La noche de Legalia devoró las últimas luces del Palacio de los Siete Decretos a medida que el carruaje de la Casa Valerius se internaba en los senderos arbolados que conducían a la Mansión de las Sombras. Afuera, la neblina se había transformado en una cortina densa, húmeda y pesada que golpeaba los cristales tintados de las ventanillas, aislando por completo el habitáculo del resto del mundo. Dentro, el espacio se sentía reducido, cargado con el olor a cera de abejas, el sándalo de Dante y la fragancia floral de Vesta, pero sobre todo, con el vaho caliente de una urgencia contenida que ya no admitía más discursos políticos.
Vesta se quitó la máscara de ébano con un movimiento lento, dejándola caer sobre el asiento de terciopelo. Su respiración era sutilmente errática. Había sostenido el peso del Imperio sobre sus hombros durante el vals, balanceando los egos de las Puristas y los jueces, pero la fijeza con la que sus tres esposos la observaban en la penumbra de la cabina le resultaba mucho más abrumadora que cualquier tribunal.
Las máscaras de Alaric, Caspian y Dante también habían desaparecido, revelando la crudeza de sus facciones bajo la escasa luz de un candil de aceite que oscilaba en el techo del carruaje.
—Se acabó el protocolo —declaró Caspian, rompiendo el silencio. Se inclinó hacia adelante, desabotonando los primeros ojales de su casaca de terciopelo azul noche. Sus ojos azules ardían con una fijeza inusual—. He pasado toda la velada viendo cómo el General la sujetaba con su tosquedad militar y cómo el místico manipulaba el aire a su alrededor. Elara está destruida en el mercado, Vesta, pero mi Oro no pagó esa gala para que yo tuviera que esperar mi turno detrás de ellos en la oscuridad de este trayecto.
—El Oro habla como si el deseo fuera una subasta —rugió Alaric desde su rincón. El General acortó la distancia en el asiento, arrastrando las placas de hierro de su uniforme de campaña, que chocaron con un siseo metálico contra la seda del vestido de Vesta. Su mano enguantada se posó directamente sobre la rodilla de la Matriarca, apretando el brocado con una fuerza que buscaba reclamar posesión inmediata—. Yo sentí cómo temblaba en mis brazos durante el compás del acero, Vesta. Ese plebeyo de Rodrigo intentó recordar su pasado, y estas gárgolas del Consejo quisieron llamarla loca. Mi Hierro las silenció, pero ahora exijo que mi nombre sea el único que resuene en este espacio cerrado.
Dante no medió palabra, pero su respuesta fue física y mística. Extendió sus manos pálidas y el candil de aceite se apagó de golpe, sumiendo el interior del carruaje en una oscuridad casi absoluta, rota únicamente por los sutiles destellos violetas que comenzaron a emanar de la piel del místico. El aire se volvió espeso, gélido y vibrante. Vesta sintió que la gravedad misma cambiaba dentro de la cabina, atrapándola en una red de sensaciones donde el traqueteo de las ruedas sobre el empedrado parecía desvanecerse.
La Consumación de los Celos ColectivosLa posesividad que los tres hombres habían albergado durante la crianza del Tribunal, esa doctrina que les ordenaba compartir con indiferencia pero que sus instintos habían corrompido, se desbordó en los asientos del carruaje antes de que cruzaran el arco de hierro de la mansión. Ya no había un diseño estatal que respetar; la victoria pública sobre las Puristas exigía una entrega que borrara la armadura de control de Vesta.
Caspian la tomó por la nuca, atrayéndola hacia él en un beso hambriento que rompió cualquier vestigio de su habitual frialdad aristocrática. Sus dedos largos se enredaron en el encaje oscuro de su cuello alto, desarmando los broches de plata con una desesperación que buscaba borrar el rastro de las miradas del Consejo. Su boca exigía una sumisión que su dinero no podía comprar, devorando los gemidos de Vesta mientras sus manos exploraban las curvas delineadas por el corpiño gris.
Al mismo tiempo, Alaric se deslizó hacia el suelo del habitáculo, arrodillándose en el estrecho espacio entre los asientos. Sus manos grandes y curtidas por las batallas de la frontera norte rasgaron sin contemplaciones las faldas de brocado de seda, exponiendo las piernas de la Matriarca al frío de la noche. Su boca, caliente y húmeda, se abrió paso por la piel de sus muslos con mordiscos lentos y posesivos, marcándola en la penumbra con la firmeza del Hierro que defiende su única propiedad. Vesta arqueó la espalda, apretando las manos contra los hombros acorazados del General, perdiendo por completo el dominio de su propia estrategia.
Dante se inclinó sobre ella desde el asiento opuesto, permitiendo que su energía mística se filtrara directamente en el torrente sanguíneo de Vesta a través de un roce en sus sienes. Con la participación del Alma, el placer físico provocado por las manos de Caspian y la boca de Alaric se expandió de manera geométrica en la mente de la Matriarca. Vesta ya no sabía dónde terminaba la exigencia del Oro o dónde la fuerza del Hierro; la magia de Dante unificaba los estímulos en una tormenta sensorial que amenazaba con quebrar la cordura que tanto se esforzaba por proteger.
Los tres esposos, actuando bajo el influjo de unos celos colectivos que desafiaban toda la ingeniería social de Legalia, compitieron en la penumbra del carruaje por ser el eje de su rendición. El carruaje continuó avanzando a ciegas a través de la neblina, balanceándose no por el terreno, sino por la fuerza de un encuentro erótico y oscuro que selló el pacto de la Tríada en la carne, dejando el trauma de la madre de Vesta suspendido en el olvido de los sentidos.