, sus tres esposos formaban una muralla humana que hizo que más de una Purista contuviera el aliento.

​A su derecha, Alaric Ironwood vestía el uniforme de gala del Regimiento del Acero, pero modificado para la ocasión. Sobre su hombro izquierdo portaba una capa de piel de lobo negro sujeta por un broche con el escudo Valerius. Su máscara era una pieza de hierro forjado que cubría la mitad superior de su rostro, acentuando la línea dura de su mandíbula y la cicatriz que bajaba hasta su cuello. Caminaba con la mano enguantada apoyada firmemente en el pomo de su espada ceremonial, proyectando una amenaza física que mantenía a los invitados a varios pasos de distancia.

​A su izquierda, Caspian Aurelian lucía una casaca de terciopelo azul noche bordada con motivos geométricos en hilo de oro fino, una prenda que costaba más de lo que muchas familias bajas ganaban en un año. Su máscara, de filigrana de oro y carey, enmarcaba unos ojos azules que recorrían el salón con el desprecio de un tasador que analiza una casa en ruinas. Su sola presencia recordaba a los directores bancarios presentes que el crédito de la Casa Thorne ya no existía en Legalia.

​Y un paso por detrás, pero ejerciendo una presión magnética que hacía vibrar el aire, Dante Silvanis se desplazaba con la gracia de un fantasma. Su túnica de seda negra estaba abierta en el cuello, revelando la piel pálida del místico, y su máscara era de porcelana blanca, rota por líneas violetas que imitaban las marcas del Éter. No miraba a la multitud; sus ojos oscuros estaban fijos exclusivamente en la nuca de Vesta, manteniendo un hilo de energía protectora que entibiaba el ambiente alrededor de la Matriarca.

​El Vals del Poder y los Celos

​Al llegar al centro de la pista, la música cambió a un compás más lento, indicando el inicio del Vals de las Grandes Casas. Según el Edicta, las Matriarcas debían abrir el baile compartiendo la pieza con sus esposos, dividiendo los tiempos para demostrar la equidad del vínculo. Pero bajo la mirada atenta de los jueces del Tribunal y el Círculo de Puristas, cada transición se convirtió en un duelo de posesividad soterrada.

​Caspian fue el primero en tomar la mano de Vesta. Sus dedos largos se entrelazaron con los de ella con una presión sutil pero firme, guiándola por el mármol con una elegancia aristocrática impecable.

​—Los Thorne están terminados, mi reina —susurró Caspian al oído de Vesta, su aliento rozando el encaje de su cuello—. Esta tarde firmé el embargo de sus propiedades del norte. Lady Elara no se ha atrevido a mostrar su rostro esta noche. Pero ver a todo este Consejo mirándola... me tienta a comprar este palacio entero solo para encerrarla en él y alejarla de sus garras.

​Vesta sostuvo su mirada a través de la máscara de carey.

—Concéntrese en el vals, Caspian. El Tribunal busca una grieta en nuestra fachada, no les dé el gusto de ver que el Oro se desborda por celos.

​Cuando la música cambió de movimiento, Alaric ocupó el lugar del banquero sin mediar palabra. Su mano grande y callosa rodeó la cintura de Vesta con una firmeza que la obligó a apegarse a su pecho acorazado. La diferencia de volumen era notable; Vesta se sentía diminuta ante el calor animal que emanaba del General.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.